jueves, 19 de abril de 2018

El terapeuta y la espiritualidad



 El terapeuta y la espiritualidad

Por. Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.

¿Qué haría Cristo
si estuviera en mi lugar?

Padre Alberto Hurtado

Cuando
 era estudiante de Psicología en el pregrado tuve un profesor que insistía en transmitirme la idea de asumir una actitud amoral en la psicoterapia. ¿Cómo era posible? ¿Renunciar a mis principios a ratos y recuperarlos después? De pronto resultaba ridículo creer en Dios, su muerte anunciada por Nietzsche fue sellada por el Psicoanálisis, Dios era creación del hombre, una sublimación de nuestra miseria. Los terapeutas debíamos estar encima de esas creencias innecesarias.

En mis primeras experiencias con el sufrimiento, me percaté que Dios era en muchos casos el único refugio de mis pacientes. Nada ni nadie podía consolarlos cuando el sufrimiento era inmenso: la muerte de un ser querido, la ruptura amorosa, la soledad, la enfermedad mental. No existía ninguna posibilidad de encontrar paz después de haber experimentado situaciones con dolores inverosímiles. De nada servía la reestructuración cognitiva, menos la interpretación de su estado actual. Mi sensación era de impotencia y al mismo tiempo de admiración ante la capacidad de las personas para sobrellevar y en algunos casos superar aquello indescriptible. Me sentía necio e incapaz ante las demandas recibidas. La teoría no alcanzaba, no existían las técnicas para salvar a los pacientes de sus estados desesperados.

Un paciente estaba enfrentando la inquebrantable decisión de divorcio planteada por su esposa. En su desazón entró a una iglesia, donde habían colocado provisionalmente un Cristo de plastoformo. Me dijo que aquella fue una experiencia trascendental, la insignificancia del Cristo lo conmovió al punto de reconocerse como un simple mortal. Lo mismo experimenté ante la pequeña tumba de San Francisco en Asis, un pequeño cofre de piedra envuelto en cadenas acallaba la majestuosidad de la Iglesia construida encima de su capilla. La humildad silencia a la gloria. Es el Cristo de plastoformo ante la desazón de mi paciente quien le dio el consuelo necesario, como las actitudes ingenuas de Francisco presentes aún en su tumba, nada puede ser tan grande como la humildad, tan inquebrantable, el silencio calla el estruendo del trueno.

Todo terapeuta debe asumirse como un ser humilde, ignorante del sufrimiento ajeno, no es posible fingir comprenderlo porque es inconcebible. Wittggenstein hacía alusión a la propia conciencia del dolor para comprender el dolor ajeno, mi sufrimiento es minúsculo en comparación al que porta un paciente. La humildad se instala como el núcleo fundamental de mi moral, me sostiene porque no permite que me pierda en mi ego, me obliga a desprenderme de mí mismo, para abrirme ante la urgencia de consuelo de mis pacientes. Sobre todo no debo dañar, mi ego está hecho para lastimar, el desprecio y la arrogancia me impiden el contacto amoroso en la vinculación terapéutica.

No señor profesor, usted estaba equivocado, un terapeuta debe tener muy clara su moralidad, sino se pierde en el océano de confusiones de los pacientes. El sostén de mis principios es el amor, y éste siempre, siempre emerge de la humildad. Por eso me alegro cuando algún estudiante me expresa su desasosiego al reconocer que sabe muy poco, sólo desde el no saber estamos obligados a conocer, cuando se tiene la certeza de saber la persona se estanca, incapaz de avanzar se estaciona en su ego y sus convicciones, deja de percibir la magnificencia del sufrimiento y se sitúa encima del otro, cuando lo pertinente es postrarse de rodillas ante el dolor.

El peor sufrimiento es el de los niños, ellos no deberían sufrir, ser niño es estar libre de condicionamientos, lleno de vida el niño juega con el mundo. ¡Ay! El dolor de los niños, aquellos desahuciados o esos otros con enfermedades crónicas y los abandonados… y los mal amados. Tal es la congoja de los psicólogos que se pueden pasar horas y días aplicando pruebas sin ton ni son, evitando el encuentro con el sufrimiento descarnado de los rostros sin sonrisa de los pequeños… Yo me hice terapeuta familiar por mi amor a los niños, son los padres los desubicados, no saben disfrutar de sus pequeños milagros, en realidad no saben disfrutar de nada, sin amor luchan por el éxito, les duele cuando sus hijos no responden a sus expectativas y los fuerzan a ser aquello que no pueden ser.

Cuando veo un niño sufriendo, no puedo alejar la imagen del Niño Jesús en el pesebre. Rodeado de inmundicia, abrigado con el amor de sus padres. Lo que los niños necesitan es tan simple de darles: protección y cuidado. Un niño está hecho para ser amado, nada más. La psicoterapia de niños tiene un solo derrotero, ayudar a los padres a proteger a su pequeño. Un pequeño ante la muerte de su padre no paraba de rezar por él, la hermana molesta porque le parecía insulsa la conducta de su hermanito, lo reprendió delante de mí. El niño respondió con ternura: “lo que pasa es que no conoces cómo marcar el teléfono del papá…”, e hizo la señal de la cruz. Fue su inocencia la que me llevó en ese momento a entender que no puedo hacer terapia sin contar con el apoyo de mi Dios.

La cuestión de la existencia de Dios es universal. Es una condición humana la conciencia de muerte y las creencias respecto a la vida eterna, la religión permite esbozar un sistema organizado de ellas. Tanto los terapeutas como los pacientes poseen principios que rigen el sentido de sus vidas en función a su fe. Pocos psicoterapeutas se han ocupado de incluir en su trabajo terapéutico los fundamentos religiosos de sus pacientes[1] y pocos estudios han  tocado el problema de la espiritualidad del terapeuta[2].

Quien esbozó una teoría consistente sobre la importancia de Dios en la psicoterapia fue Viktor Frankl, dos son sus escritos más citados al respecto:[3] “La presencia ignorada de Dios: psicoterapia y religión” y “Búsqueda de Dios y sentido de la vida: diálogo entre un teólogo y un psicólogo”.

Frankl sostiene la existencia de un elemento espiritual en el inconsciente, forjándose como su búsqueda el sentido de la vida, es impensable el concepto de ser humano sin su cimiento espiritual, el sí mismo sólo es posible ante la integración del espíritu con el yo. La conciencia del espíritu se da en la relación trascendental intencional con Dios, manteniéndose la fe a un nivel inconsciente. Piensa que la presencia de Dios ha sido reprimida y por eso se mantiene latente en todo ser humano. Durante el proceso terapéutico, Frankl considera que la actitud acertada será siempre el respeto por las creencias del paciente. El terapeuta usará sus creencias religiosas cuando haya concordancia con las del paciente, un terapeuta ateo no debería engañar al paciente creyente al usar la fe como una manipulación. La religión exige más de las personas que cualquier otro sistema de creencias porque se asienta en la fe. Finalmente hace hincapié en que la teología es independiente de la ciencia, deberá cada una mantener su autonomía.

Uno de los primeros investigadores en alertar sobre la importancia de los valores religiosos en terapia fue[4] Lovinger durante la década de los ochenta, definió la importancia de la espiritualidad en la vida de las personas, retomó a Feifel quien resaltó la relevancia de las creencias religiosas en el sentido de vida de las personas al revisar el significado de la muerte en moribundos[5] y su relación con la salud mental[6].

Algunos estudios han demostrado la influencia de las creencias religiosas del terapeuta durante el proceso terapéutico[7], coincidiendo con otros donde se ha planteado la imposibilidad de dejar de lado los principios personales vinculados a la espiritualidad[8]. Por ejemplo, Worthington parte de los estudios sobre valores realizados por el célebre psicólogo social Rokeach[9], quien estableció que las creencias religiosas son uno de los pilares de la identidad de grupo. Worthington concluye después de encuestar a 407 psicoterapeutas de distintas orientaciones teóricas que el 40% afirmaron creer en Dios, 30% creen en una dimensión trascendente, 26% consideran a Dios una ilusión pero respetan las creencias de sus pacientes, y el 2% piensan que Dios es una ilusión y que su existencia es irrelevante en el mundo real. Su investigación concluye en la inevitable influencia de las creencias del terapeuta durante el proceso terapéutico[10].

Por su parte Bergin y Jansen, parten de la premisa: toda interacción terapéutica es necesariamente un encuentro cultural. Por lo tanto es imposible evitar la formación religiosa tanto del terapeuta como del paciente. El proceso terapéutico se hará profundo en la medida de la consonancia entre los cambios y la postura espiritual de los actores. La tendencia a la satisfacción con la terapia es mayor cuando existe coincidencia de valores y de creencias. Estos investigadores encuestaron a 414 profesionales en salud mental: psicólogos clínicos, psicoterapeutas familiares, psiquiatras y trabajadores sociales. Concluyen que es indispensable la sintonía entre las creencias, puesto que los pacientes se sienten más comprendidos y tienden a adherirse al tratamiento con mayor compromiso que cuando hay disonancias[11].

Newberg es el más importante investigador de las relaciones entre la fe y la actividad cerebral fundando la Neuroteología[12]. Encontró que los estados místico religiosos determinan la activación de las zonas internas del lóbulo temporal e inhibición de las zonas prefrontales izquierdas, mientras se excitan las del lóbulo prefrontal derecho y el lóbulo parietal de ese mismo hemisferio. La vía neurológica del estado místico se inicia con la activación del parietal derecho paralelamente a la progresiva inactividad del izquierdo[13]. Es interesante el resultado de las diferencias entre la meditación de maestros budistas y mujeres consagradas a la vida religiosa católica, en los primeros se excitan las regiones occipitales y en las segundas las zonas temporales[14].

Los estudios neuropsicológicos de la experiencia religiosa manifiestan que se trata de experiencias sui generis, el cerebro posee conexiones peculiares para producir la conciencia de la trascendencia espiritual. Las especulaciones de Newberg y su equipo conllevan a considerar que estos estados de conciencia son primitivos, probablemente nuestros antepasados más remotos también tuvieron este tipo de experiencias.

La esencia de mis creencias católicas radica en la fe. La fe es creer en la existencia de Dios, su resurrección y la vida eterna. La consecuencia inmediata de la fe es la confianza en un Ser Supremo protector a quien ciegamente nos entregamos[15]. Si bien San Agustín plantea la interacción entre la fe y la razón, concluyendo que la fe es indispensable para la razón: Credo ut intelligam[16], Santo Tomás diferencia el conocimiento de la fe, el primero utiliza la razón para acercarse a la verdad natural, la fe en cambio lo hace para el encuentro con las verdades reveladas a través de la inspiración divina[17]. Kierkegaard explica la sustancia irracional de la fe cuando analiza el sacrificio de Isaac: Abraham obedece sin chistar el mandato de Dios a pesar de actuar en contra de sus sentimientos[18]: credo quia absurdum est, lo absurdo es el fin de la fe y lo único en que puede tenerse fe. Para el Papa Francisco, la fe es una creencia en un Dios Persona, donde es factible la experiencia del encuentro con Él[19].

Mi inspiración teológica proviene de la obra de J.R.R. Tolkien, profundo teólogo católico, traspone las historias bíblicas a las mitologías célticas y nórdicas, con el afán de demostrar su idea de mitopoeia, es decir la existencia ineludible de Dios en todas las historias míticas. Sustentado principalmente por la teología agustiniana, considera que el pecado se relaciona con el poder y la salvación con la redención. En su obra, el Anillo Único representa el peso del poder y la ambición, sólo el desprendimiento permite el encuentro con Dios. La fe es el motor que nos mueve al sacrificio y a la esperanza[20].

La psicoterapia es mi quehacer cotidiano donde me esfuerzo para despojarme de las ilusiones del poder para alcanzar la posibilidad de amar incondicionalmente a las personas que acuden a mí con la esperanza de cambiar su vida. La humildad debe ser siempre el resultado de mi fe, la confianza en la esencia divina de todos los seres humanos promueve mi aceptación del otro a pesar de aquellas cosas que pueden resonar en mi ego. No es dejar las cosas en manos de Dios, es hacer cosas como si fuera un instrumento divino, lo decía Teresa de Calcuta: “ser el lápiz de Dios”, mi labor como terapeuta debe ser un acto de amor[21].

Quizás el problema más frecuente en mi trabajo sea el del dilema ético: ¿estará bien o mal esta decisión? Es inevitable decidir, estar más allá de la moral, actuar en base a la intuición ética. Cuándo guardar sigilo, cuándo orientar, cuándo evitar. Son decisiones donde se juega la vida del paciente y también mi integridad. El recurso en el cual me apoyo es mi fe, arrimarme a la pregunta del Padre Alberto Hurtado: ¿qué haría Jesús en mi lugar?, porque lo que Él haría siempre será lo acertado. No se trata de una actitud moralista, va más allá de lo establecido como correcto o incorrecto, tiene que ver con el sobre todo no dañar. No dañar al paciente pero tampoco a quienes lo aman. Es frecuente el error en terapia individual cuando se tratan incautamente temas conyugales sin considerar a la pareja, una intervención en la persona puede afectar al cónyuge ausente porque la narración no necesariamente describe los sucesos en sí, los sesga con la interpretación. Necesito escuchar a la otra parte para clarificar el camino de mis intervenciones.

Jamás descuido la protección de la Virgen, en Ella deposito mi desamparo, me encomiendo a su ternura para depositar los dolores que me dejan mis pacientes, también pido por ellos. Sería un desatino el quedarme envuelto en el sufrimiento ajeno sin tener esperanza en que mi accionar tendrá un efecto beneficioso.

Es una costumbre generalizada orar por los enfermos, por ejemplo en un estudio realizado en hospitales de Estados Unidos, se verificó que el 73% de las enfermeras ora por sus pacientes, el 81 % los encomienda a Dios y el 79% alientan a los familiares a orar por sus enfermos[22]. Por otra parte, los enfermos suelen recurrir a la oración como un recurso de afrontamiento a la enfermedad, la fe está ligada necesariamente a la esperanza[23]. Sobre todo en la terapia del duelo es indispensable sintonizar con las creencias de los pacientes, aceptar y alentar los recursos ofrecidos por su religión, reconociendo la fortaleza que otorgan para sobrellevar el dolor a través de la esperanza. Es un desatino desprender la fe de las condiciones lamentables de una experiencia, no se trata de ser racional sino de mantenerse firme a pesar de las circunstancias[24].

Pienso que la frase de Jesús: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos (Mt 18, 15-20)”, sintetiza el ambiente que debe reinar en el contexto terapéutico. Mi visión es científica, fundamento mi accionar terapéutico en técnicas confiables porque existe evidencia empírica sobre su efectividad, pero al mismo tiempo entrego mi trabajo a Dios seguro de tener una misión en la vida: servir incondicionalmente a los demás.

La terapia que practico se define desde el amor, acólito de la teología agustiniana mi accionar se sustenta en uno de sus fundamentos: la medida del amor es amar sin medida. Mi paciente me importa, no existe amor terrenal más desprendido que el amor en la psicoterapia. Es un amor sin retorno, pura entrega desinteresada hacia un desconocido sufriente, es un amor sin límite, quizás soy el único capaz de amarlo porque me muestra desde lo más recóndito de su alma hasta lo más deplorable de su accionar. Mi trabajo es remover la miseria humana para dejar florecer los potenciales dormidos. Es hacer de una persona sufriente una mejor persona. El único camino es el amor sin medida.

También lo señaló San Agustín: si está dentro de ti la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz. Ese es el fundamento de la ética, nada malo puede salir del amor y muchas veces el amor debe rebasar la moral, porque lo bueno no necesariamente es correcto. Mi quehacer en terapia es la constante búsqueda de la perfección, lo cual me obliga a la renovación continua de mis conocimientos, reconocer errores para buscar nuevos derroteros, ampliar mi mente para aprender nuevas lógicas, modelos y teorías, todo ello en pos del mejor servicio, mis pasos se guían por otra máxima agustiniana: ora como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti.

Es indispensable la pasión para la perseverancia, las metas deben estar claras para disciplinar el estudio. Debo ofrecerles alternativas de solución con fundamentación empírica a mis pacientes. Mientras oro con todas mis fuerzas para que Dios me ilumine.

Termino estas reflexiones transcribiendo “la oración del psicoterapeuta” que escribí el 2005, sintetiza mi fe en la labor terapéutica[25]:

De rodillas, Señor, mi Dios…
Te pido me mantengas en esta postura,
Jamás permitas que  mi conocimiento enceguezca mi corazón.
Ayúdame a contemplarte crucificado en el dolor de mi prójimo…
Deja que siga sintiendo el intenso dolor al que me obliga tu Amor,
limpia el barro maloliente formado por la lluvia del poder.
Siembra en mi alma las semillas de la humildad serena de tu Madre…
Haz que mis ojos busquen tu Espíritu en la mirada del que sufre…
Ayúdame a devolverles la sonrisa a los niños
¡la soledad se las robó!
Ayúdame a devolverles el amor a los esposos
Dejaron de buscarte en sus besos…
Ayúdame a mostrarles la magnificencia de la vida
a los que se envolvieron en las sombras
profundamente oscuras del miedo a la existencia.
Ayúdame a escuchar las voces que yo no oigo,
a ver las imágenes que no veo,
a sentir en mi piel las heridas sangrantes que no siento.
Ayúdame a navegar sin miedo
en las turbulentas aguas del océano del suplicio ajeno…
Dame la paciencia, mi Dios, para descubrirte
en las mariposas moribundas
enterradas en las arenas humedecidas
por el llanto del desesperado…
Pon en mis palabras y en mis manos tu cariño
para encender una hoguera dentro del corazón congelado
por el alcohol, por las drogas y otras pasiones fútiles
de quienes no conocen el placer de vivirte
en el perfume de una rosa,
en el embrujo de un orgasmo,
en la música dulce de tu voz silenciosa.
Pon en mis oídos la serenidad de tus ángeles
para escuchar tu canto escondido en el bullicio
de las miserias de quien huyó del amor
escondiéndose en el odio.
Descubre mis ojos con la fe de tus manos sangrantes
para que pueda ver la bondad que nadie ve
en aquél presa de vanidad y orgullo.
¡Señor, haz de mí un ser humano feliz,
Acurrucado en tus brazos tiernos!
¡Fortalece mi capacidad de amar a mi esposa!
¡Ayúdame a empujar a mis hijos hacia la libertad!
¡Fortalece mi pasión por la vida y por el arte!
¡Enséñame a aceptar mi ignorancia!
Señor… protege a mis pacientes de los errores que pueda cometer.
Ilumíname para reconocer mis limitaciones,
y para descubrir mis potencialidades.
No dejes que me sienta derrotado ante las acciones desesperadas
de quienes convirtieron su vacío en rabia.
Dótame de tu infinita capacidad de perdón.
Nadie merece ser despreciado.
No dejes que la danza de la muerte me lleve
hacia la ilusión nefasta de saberlo todo.
Ayúdame a aprender de los demás,
no quiero encerrarme en la cárcel helada de las teorías…
dame el coraje para aceptar la posibilidad
de que la ciencia puede más bien alejarme
del encuentro humano.
Entrégame tu espada de fuego
para romper las rejas que me aparten de las personas.
Señor…
Gracias por haberme llamado para este oficio…
He de cumplir la misión encomandada:
¡debo ser feliz para hacer felices a los demás!





La Paz,19 de abril del 2018






[1] Frankl, V. E. (1955). The doctor and the soul. An introduction to logotherapy; Frankl, V. E. (2011).; Richards, P., & Bergin, A. E. (2014). Handbook of psychotherapy and religious diversity. American Psychological Association.
[2] V.g.: Shafranske, E. P., & Malony, H. N. (1990). Clinical psychologists' religious and spiritual orientations and their practice of psychotherapy. Psychotherapy: Theory, Research, Practice, Training, 27(1), 72; Bergin, A. E., & Jensen, J. P. (1990). Religiosity of psychotherapists: A national survey. Psychotherapy: Theory, Research, Practice, Training, 27(1), 3.
[3] La presencia ignorada de Dios: psicoterapia y religión. Barcelona: Herder Editorial; Lapide, P., & Frankl, V. E. (2010). Búsqueda de Dios y sentido de la vida: diálogo entre un teólogo y un psicólogo. Herder Editorial.
[4] Lovinger, R. J. (1984). Working with Religious Issues in Therapy. New York: Jason Aronson.
[5] Feifel, H. (Ed.). (1959). The meaning of death. Nueva York: McGraw-Hill.
[6] Feifel, H. (1958). Introduction to the symposium on the relationship between religion and mental health. American Psychologist, 13, 565-566.
[7] Hillowe, B. V. (1986). Effects of Religiosity of Therapist and Patient on Clinical Judgment. Dissertation Abstracts International, 46(5-B), 1687.
[8] Worthington, E. L. (1988). Understanding the values of religious clients: A model and its application to counseling. Journal of Counseling Psychology, 35(2), 166.

[9] Rokeach, M. (1973). The nature of human values. Nueva York: Free Press.
[10] Worthington, E. L. (ob.cit.)
[11] Bergin, A. E., & Jensen, J. P. (1990). Religiosity of psychotherapists: A national survey. Psychotherapy: Theory, Research, Practice, Training, 27(1), 3.
[12] Newberg, A. B. (2010). Principles of neurotheology. Ashgate Publishing.
[13] d'Aquili, E. G., & Newberg, A. B. (1993). Religious and mystical states: A neuropsychological model. Zygon®, 28(2), 177-200.
[14] Newberg, A., & d'Aquili, E. G. (2008). Why God won't go away: Brain science and the biology of belief. Ballantine Books.
[15] El Papa Benedicto XVI, profundo teólogo explicó de manera sencilla el concepto de fe para los católicos en: https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-benedicto-xvi-explica-que-es-la-fe-31067
[16] Agustín, S. (1986). Las confesiones (Vol. 1). Ediciones AKAL.
[17] Aquino, T. D. (2001). Suma Teológica, vol. 1 Madrid: BAC.
[18] Kierkegaard, S. (2001). Temor y temblor, trad. V. Simón Merchán, Tecnos, Madrid.
[19] Homilía del Papa Francisco, disponible en: https://es.aleteia.org/2013/04/18/papa-francisco-la-fe-es-creer-en-un-dios-persona-no-en-un-dios-spray/
[20] Pinto, B. (2012) Realidad y simbolismo en “El Señor de los Anillos”. La Paz: SOIPA.
[21] Teresa, M. (2012). El amor más grande. New World Library.

[22] Tracy, M. F., Lindquist, R., Savik, K., Watanuki, S., Sendelbach, S., Kreitzer, M. J., & Berman, B. (2005). Use of complementary and alternative therapies: a national survey of critical care nurses. American Journal of Critical Care, 14(5), 404-415.
[23] Bearon, L. B., & Koenig, H. G. (1990). Religious cognitions and use of prayer in health and illness. The Gerontologist, 30(2), 249-253.
[24] Jackson, E. N. (1957). Understanding grief. Pastoral Psychology, 8(7), 41-48; Andersen, C. B. (2014). Good Faith; Good Grief. Int'l Trade & Bus. L. Rev., 17, 310.


[25] Pinto, B. (2005) Las raíces del amor.  La Paz: SOIPA Pags. 50-51.

viernes, 2 de marzo de 2018

Problemas escolares y psicoterapia sistémica



Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


La Paz, 5 de febrero del 2018

¡La escuela, la escuela! Toda mi pobre vida
es una jaula triste, ¡mi juventud perdida!
Pero no importa, ¡vamos!, pues mañana o pasado
seré burgués lo mismo que cualquier abogado,
que cualquier doctorcito que usa lentes y lleva
cerrados los caminos hacia la luna nueva…
¡Qué diablos, y en la vida como en una revista,
un poeta se tiene que graduar de dentista!

Pablo Neruda

Cuando la familia disfuncional se encuentra con la escuela disfuncional, se produce una colusión perjudicial para el desarrollo de la persona. Las dos instituciones incuestionables fomentarán como sea la obediencia a sus mandatos. Son los dos inventos sociales más perniciosos para la existencia. La primera condenando el amor a la obligación y a la deuda, la segunda promoviendo el establecimiento de normas dirigidas al logro de las metas establecidas por los mitos familiares.

La disfuncionalidad es la misma, la negación de la existencia autónoma del niño y del adolescente. Está prohibido ser uno mismo, se debe ajustar a las exigencias de los modelos impuestos por ambas estructuras. Tanto la familia y la escuela funcionales promueven la autonomía y legitiman los potenciales de cada hijo y de cada estudiante.

La escuela tiene más probabilidades de ser un sistema cerrado, resiste el cambio y perdura en su perseverancia anodina de ser tautológica. Sus enseñanzas sólo son útiles dentro de sí misma. No forma para la vida, forma para la escuela misma. Su prolongación es la Universidad, institución muchas veces idéntica a la escuela. Si bien se están desarrollando planes para cambiar el sistema educativo, es un proceso muy lento, y a veces en el afán de cambio lo que hace es fortalecer los recursos represivos inhabilitando la posibilidad de autorrealización de sus componentes.

En la psicoterapia interesa el lazo entre la familia y la escuela para abordar el sufrimiento del hijo/estudiante. Cuando la familia adolece del mito del “buen alumno”, la situación del niño es muy grave. Este mito señala la ineludible obligación de los hijos de responder al modelo de excelencia académica ya sea en la escuela o en la universidad. El mito se origina por lo general en aquellas familias donde un antepasado achacó a su falta escolaridad la desgracia de su vida. En otros casos tiene que ver con el afán del pavoneo de los padres al tener un hijo buen alumno y compararlo con los hijos de sus hermanos. La estupidez del mito se encuentra en que alguien es buen alumno porque tiene adecuados hábitos de estudio[1] y no porque tiene una familia amorosa. Es más frecuente ser buen alumno en una familia amargada, donde se ve al ajuste social como más importante que  el amor familiar.

Otro mito es el referido a la profesión. Se sustenta en la creencia de la existencia condicional a un título universitario[2]. Esto es, la persona se supera a sí misma y es alguien sólo si logra ser profesional. La irracionalidad continúa, pues se considera la profesionalización como la gestora de la estabilidad económica, en el estado actual de nuestro país de manera inverosímil la gente sin formación académica logra puestos de gerencia importantes, mientras los profesionales están sin trabajo.

La escuela tradicional mantiene un esquema obsoleto de formación, ajena a la vida promueve el aprender para aprobar el curso[3], los intentos en el siglo XX por crear una escuela útil para la vida fracasaron rotundamente[4], las críticas severas tampoco hallaron eco[5]. El surgimiento del posmodernismo con sus epistemologías construccionistas, dieron lugar a una forma ingenua de mirar la educación, distorsionando las teorías dialécticas de Vygotsky y las cognitivas de Piaget, en vez de mejorar, empeoraron la educación, ocasionando una torre de Babel[6].

La tendencia de una educación basada en competencias, dio lugar a mayores decepciones en la formación. Se ha obviado el criticismo y la toma de decisiones al fomentar la eficiencia en el rendimiento. Con esta medida la educación se ha perdido en el intento de reparar sus errores[7].

Selvini Palazzoli intentó introducir el enfoque de la terapia sistémica en el quehacer del psicólogo en la escuela, sus conclusiones son deprimentes: la escuela es un sistema cerrado donde el cambio se hace imposible[8].


A las incoherencias del sistema educativo se añaden los problemas de aprendizaje relacionados con alteraciones neurológicas. La ignorancia de la escuela hacia esa problemática es suprema. Considera aún que el aplazo permite la recuperación de una incapacidad. No tiene sentido la “repetición del curso” si no se identifican las razones de las dificultades para aprender que tiene el niño.

La propuesta del modelo Finlandés, parece auspiciar algunas esperanzas[9], centrado en la legitimación del estudiante y en el respeto de su ritmo e intereses, ha demostrado ser una nueva manera de educar arrasando con los modelos posmodernos y tradicionales. Mientras arremeta con la educación caduca de nuestro país nuestros consultorios seguirán recibiendo niños y jóvenes aquejados por las opresiones educativas.

¿Cómo debe actuar el terapeuta ante demandas de rendimiento escolar o universitario? Lo primero es especificar los motivos del problema. Existen tres tipos de estudiantes con dificultades para el rendimiento o la adaptación escolar: el niño que no puede, el niño que no quiere y el niño que quiere pero no le dejan[10].

El que no puede tiene un impedimento biológico o de mala inserción a la escuela. Lesiones cerebrales concomitantes con alteraciones de las funciones cognitivas indispensables para la lectura, escritura y cálculo, también afectando el lenguaje y la motricidad, epilepsia infantil, deficiencias intelectuales, etcétera, impedirán el aprendizaje requerido.

Está el niño que no quiere, es aquél que sabe lo que quiere. Ya han definido su vocación, entonces el colegio es un estorbo para su realización. Lo peor que le puede pasar a un escolar es conocer sus potencialidades, porque entonces nada de la escuela le podrá servir. Mi hijo decidió su vocación musical desde su niñez, estudiaba en el Conservatorio de Música,  ¡se aplazó en música!

Por último están los niños con mala formación previa. Provienen de aprendizajes insuficientes para la asimilación de conocimientos exigidos por el nivel al cual ingresan. Muy frecuente en hijos de militares, debido al trabajo de sus padres, deben pasar temporadas en distintas poblaciones del país, no solamente deben adaptarse a los nuevos entornos, sino deben enfrentar la deficiencia de su formación académica previa. También suele pasar la improvisación de docentes sin la especialidad requerida, quienes no dan los insumos requeridos.

La escuela tradicional encontró una solución inútil para los problemas académicos de estos tres tipos de niños, la repetición del curso. ¿Esa medida favorecerá a alguno de esos niños? George Reavis inventó una fábula ingeniosa[11], le hice algunos arreglos:


Un día los burros se preocuparon por el futuro de los animales en la selva y decidieron organizar una escuela… el plan de estudios comprendía: vuelo, escalada, natación y carreras. El estudiante más entusiasta fue un pato, se empeñó tanto entrenando para las carreras que sus patas se llenaron de ampollas y perdió muchas plumas en el intento, está más decir que llegó entre los últimos. Le fue muy mal en natación donde se esperaba que esté entre los mejores debido a las heridas no logró nadar como lo sabía hacer. En vuelo reprobó y en escalada fue incapaz de dar un paso. Al águila le iba muy bien, inalcanzable en vuelo, pero lo expulsaron de la escuela porque pretendía escalar a su manera. Un conejito intentó natación pero por poco se muere ahogado, en vuelo sufrió un accidente que lo dejó inhabilitado para el resto de las materias. Le fue muy mal a un pez dorado, del cual es mejor ni hablar. A quien le resultó genial la escuela fue a una mosca, montada sobre una llama fue la primera en carreras, en vuelo fue la única competidora sobreviviente, en escalada no le fue nada difícil y en nado lo hizo más o menos bien.

La escuela boliviana es un sistema caduco, cerrado e ineficiente. Promueve el convencionalismo, transmite valores egoístas dirigidos a la competencia en vez de favorecer la cooperación. Aquellos estudiantes desadaptados al sistema escolar, suelen tener aptitudes ajenas a los planes de estudio. Recuerdo con tristeza a una niña con habilidades para la danza, la dirección del colegio alentó la vocación de la pequeña fomentando su asistencia a una academia de danza, sin embargo cuando tuvo la oportunidad de viajar para una presentación la escuela rechazó rotundamente su pedido. En otro caso un niño tenista era el orgullo de su colegio, sin embargo al final del año reprobó en tres materias a pesar del supuesto apoyo a su actividad deportiva.

La escuela pretende un estudiante excelente en todas las materias del programa de estudios, no le interesa la motivación ni las dificultades para el aprendizaje, todos son evaluados con la misma vara. Tampoco importa el aprendizaje, la atención se centra en la evaluación, se trata de aprobar las materias y evitar los aplazos.

En la consulta, lo más importante es cuestionar los mitos familiares asociados con el rendimiento escolar. Menciono algunos:

1)      Los estudios se relacionan con el amor en la familia. Irracional afirmación, el aprendizaje se relaciona con los hábitos de estudio y las condiciones para aprender. La escuela avergüenza a los padres porque supone que el aprendizaje de los hijos depende de los padres. Lo que los padres pueden hacer es favorecer las condiciones de estudio de los hijos otorgándoles un ambiente adecuado y dotándoles de los materiales requeridos. Por otra parte pueden ayudar en desenvolver hábitos de disciplina. Pero nada pueden hacer en relación a los contenidos del aprendizaje.
2)      Los valores se transmiten en la escuela. Varios estudios han demostrado que los valores de aprenden en las interacciones familiares[12] y en la relación con los pares[13].
3)      Los buenos alumnos son buenas personas. No necesariamente. El rendimiento escolar no es referente de las actitudes éticas. Lo que desarrolla la ética es el servicio a los demás[14].
4)      Los buenos estudiantes tienen su futuro asegurado. No necesariamente, generalmente el buen alumno tiene más dudas sobre su futuro, mientras quien discrimina lo interesante y útil de lo inútil dirige mejor su decisión profesional[15].
5)      La escuela nos prepara para la vida. ¡Jajajajajajaja![16]
6)      Ser bachiller es el primer paso, el siguiente es ser profesional. Este mandamiento no está en las tablas de Moisés. No necesariamente salir de la escuela obliga a la persona a ingresar a la universidad. En muchos colegios de élite paceños se pregona la preparación para la universidad en los últimos años de secundaria, sin considerar la presencia de un contingente de estudiantes con miras a otra actividad.

Durante los últimos años se ha puesto de moda un fenómeno: el acoso escolar o bullying[17], término acuñado por Lowenstein en 1978[18], en español acoso escolar[19], se define como:

“una forma de conducta agresiva, intencionada y perjudicial cuyos protagonistas son jóvenes escolares. Un rasgo específico de estas relaciones es que el alumno o grupo de ellos que se las da de bravucón trata de forma tiránica a un compañero, al que hostiga, oprime y atemoriza repetidamente, hasta el punto de convertirlo en su víctima habitual. No se trata de un episodio esporádico, sino persistente que puede durar semanas, meses e incluso años” (Cerezo, 200, p. 37)[20]. Los resultados no son contundentes, al parecer cualquiera puede ejercer de agresor y víctima será quien tenga alguna característica que lo haga diferente[21]

Se han realizado múltiples estudios sobre la personalidad de los acosadores y las víctimas[22]. Los estudios enmarcados en la pasividad del grupo, han establecido un nuevo foco de atención: los testigos[23].

A la escuela no le conviene identificar la causa del bullying, prefiere achacarla a las condiciones de personalidad y a la organización familiar de los agresores y víctimas. El extremo de esta situación es el de las matanzas en las escuelas estadounidenses[24], situación que llevó al absurdo planteamiento de Trump al sugerir que la solución es que los maestros vayan armados a las escuelas[25].

La disparidad de criterios en relación a las características de los acosadores y las víctimas en la escuela, además de los estudios acerca de la pasividad de los testigos, quizás se deba a que la problemática no se centra en las relaciones interpersonales sino en el contexto escolar. Como dice Zimbardo: no se trata de la manzana podrida sino del barril de manzanas podrido[26]. El efecto Lucifer enuncia que cualquiera puede desengancharse de su moral[27], si el contexto favorece el abuso del poder. Algunos investigadores han intentado vislumbrar el sistema escolar donde se produce el acoso escolar para explicarlo, por ejemplo, Morrison señala que es una especie de miopía focalizar el origen del acoso escolar en los protagonistas, en vez de analizar las condiciones de la escuela[28]. Salin propone que el acoso escolar se relaciona con el malestar del entorno escolar[29].

Independientemente al enfoque del problema, algunas familias llegan a la consulta debido al sufrimiento de sus hijos víctimas del acoso escolar. El efecto deriva en estrés postraumático[30], depresión y ansiedad[31], suicidio[32]. Existen casos en los cuales el acoso escolar fue un precipitante de episodios psicóticos[33]. Además el impacto de la experiencia en la víctima puede generar consecuencias psicológicas a lo largo de los años: abuso de drogas[34], problemas con el alcohol, depresión, trastornos de la conducta sexual y otras dificultades de adaptación[35].

El trabajo terapéutico se centra en la reparación del trauma y debe favorecer el cambio de escuela del niño o niña. Las técnicas de afrontamiento y desarrollo de habilidades para hacer frente al acosador y al grupo de pares, están destinadas al fracaso porque es muy difícil acceder a todos los protagonistas del evento, además que puede acarrear sin percatarnos de empeorar la situación de la víctima.

La presencia del agresor en la consulta suele ser más bien extraordinaria, y las veces que ocurre usualmente está ligado a demandas externas, juzgado de menores o la propia escuela. Cuando la demanda terapéutica proviene de los padres, generalmente ocurre como problema complementario a otros. Por ello, el trabajo se hace dificultoso, puesto que el niño o adolescente es reacio a resolver su problema. Algunos intentos han sido dados por modelos terapéuticos sistémicos, como la terapia multisistémica[36]. Nuestro impacto es efectivo cuando trabajamos con la familia, puesto que la experiencia del acoso escolar es devastadora para el hijo, los padres y hermanos[37].

Cuando los profesores y las profesoras buscan ayuda, generalmente lo hacen por conflictos conyugales. El trabajo en la escuela produce altos niveles de estrés, en los peores casos burnout[38]. He trabajado veintiún años en establecimientos escolares, encontré una alta relación entre amargura y maltrato a los estudiantes, ocurre ante dos circunstancias: burnout y problemas de pareja. El burnout se instala en profesores y profesoras con alto potencial vocacional en su rubro, pero la institución no lo aprovecha, derivando a la persona a actividades ajenas a sus intereses. Es interesante observar el cambio radical de los maestros y maestras eficaces cuando son ascendidos a la dirección del establecimiento, se produce la despersonalización, uno de los síntomas del burnout[39], la persona se transforma, de ser generosa y amable a un ente egoísta y deplorable. A eso se suma la fatiga y la sensación de baja autorrealización[40].

Los problemas de pareja se circunscriben dentro del estilo de vida agitado y la excesiva presión de la burocracia, las exigencias de los estudiantes y el pobre reconocimiento de la labor docente. Es frecuente el matrimonio entre profesores o de profesoras con militares o médicos, vínculos formados en el entorno de los estudios profesionales y de las prácticas en el año de provincia. Entonces el núcleo de la relación es el apaciguamiento del estrés, con el tiempo el matrimonio en vez de ayudar a disminuir las tensiones laborales ocasionan problemas conyugales por la situación económica, el descuido de los hijos y los problemas sexuales consecuentes con la fatiga y el estrés. Todo ello puede desembocar en infidelidad, celos y violencia.

Para concluir vale la pena reflexionar sobre la función del psicólogo sistémico en la escuela. Las expectativas de la escuela se centran en utilizar el trabajo del psicólogo para mantener la estabilidad del sistema. Puede definir la labor del psicólogo como homeostato, chivo expiatorio y discriminador.

Cuando el psicólogo es homeostato lo utilizan para justificar las decisiones educativas, se parte de las teorías psicológicas para fomentar el mantenimiento de las políticas y estrategias pedagógicas de la institución, el psicólogo es una especie de bombero que debe apagar los incendios a través de conferencias, talleres, reuniones con grupos y reflexiones con aquellos elementos disruptivos.

El chivo expiatorio sirve para achacar a la labor psicológica las consecuencias de los problemas emergentes de las incoherencias de la estructura escolar. Típico es el consejo disciplinario, se recurre a los diagnósticos para justificar las decisiones en contra de los estudiantes.

El peor de los tres es el discriminador, se recurre a las evaluaciones psicológicas para decidir el ingreso o la permanencia de estudiantes, maestros y administrativos. Son frecuentes las entrevistas y pruebas psicológicas para el ingreso a la escuela.

En síntesis la Escuela es un invento cuya intención inicial era favorecer la adaptación de los niños al entorno. Ahora se ha convertido en un fin en sí misma, se trata de aprobar los cursos en una carrera desesperada hacia el vacío. La función de los psicoterapeutas es proteger a las víctimas del sistema escolar, promoviendo sus potencialidades a pesar de las limitaciones impuestas por las instituciones familiares y escolares.




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