miércoles, 15 de marzo de 2017

Escudriñando el dolor



Escudriñando el dolor

Por: Bismarck Pinto, Ph.D.

¡Qué tristeza tan seria me da sombra!
Federico García Lorca

La
 Psicoterapia sistémica, tiene como fin el alivio del sufrimiento a través de la concepción relacional, proponiendo al paciente como portador del síntoma familiar, por ello el dolor de uno es el refugio del dolor de quienes se relacionan significativamente con el chivo expiatorio. Dentro de la teoría de los sistemas, es posible definir al síntoma como el factor homeostático de los sistemas disfuncionales.
El síntoma es un problema estúpido, se estructura como solución a la insoportable sensación de inexistencia de quien asumirá el sacrificio de su vida para equilibrar su familia. Si analizamos racionalmente los tipos de síntomas, coincidiremos en su constitución absurda: orinarse en la cama, roerse las uñas, dejar de comer, drogarse, consumir alcohol, etcétera.
El síntoma se forja como un escudo protector de quien lo porta, es frecuente que ante la aparición del síntoma los padres dejen de apropiarse de su vida y pasen a ocuparse de la solución del aparente problema emergente de la nada. Es como una absorción del sufrimiento en un comportamiento ridículo.
Sin embargo, con el paso del tiempo algunos síntomas dejan de ser protectores y se transforman en destructores. La anoréxica puede morir, el drogadicto puede enloquecer. Es en ese momento cuando el juego inocuo del inicio se establece como un juego con la muerte. El síntoma se instala como el gobernador del sistema familiar, todo gira a su alrededor, la interacción con él se hace patética, se opera con más de lo mismo, el síntoma en vez de desaparecer se agiganta. Algunas personas en su desesperación buscan ayuda psicoterapéutica.
El psicoterapeuta bisoño cae fácilmente en las garras del síntoma, lo planteará como el problema, sin percatarse que comenzó como solución al tratar de proteger el sí mismo del portador. Tanto la familia como los terapeutas se dejarán encandilar por el brillo del síntoma, creándose la ilusión de que ante su desaparición surgirá campante la felicidad. La familia ha olvidado el torbellino relacional condicionante del surgimiento del síntoma. Por ello, pueden ocurrir dos cosas ante la amenaza de supresión del síntoma: la primera, el abandono intempestivo de la terapia y el empeoramiento del cuadro sintomático.
La familia pide cambiar sin cambiar. La paradoja de la demanda terapéutica puede entenderse como el terror ante el sufrimiento legítimo yacente detrás de los sacrificios. Pretende el equilibrio como la meta inexorable de la vida, sin comprender la necesidad del conflicto para la reestructuración del sistema, en algunos casos permitir la emancipación y desvinculación de los hijos, en otras asumir el vacío de los vínculos pseudoamorosos, en otros, afrontar las pérdidas.
Los psicoterapeutas sistémicos hemos sido entrenados para actuar con irreverencia ante los síntomas. No nos dejamos llevar por el dramatismo que los acompaña. Nos interesa el sufrimiento subyacente escondido en el trasfondo de varios sentimientos.
Cuando el paciente o la familia nos presentan al síntoma, éste parece ser una persona importante. Es común en el problema con el alcohol, que la persona se presente así: “soy alcohólico (a)…” Es como si el síntoma se hubiese convertido en la identidad del portador, no dice: “a veces me meto en problemas cuando bebo alcohol”. No lo hace así, ES alcohólico.La familia presenta de igual forma a su hijo (a) con síntomas: “mi hija es anoréxica”.
El síntoma da identidad, retirarlo implica destruir el sentido de vida de la persona y de quienes están preocupados. La anoréxica dejará de ser anoréxica para mostrar el vacío de su existencia. La supresión del refugio desprotegerá a todos de la tormenta nociva. No quedará otra que mirarse unos a otros, vislumbrar el vacío detrás de la mirada.
Detrás del síntoma familiar usualmente se encuentra una pareja desamorada. Mientras mayor es la carencia de amor conyugal más gigantesco es el síntoma. Apartar al hijo (a) de la vinculación patológica obliga a los cónyuges a mirar hacia el abismo de su relación. Sin embargo las cosas no son tan sencillas.
La pareja es una ilusión, una extraña construcción abstracta, un ente inexistente. No existen dos, ni tres. Existe uno frente a una. Ese uno es una persona arrojada al océano del amor conyugal con la esperanza de encontrar su integridad en la conyugalidad. Pronto se instala el desencanto, ella (él) no es quien esperaba que sea. Es más me siento más solo con ella que cuando no la conocía. El amor exige desprendimiento de expectativas, obliga a la aceptación incondicional del otro y a la necesidad de sacar lo mejor del otro en un proceso infinito de reciprocidades.
Pero si uno (a) no fue amada, no sabrá amar. Esperará ser completado en la relación, buscará lo que no recibió y pretenderá cambiar al otro ante la decepción. En ese afán convocarán a los hijos en la batalla encarnizada para vengarse de quien les prometió completarlos.
Las parejas desamoradas provienen del sufrimiento, la inadecuada estructuración del sí mismo. De ahí que el síntoma del hijo(a) los distrae de sí mismos, es decir, del vacío personal.
El sufrimiento producido por la falta de legitimidad del sí mismo, promueve el encuentro con una persona en las mismas condiciones, carente de protección y de existencia previas ambos se embarcan en una relación apasionada. Cuando se produce el desencanto ambos se ven desolados por la acostumbrada presencia de la angustia. Se espera a los hijos con la esperanza de realizarse a través de ellos, cuando nacen, no ocurre lo esperado, son el depósito una vez más de las expectativas pendientes de las propias infancias. Durante la inserción de los (las) pequeños (as) a la escuela se suscita un juego vincular nuevo: los vástagos como víctimas del cónyuge. Se instala paulatinamente la triangulación, a través de alianzas y coaliciones, el sentirse atrapados obliga al creativo surgimiento del comportamiento estúpido.
El (la) psicoterapeuta debe hacer caso omiso del falso dolor producido por el artilugio sintomático y escudriñar con paciencia el sufrimiento hasta sentir en carne propia el sufrimiento generado por el rechazo, el abandono y la pérdida. Urge proteger a ese niño o a esa niña desolada habitante ingenuo del corazón, protector (a) desfalleciente del alma inerme donde radica el potencial de existencia, el sentido de la vida personal.
La terapia debe ofrecer el espacio para la emergencia sutil o abrupta del sentido del existir, en el afán del empoderamiento de la propia vida, comprendiendo que la desolación no debió ocurrir, los padres tenían el deber de cuidar y proteger, jamás tuvieron derecho de rechazar los talentos de sus hijos, su deber era apoyarlos sin condiciones orientando el quehacer moral de sus actos, al dotar de límites y obligar al respeto mutuo.
Reconocer la soledad injusta es muy doloroso, es preferible plantear al cigarro como el problema, a la comida como el problema, al rendimiento escolar como el problema, que asumir la falta de amor. También es doloroso darse cuenta de que no se amó a quien debió amarse. Descubrir con vergüenza las falencias como padres. Reclamaremos airosos por el retorno del síntoma…pero una vez develado su sentido ahora carece de sentido.
En terapia debe importarnos el sufrimiento sobre todas las cosas. Porque es donde radica el potencial del cambio, dejar de sufrir mueve a la búsqueda de horizontes donde sea posible la autorrealización. Para eso es ineludible dejarse consumir por la mirada de Medusa para luego activar el calor interno para destruir el barro que nos cubre…no es roca…es barro. Liberarse de las cargas ajenas, soltar los muertos podridos impedidos de partir, recuperar las cosas buenas recibidas y darle sentido a la rabia reprimida, algunas veces disfrazada de culpa o tristeza. Llorar hasta secar los ojos por ese niño o niña desvalido (a). Decir adiós y dar la bienvenida a la persona libre y dueña de sus decisiones.

miércoles, 8 de marzo de 2017

La mirada del vampiro



LA MIRADA DEL VAMPIRO
¿Por qué algunas mujeres se enamoran de psicópatas?
Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.

Una vez más, bienvenido a mi casa.
Ven libremente,
sal con seguridad;
deja algo de la felicidad que traes.
Drácula en la película de Coppola

Quedé estupefacto al leer el libro de Sheila Isenberg: “Women Who Love Men Who Kill”[1]. Relata la historia de varias mujeres que establecen vínculos amorosos con asesinos, trata de explicar por qué ocurre tan aberrante relación. Es interesante porque no solamente se centra en las mujeres sino en los criminales. Es fácil caer en el error de achacar a la ingenuidad de ellas sin considerar los artilugios de los asesinos. Al fin de cuentas es una relación de dos. Es muy difícil creer en la existencia de esas absurdas relaciones “amorosas”. La investigadora, sin ser psicóloga, recurre a la opinión de renombrados estudiosos de la conducta criminal para encontrar respuestas a su pregunta.
Finalmente propone un perfil de estas  mujeres. La mayoría sufrió mucho en las relaciones con su padre y madre: padres violentos o ausentes, y madres desamoradas. A lo que se suma, en varios casos, matrimonios disfuncionales con maltrato por parte de sus esposos. Se consolidan personalidades dependientes con rasgos histéricos y obsesivos y en los casos más dramáticos, se presentan mujeres con trastorno de personalidad limítrofe. 
Unas buscan protección por lo tanto se acercan a personajes posesivos y fuertes. Otras van en pos de un ideal masculino, lo hallan en la ferocidad desbordante de algún asesino. Las hay también afanadas en dar consuelo y protección. Sin embargo, Isenberg identifica mujeres normales, con historias de vida regulares. Por ello es aventurado concluir tácitamente que para enamorarse de un asesino se requiere tener necesariamente un trastorno.
La segunda parte, complementa la situación, el asesino desde su celda manipula con argucia a la damisela ingenua. Como todo depredador espera a su presa, la ataca y luego la devora.
El criminal recurre a la sugestión, desarrolla cautamente una especie de hechizo obnubilando a su víctima, quien cae en las trampas, enamorándose más y más del villano, perdiendo de vista los crímenes, aun cuando éstos sean bizarros, promoviendo deschavetadamente argumentos de inocencia, inclusive en casos donde la culpabilidad es inapelable. Es como la seducción de la mirada del vampiro.
Si bien las historias narradas en el libro son extraordinarias, no lo es el vínculo amoroso de mujeres que se enamoran de psicópatas adaptados. Revisemos un caso[2]:

Adela es una mujer de cuarenta años, tiene dos hijos jóvenes, uno emancipado y el otro estudia en la universidad. Desde algunos años el amor hacia su esposo ha ido disminuyendo, se ha sentido sola sin el cariño que caracterizó los primeros años de su matrimonio. Es consciente de haberse dedicado plenamente al cuidado de sus hijos, abandonando sus estudios universitarios y algunos eventuales trabajos. Actualmente trabaja en una empresa ocupando un cargo subalterno, sin embargo no se siente realizada porque le hubiera gustado dedicarse a la psicología. En este entorno laboral conoce a Cristopher, diez años menor que ella, divorciado, sin hijos. Inesperadamente el marido plantea el divorcio, argumentando que dejó de quererla hace muchos años y mantiene una relación amorosa con otra mujer. Tomada por sorpresa, Adela se deprime, busca consuelo en su joven amigo. Al poco tiempo la amistad se erotiza, a pesar de sus creencias cristianas Adela cede a los requerimientos sexuales y comienza una aventura sexual inaudita, donde según ella, por primera vez conoce lo que es un orgasmo.
Deslumbrada por el vigor, entusiasmo y atrevimientos de su amante, Adela se involucra más y más con él. La sensación de tener un romance prohibido la enardece aún más, llegan a tener encuentros coitales en los baños de la empresa. Ella se siente como una adolescente y no mide las consecuencias de su enamoramiento. Christopher le pide que lo ayude en el trabajo, al grado de que Adela termina haciendo todos los deberes de su amante. Al pasar los meses, él le pide prestada una buena suma de dinero porque deben intervenir quirúrgicamente a su madre. Adela desprendida como es, le presta el dinero que nunca más verá de vuelta. Ella le pide conocer a su madre, pero él se niega rotundamente.
Asisten juntos a una fiesta en un pueblo paceño, él se embriaga y de borracho propina una paliza a Adela porque la vio coqueteando con una persona. Al día siguiente pide perdón y asegura que jamás volverá a pasar algo así. La relación vuelve al cauce normal.
Las exigencias sexuales de Christopher se hacen cada vez más extrañas, le pide que se disfrace de colegiala, la amarra a la cama, y cosas por el estilo. El culmen surge cuando le exige tener coito anal. Ella se ofende y rechaza la oferta. Al día siguiente, él la espera con una prostituta para hacer un trío sexual, delante de ella tiene coito anal con la invitada, pidiéndole hacerlo luego con ella; Adela accede.
Denigrada y avergonzada busca mi ayuda. Quiere terminar la relación con su amante, piensa que ha llegado a perder su autoestima y que en algún momento su vida puede correr peligro.

De inmediato podemos pensar que se trata de mujeres con algún trastorno mental, Adela puede encajar en los criterios del trastorno de personalidad dependiente, sin embargo esta apreciación proviene de una visión individualizada, no toma en cuenta los aspectos relacionales. El amante no es un objeto incólume, se trata de alguien que interactúa con ella, como sucede con todas las mujeres involucradas en un lazo amoroso con un hombre cruel.
Siguiendo el análisis de Isenberg, es factible afirmar que una mujer con un trastorno de personalidad tiene mayores posibilidades de involucrarse con un psicópata. De tal manera que los rasgos de personalidad más propensos son: dependientes, evitativos, histéricos, obsesivos y limítrofes. Las historias personales de las mujeres entrevistadas denotan estructuras familiares propensas a la generación de desajustes en la identidad, depresión y angustia. Debemos cuidarnos, sin embargo, del hecho que es posible la desestructuración de la personalidad durante el vínculo amoroso, fomentando se ese modo discordancias a la hora de elaborar un diagnóstico.
En el caso de Adela, la terapia no fue suficiente para ayudarla a cortar la relación. Si bien, el evento sexual le ayudó a darse cuenta de las humillaciones a las cuales se veía sometida, al poco tiempo volvió a enredarse afectiva y sexualmente con su amante, abandonando la terapia.
¿Qué tienen en común estas mujeres? Todas ellas inician la relación destructiva en un momento de alta vulnerabilidad afectiva. Sufren una crisis que las anega en un vacío demandante. Todas ellas están viviendo la confrontación consigo mismas a partir de una ruptura o una crisis en su desarrollo personal. Veamos algunos casos:


Susana tiene 48 años, se casó joven con su primer amor, tienen un hijo casado hace dos meses. Después del matrimonio de su hijo los esposos retomaron las riendas de su matrimonio, pero éste había sucumbido hacía mucho tiempo. Susana manifestó síntomas de la menopausia, ocasionándole cambios intempestivos de su humor. Al mismo tiempo afrontó la  muerte de su madre. Mirándose a sí misma se percató de la pérdida de los años: abandonó su carrera, no trabajó nunca, durante el matrimonio el marido se hizo cargo de mantenerla. Piensa que el divorcio es una buena medida para retomar su vida. Conversa con  un abogado, de quien termina enamorándose. Tienen una intensa relación pasional, descubre sensaciones desconocidas. El abogado le ofrece participar en un negocio, situación muy atractiva para ella. Lamentablemente Susana es utilizada para el lavado de dólares, el amante resultó un hábil narcotraficante. Cuando se devela el engaño también lo hace la infidelidad. El marido la deja a la intemperie, el hijo rechaza la relación con su madre. El hermano la recibe en su casa y la ayuda a defenderse del problema legal. A pesar de todo debe ir a la cárcel. Cumplida su sentencia busca ayuda terapéutica.

Francisca tiene 52 años, casada con un exitoso empresario, dos hijas jóvenes. Mientras espera en el consultorio de un dentista conoce a Orlando de 20 años. Ella fue educada en una familia de mujeres, cuando niña muere el padre, siendo la hermana mayor cuida a sus dos hermanitas porque la madre se deprime profundamente. A los veinte conoce a su actual esposo, un hombre carente de afecto, encuentra en ella alguien dispuesto a consolarlo y protegerlo. Cuando se conoce con Orlando, había descubierto atisbos de infidelidad en su marido. Orlando se presenta como un muchacho apasionado y demandante de cuidados. Francisca lo ayuda al inicio con pequeñas cosas, le da dinero, lo orienta en sus estudios. Durante un año tienen encuentros furtivos, aunque ella afirma evitarlos termina en intensos encuentros sexuales. Le parece anormal estar con un joven de la edad de sus hijas, pero a pesar de los varios intentos por apartarse de él no lo consigue. Cuando el esposo empieza a sospechar, ella asume la ruptura con el muchacho. La hija mayor se hace amiga de Orlando sin saber la historia de su madre. Esto fue devastador para Francisca, porque su amante la chantajea. Para apartarse de su hija le pide un fuerte monto de dinero, Francisca se lo da. Orlando desaparece por el lapso de un año, pero vuelve y nuevamente retoman los encuentros prohibidos. Pasan los años, Orlando vive de Francisca. Ella busca ayuda porque tiene insomnio.

Natalia tiene 52 años, tiene una relación amorosa con Luis de 68 desde hace más de veinte años. Luis está casado, tiene cuatro hijos. Natalia entra en crisis cuando descubre que Luis ha tenido un bebé con una mujer joven. Es insostenible porque a los pocos años de iniciar su romance ella se embarazó y por imposición de él tuvo que abortar. La historia es de terror, el hombre la golpeaba y humillaba. Natalia proviene de una familia con un padre alcohólico que abusaba sexualmente de ella y su hermana, su madre se separó y se juntó con otra persona, dejando a sus hijas adolescentes solas. Natalia buscó refugio en una congregación de religiosas, no logró consagrarse porque se enamoró de un joven con quien tuvo una breve relación, se acabó porque él le fue infiel. Durante esa época intentó suicidarse, fue atendida en el hospital por Luis.

El matrimonio de Patricia se tornó muy aburrido, ella tiene 28 años y piensa que ha desperdiciado su juventud al casarse con Efraín de su misma edad. Se trata de un esposo abocado a su trabajo y sin ambiciones futuras. La presencia de su hijita de cuatro años ha detenido la decisión de separarse. Buscan terapia de pareja, y durante el proceso terapéutico ambos reconocen su insatisfacción marital, plantean darse un tiempo. Patricia ingresa a una fraternidad folclórica donde conoce a Tomás quien la deslumbra con atenciones y actividades atrevidas, inauditas para ella. Entusiasta se embarca en la relación. Tomás es la antítesis de Efraín: alegre, apasionado y tierno. A las dos semanas de conocerla le propone vivir con ella. Patricia rechaza el ofrecimiento. A partir de ese rechazo Tomás se convierte en alguien excesivamente persistente. Ella prefiere tomarlo como algo pasajero y continúa con la diversión, hasta que en una fiesta él se embriaga y la golpea brutalmente, rompiéndole una costilla y el tabique nasal. A pesar de la experiencia traumática, Patricia no pierde la esperanza y continúa con él. Hasta un evento mucho más dramático, él la cela en un ensayo de la fraternidad, enloquece golpeándola nuevamente, los amigos intervienen, se inmiscuye la policía…Patricia decide terminar con él.

Cinco son los aspectos vulnerables en las víctimas del psicópata seductor:
1. Necesidad de protección: se trata de personas carentes de amor en su infancia, enfrentaron situaciones estresantes (abuso sexual, maltrato físico, humillaciones, acoso escolar, etc.) sin recibir consuelo ni el afecto para sentirse seguras a pesar de la experiencia. O tuvieron que proteger a una madre deprimida y a hermanitos desamparados. Fácilmente son seducidas por un psicópata presentado como fuerte y protector.
2. Necesidad de reconocimiento: faltó la legitimidad de su identidad, aprendieron a vivir esperando la valoración que nunca les llegó. Su vida ha sido vivir frustraciones tras frustraciones. Algunas logran cierto nivel de éxito que jamás es suficiente porque desconocen la experiencia de agradecimiento. La seducción proviene de alguien adulador y aparentemente generoso ofreciendo alternativas de realización.
3. Necesidad de afianzamiento de la identidad sexual: no tienen referentes femeninos, buscan alguien para sentirse mujer, sin embargo al no conocer su feminidad piden algo imposible. Los seductores al reconocer su carencia promueven acciones y discursos dirigidos a valorar la feminidad.
4. Necesidad de identidad: quizás el grupo más vulnerable, se trata de mujeres angustiadas por el terror al abandono, sólo existen si se mimetizan en la relación con alguien, viven en el otro. El psicópata se apropia totalmente de estas mujeres, las usan y abusan porque saben que jamás los dejarán.
5. Necesidad de llenar el vacío ocasionado por una ruptura amorosa: si bien las anteriores mujeres pueden activar su apego inseguro a partir de una ruptura amorosa y caer en los brazos del vampiro, existen mujeres sin carencias infantiles que ante una pérdida ambigua gestada por una ruptura amorosa no son capaces de afrontar el proceso de duelo solas y buscan consuelo en un psicópata seductor, quien poco a poco se apodera de ella.

Cualquier mujer puede enamorarse de un psicópata, es más, se trata de hombres encantadores y seguros de sí definiéndose por personas muy atractivas. Sin embargo ante los embates incongruentes, se retiran de la relación. No así las mujeres vulnerables, quienes ante evidencias ineludibles de la inconveniencia de la relación continúan en ella, alentadas por la esperanza. ¿Cuáles son las acciones incongruentes?
Por ejemplo: sin conocerla el psicópata hace propuestas intempestivas: ir a vivir juntos, participar en un negocio, viajar, o cosas por el estilo. Es frecuente la propuesta de tener relaciones sexuales casi inmediatamente a los primeros encuentros, suele ir acompañada de “no haré nada si tú quieres”. Otra táctica es el alarde de sus logros, al detectar las carencias de la incauta, le cuentan maravillas sobre su vida, son grandes profesionales, exitosos empresarios, extraordinarios hijos y en algunos casos excelentes padres y esposos. En fin, usarán mentiras contadas como verdades hasta que son descubiertos en sus incongruencias. Las mujeres vulnerables, no pueden aceptar la disonancia, y aceptan explicaciones inauditas.

Veamos algunos ejemplos:
Claudia descubre que su pareja está casada, él al ser confrontado dice que no le contó para evitar su sufrimiento, su matrimonio está destrozado hace mucho tiempo, pero la esposa ruin no le da el divorcio.
Valeria descubre que su pareja no tiene la profesión que dice tener, él explica que tuvo problemas para validar su título, pues en Bolivia no existe la carrera que estudió en Finlandia y por lo tanto está demorando el trámite.
Alexandra descubre a su amante traficando con drogas, él explica que es la primera y última vez que lo hace pues necesita dinero para la operación de su madre. Sin embargo tiempo antes le contó a Alexandra que su madre vive en otro país. Al darse cuenta de su error, él dice que no le dijo la verdad para evitar su lástima.

En el libro de Isenberg es asombroso leer cómo varias de las mujeres enamoradas de asesinos defienden la inocencia de ellos a pesar de las evidencias tácitas sobre sus crímenes. Me impactó la historia de una mujer que establece una relación con Ted Bundy, el cruento psicópata asesino serial, según ella, Ted era un pobre individuo incomprendido, inocente de sus crímenes. Hasta el asesino payaso John Wayne Gacy estableció un vínculo amoroso desde la cárcel.
Desespera la estupidez de estas mujeres, su incapacidad para reflexionar y reconocer los riesgos. Nadie ni nada las conmueve, es una cerrazón inaudita. Sólo ante situaciones extremas pueden darse cuenta de dónde estuvieron metidas. Tal es la capacidad de manipulación de los psicópatas, hechizan, generan trances. Muchas veces sus víctimas intentaron romper la relación pero caen de nuevo, una y otra vez porque el vampiro secuestró su corazón.



[1] Puede adquirir el libro en: https://www.amazon.com/Women-Who-Love-Men-Kill/dp/0595003990
[2] El nombre y algunos datos han sido cambiados para proteger la identidad de mi paciente.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Actitud ética en Psicoterapia sistémica



Actitud ética en psicoterapia sistémica

Por: Dr. Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


Está claro que la ética no puede expresarse con palabras.
Ludvig Wittgenstein

El estudio de las actitudes es función de la Psicología Social, las define como la dirección del comportamiento, los sentimientos y los pensamientos hacia determinados objetos sociales. El ámbito donde más se las estudió es en política, por ejemplo, interesa conocerlas en relación a los partidos políticos y sus candidatos durante las elecciones. También ha sido de la incumbencia de esta área de la Psicología el análisis de los prejuicios, considerados como actitudes irracionales asentados en estereotipos. Sin embargo, se ha interesado muy poco en las actitudes en las relaciones terapéuticas, las actitudes de los terapeutas hacia los pacientes y viceversa.
La ética es campo de reflexión de la filosofía, puede ser entendida como la rama encargada de la crítica a la moral o como una decisión ante situaciones relacionadas con el bien y el mal. En esta segunda acepción es importante diferenciarla de la moralidad. La moral es la decisión ubicada en las normas sociales relativas a la socio historia de una cultura, determina el actuar, sentir y pensar correctos o incorrectos determinados por los mandatos arbitrarios de la sociedad a la cual pertenece la persona.
Una decisión es moralmente correcta o incorrecta si obedece a los principios establecidos por las normas y reglas sociales, usualmente ceñidas en el castigo. Las normas hacen referencia a  principios estipulados en documentos determinados por consenso y aprobadas por la institución reguladora. Las reglas son lineamientos fijados por acuerdos reconocidos como válidos pero que aún no se han instituido en un acuerdo escrito. Desde ese punto de vista un comportamiento puede ser moralmente correcto en una cultura e incorrecto en otra. Por ejemplo, en algunas culturas es correcta la ablación del clítoris en las núbiles, por lo tanto es un procedimiento obligatorio, mientras en otras sociedades se considera una práctica aberrante. Otro ejemplo, matar a un semejante es incorrecto, pero se convierte en correcto durante la guerra, al grado de considerarse un acto antipatriótico el rechazo a asesinar durante un combate, y puede ser sancionado con la muerte.
La ética es superlativa a la moral, es la elección entre el bien o el mal, a diferencia de la moral no responde a un código establecido por la normatividad, por lo tanto no es relativa a ninguna condición pre establecida, es absoluta. No necesariamente es racional. Durante el juicio moral las personas analizamos nuestra conducta en función a las reglas, reflexionamos sobre las consecuencias de nuestro accionar; mientras que en el juicio ético actuamos y después razonamos.
El comportamiento moral puede ser juzgado por los demás, el referente es si nos comportamos según los principios predeterminados o no. Durante un partido de fútbol el árbitro moralista evalúa las jugadas a partir de los parámetros definidos por los reglamentos establecidos por la FIFA. Veamos un ejemplo: Messi ha gambeteado a tres jugadores, queda solo frente al arquero y un defensor desesperado lo empuja, a pesar de ello el extraordinario jugador argentino continúa con la jugada…el árbitro rigorista sanciona la falta. La persona moralmente correcta sabe que actúo “bien” si compara su comportamiento con los dictámenes del reglamento. En la Universidad, un estudiante aprueba con 51, el profesor rigorista considerará 50,5 como correspondiente a reprobación.
Kohlberg propuso un modelo acerca del desarrollo de la moral, la evolución del juicio moral hace alusión a los sentimientos de miedo, responsabilidad y culpa. El niño decide su accionar correcto porque inicialmente teme el castigo, posteriormente lo hará pensando en su autoimagen, su miedo no será el castigo sino el dejar de ser querido, posteriormente habrá interiorizado las enseñanzas recibidas y si actúa en contra de ellas sentirá culpa. El conjunto de ese proceso, Kohlberg lo denominó pre convencional. Posteriormente, en la adolescencia se desarrolla la conciencia social, por lo tanto el juicio moral se hace reflexivo en función al cumplimiento de las normas y reglas sociales.
El juicio ético puede equipararse con la sexta etapa del desarrollo moral de Kohlberg, la última del estadio post convencional, articulada con la autoconciencia de los criterios utilizados para la consecuencia de su “juicio moral”. La persona de desliga de los referentes normativos al enfrentar dilemas éticos, su discernimiento deja de ser referencial, se hace consciente, como señaló Kierkegaard, la persona trasciende al contexto y autotrasciende porque debe abandonar sus intereses para propiciar el bienestar del otro.
Es interesante corroborar esta aproximación a las decisiones éticas con los estudios neuropsicológicos del juicio  moral. Las decisiones morales son procesadas a nivel de las regiones corticales, principalmente en la zona prefrontal obicular superior; mientras que las decisiones éticas son procesadas en regiones subcorticales como la ínsula y el cíngulo.
En la psicoterapia los dilemas éticos  son cotidianos, los terapeutas debemos tomar decisiones éticas en el momento de asumir una intervención. La terapia de pareja tiene sus orígenes en la solución de esos dilemas. Era común escuchar la versión de uno de los cónyuges sin conocer al otro, de tal modo que se trabajaba con la persona sin tener la panorámica completa. Usualmente al escuchar la versión de la pareja la anterior quedaba incongruente. Al tener a ambos cónyuges en las sesiones de terapia nos liberamos del sesgo que significa escuchar a solo uno de ellos.
Otra situación común se presenta cuando un hijo o hija en sesión individual enuncia un tema que lo pone en riesgo o arriesga a otras personas: ¿es pertinente informar de ello a los padres? La situación es compleja, no hay manera de estar seguros si lo que los pacientes nos dicen son verdades, parafraseando a Dr. House: “todos mienten”. La decisión la debemos tomar en la más profunda soledad, no existe un referente externo que nos diga lo conveniente. Además de hacer un cálculo de probabilidades tenemos que revisar nuestros principios morales y trascenderlos para actuar.
Todo mi quehacer como terapeuta se rige al principio de la benevolencia, esto es, hacer lo posible para no dañar. Sin embargo, no se trata solamente de no dañar al paciente, sino a las personas que interactúan con él o ella. El enfoque relacional sistémico nos obliga a ver más allá de la persona, lo cual es favorable para el respeto de quienes no están con el terapeuta en su consultorio.
La actitud ética, por lo tanto no está regida a los momentos de intervención solamente, sino a la relación establecida con las personas que asumen su papel de pacientes. Esa actitud es la dirección que toma nuestra valoración del otro, el sentido deberá siempre ser el bienestar, la dignidad y el respeto.
Debo contrastar mis creencias y valores con los de mis pacientes. Dilucidar sobre las coincidencias y diferencias. Reflexionar sobre la posibilidad de respetar las que la persona trae consigo. Si no es posible debido a colisiones entre sus creencias y valores con los míos, debo evitar hacerme cargo de los problemas que la persona trata de resolver con mi trabajo. No se trata de adoctrinar al otro en lo que yo considero como deben ser las cosas, es tener la capacidad de construir de manera conjunta una relación que no sea dañina ni para los pacientes ni para el terapeuta.
Desde esa perspectiva es importante que los pacientes conozcan mis creencias y posturas con la vida, los sustentos principales de mi actitud moral, afianzados como parte de mi ser y que no podrán ser puestos en el juego de la negociación. Caso contrario puedo caer en el error del adoctrinamiento en lugar de ayudar en el proceso de resolver problemas.
He seguido de cerca a colegas con vida consagrada, por supuesto que para ellos y ellas el trabajo terapéutico ha significado una crisis en su vocación religiosa. Algunos y algunas no lograron el equilibrio cuando se percataron en que las exigencias éticas de la psicoterapia sobrepasaban la posibilidad de sostenerse dentro de su estilo de vida. Dejaron la psicoterapia y se inclinaron hacia la consejería dentro de los marcos de su vida consagrada.
Alguna vez escuché que los terapeutas debemos ser “amorales”. Eso es imposible, puesto que nuestra condición humana nos obliga a definir nuestro accionar dentro de un sistema de valores, a su vez asentados en principios morales. Un terapeuta amoral es inconcebible, es más probable uno inmoral.
La actitud ética obliga a considerar válidos los sistemas morales de nuestros pacientes siempre y cuando no atenten contra el bienestar de las personas. No se trata de ubicarnos en una situación moral relativa a las singularidades, postura común en las visiones posmodernas, donde la maldad se asocia con la construcción social de realidades, entonces, el malvado es víctima de sus circunstancias socio históricas. Planteamiento por demás absurdo, anula el libre arbitrio, condenando a las víctimas por ser propiciadoras de los actos de sus agresores, en un afán de conciliar realidades.
Los razonamientos dialécticos apuran síntesis ajenas a las clases de análisis, presentándose como resultado de la lucha de contrarios, fomentando de esa manera actitudes contrarias al bienestar de las personas. No se trata de trascendencias, sino de inmanencias porque fomentan y justifican la violencia.
Sobre todo está la dignidad de las personas, independientemente a su sexo, edad y cultura. No está bien justificar el mal porque así es en determinada sociedad. Por ejemplo, no está bien que la mujer sea sometida en la cultura aymara o que se maltrate a los niños porque así nomás es. La trascendencia es el medio a través del cual el terapeuta o la terapeuta son capaces de cuestionar los sistemas morales y los juegos de vida.
Según la filosofía de Kierkegaard, la trascendencia es consecuencia de la angustia ante la libertad, el desbrozarse sobre el abismo de la nada, el vivir en la incertidumbre del absurdo. Darnos cuenta de que nuestro ser es a pesar de las circunstancias establecidas por el mundo. Unamumo contempla la existencia inerme ante la inminente muerte, vivimos en un sinsentido maquillado por las construcciones sociales de los logros personales en la vorágine de la competencia, como si al ser el mejor espantáramos a la muerte. La cruda contemplación de nuestra miseria ante la inmensidad del universo y la omnipotencia de Dios nos hace desesperar.
La desesperación es inevitable para la construcción de la vida de un(a) terapeuta. La angustia ante el sufrimiento de nuestros pacientes es inevitable. Sin embargo la actitud ética nos permite trascender, por lo que podemos ser irreverentes con las convenciones y juegos de la vida. Mantendremos la reverencia ante el sufrimiento y el dolor, la última capa que cubre la esencia humana común a todos.
El proceso más difícil al cual estamos obligados a someternos en nuestro oficio es la autotrascendencia. Concepto formulado por Viktor Frankl en la Logoterapia. Autotrascender es llegar más allá de uno mismo, es la búsqueda del sentido de la vida, salir de sí para encontrarse en el ser con los otros; cuando el otro se hace más importante que uno mismo. Es la base del amor, la posibilidad de entrega.
La psicoterapia se enmarca en el amor caritativo, es prestarnos a ayudar al otro entregándonos en plenitud. Estamos obligados a renovar nuestro conocimiento científico en relación a las técnicas eficientes para la solución de problemas asociados a los trastornos mentales, debemos estar prestos a reconocer nuestras limitaciones teóricas y técnicas, además de vislumbrar las resonancias en la atención de los pacientes para poder discriminar mi yo del otro en un vaivén permanente entre la empatía y la ecpatía.