domingo, 22 de agosto de 2010

SÍNDROME DE TAKOTSUBO: MORIR DE AMOR

Hasta que se me fue no he descubierto
todo lo que la quise;
yo creía quererla; no sabía
lo que es de amor morirse.
Era como algo mío entonces, era
costumbre..., que se dice...;
pero hoy soy suyo yo, soy de la muerte
a quien nadie resiste.
Miguel de Unamuno

“¡Me muero por ti!”, “me estoy muriendo de amor” y otras frases expresadas por amantes frustrados aparentaban ser las manifestaciones poéticas de corazones desesperados. Sin embargo, en 1990 se publica el artículo “Takotsubo-type cardiomyopathy dueto multivessel spasm” en el cual se describen los hallazgos de dos cardiólogos japoneses: Sato y Dote. Se trata de la descripción de varios pacientes diagnosticados inicialmente como portadores de un infarto del miocardio, sin embargo cuando llevan a cabo el estudio coronariográfico encuentran que no existe taponamiento de las vías vasculares coronarias, además de que durante la evolución del problema se resuelven las anomalías de la contractibilidad de los ventrículos . Estaban pues enfrentando un falso ataque cardíaco, al que denominaron “síndrome de Takotsubo”.
Los síntomas descritos por la Clínica Mayo son los siguientes:

 Alteraciones transitorias en la contractilidad ventricular izquierda (discinesia, acinesia o hipocinesia), con afectación apical o sin ella; extendiéndose más allá del territorio de una arteria coronaria determinada; ocasionalmente hay una situación estresante desencadenante, aunque no siempre.
 Ausencia de enfermedad coronaria obstructiva o evidencia angiográfica de rotura de placa aguda.
 Nuevas alteraciones electrocardiográficas (elevación del ST y/o inversión de la onda T) o elevación modesta de troponina.
 Ausencia de feocromocitoma o miocarditis.

A este tipo de afección del corazón se le ha denominado también “discinesia apical transitoria”, “síndrome del corazón roto” o “miocardiopatía del estrés”. Su incidencia es mayor en varones que en mujeres, la generalidad expresa un incidente estresante como precipitante del síndrome, dicho estrés se relaciona con la muerte de un ser querido, haber recibido malas noticias, discusiones, fiesta sorpresa, tormentas, hablar en público, problemas legales, accidentes de tránsito, despido, problemas económicos, apuestas y negocios, cambio de residencia . Los investigadores japoneses observaron la proliferación del síndrome después de los terremotos ocurridos en Japón .
David Alexander, del Centro de Investigación de Trauma en Aberdeen, Escocia afirmó en el 2008 que las experiencias emocionales traumáticas hacen probable la aparición de la cardiopatía de Takotsubo . Por su parte Naomi Eisenberger en la Universidad de California ha logrado establecer que la exclusión social ocasiona la activación de las mismas zonas cerebrales que se activan por el dolor físico , a saber: la corteza anterior del cíngulo.
Estos descubrimientos permiten aseverar que el dolor por la pérdida debe considerarse una consecuencia del estrés afectivo. El estrés es una respuesta fisiológica que se manifiesta principalmente por la tensión muscular como consecuencia de la sobrecarga de epinefrinas en el sistema nervioso. Estos neurotransmisores son segregados ante situaciones de alarma. Según los postulados cognitivos de Lazarus y Folkman , no es el estímulo amenazante propiamente dicho el que activa la respuesta de estrés, sino la atribución que le damos, por ello, un mismo estímulo puede ocasionar estrés en una persona y en otra no.
El estrés es la urgencia de huir de una situación desagradable y no poder hacerlo. Nuestro organismo ordena la huída a partir de la segregación de estimulantes neuronales (epinefrinas: adrenalina y noradrenalina), al no responder a la excitación, las glándulas suprarenales emiten cada vez más cantidades de estas sustancias, ocasionando con ello el riesgo de que ocurra un ataque al corazón, por lo que el sistema nervioso exige la regulación de la excitación para mantener la homeostasis.
Cuando los niveles de excitación alcanzan el umbral de tolerancia, se precipita la emisión de neurotransmisores catecolaminérgicos -principalmente la dopamina - con la finalidad de regularlos. La enzima monoamino oxidasa se encarga entonces de la regulación de la dopamina y cuando no es suficiente para la inhibición de las epinefrinas, el hipotálamo comanda a las glándulas suprarenales para que expelan cortisol (la hormona del estrés).
El enamoramiento es el estrés del deseo, puesto que ante el estímulo erótico nuestro organismo reacciona con la segregación de feniletilamina que activa la producción de testosterona (en el caso del varón) y oxitocina (en la mujer), preparando los cuerpos para la cópula. Sin embargo, como no es posible la consumación del deseo debido a los condicionantes culturales, debemos inhibirlo a partir de nuestro regulador cerebral más importante: el prefrontal.
Es probable que la inhibición del deseo se produzca con la segregación de vasopresina que nos dirigiría hacia la ternura, incrementando la exudación de oxitocina en ambos sexos. Sin embargo si la pasión es intensa, los niveles de dopamina no alcanzan para la inhibición del impulso sexual por lo que necesariamente tenemos que provocar cortisol, manifestándose por lo tanto la exuberante sensación del “enamoramiento” que conlleva, en sí misma la mezcla de sensaciones depresivas y obsesivas (por la desregulación de la serotonina) por una lado, y por el otro las intensas emociones de placer (producidas por la dopamina y los opiáceos), pero que no bastan cuando se experimenta la pérdida del ser amado, que desencadenará la sensación de dolor provocándose en el sistema nervioso la aparición del glutamato y de la sustancia P y endorfinas (sustancias que proliferan ante la percepción del dolor).
Por eso, amar duele, pero perder a quien amamos duele mucho más que el dolor. El vacío que dicen experimentar los amantes adoloridos es una manifestación de la carencia en el lenguaje de una palabra que pueda expresar la magnitud del sufrimiento que se está sintiendo.
El dolor de amor es el dolor más cruel que puede sentir un ser humano no solamente por los efectos físicos sino por que nos hunde en una profunda sensación de soledad y desesperanza. Ocurre cuando aquella persona que amamos se marcha (muere o rompe con nosotros) o no nos acepta. Si el mundo al conocerla se llenó de luz y nada más que su cercanía nos importaba, cuando no está todo se oscurece, nada tiene sentido.
Se trata de una pérdida ambigua , existe la sensación de pérdida pero no el objeto para enterrar. A la depresión se añade la esperanza y el deseo frustrado. El suicidio o el asesinato pueden rondar en la mente del amante, la desesperación se asocia con la soledad y el sinsentido de la vida. Todo parece recordarnos a quien ya no está.
El sistema inmunológico se ve afectado por las alteraciones de las funciones biológicas, principalmente el sueño y el hambre. Al bajar las defensas nuestro organismo se hace más vulnerable a las infecciones, por lo que no es raro que al estado de ánimo alterado se sume una enfermedad.
Es común que los amigos bienintencionados planteen alternativas de distracción para apaciguar el dolor, entre ellas está el alcohol que no solamente será una mala idea sino que producirá el incremento de la depresión.
La persona se sitúa al borde del síndrome de Takotsubo cuando se incrementa la desesperación, hasta que literalmente puede morir de amor. Son frecuentes las historias de viudas y viudos que ante la ausencia del ser amado “se dejaron morir”, ahora ante el estudio de Sato y Dote es factible achacar esas muertes a los intempestivos cambios en el sistema circulatorio de los amantes.
¿Qué hacer? Lo trágico es que la única persona que puede comprender el dolor del amante es justamente la persona que se fue. Nadie por lo tanto podrá ponerse en sus zapatos. Cada relación de pareja es única y por lo tanto incomprensible para los observadores. Lo peor que se puede hacer es suponer que unas palabras de consuelo servirán para aliviar su dolor. Lo mejor es callar y acompañar sin juzgar. El silencio del otro puede ser el mejor refugio del dolor.
La mente está agobiada por los recuerdos y la culpa, es inadmisible el reproche y la lúcida solución que el otro puede ofrecer, se necesita tiempo y cada quien tiene un ritmo particular además que dependerá de cuánto duró la relación y cuán intensa fue. Es ese paréntesis entre la finalización del vínculo y el vislumbrar de nuevo la vida donde se corre más riesgo de deprimirse o de sufrir una miocardiopatía. Se debe tomar en cuenta que lo peor es introducir a la persona a situaciones de estrés que incrementen el que ya trae consigo.
Se necesita buscar espacio y tiempo para nuestra tristeza y nuestra rabia: las dos emociones cómplices que rodean al dolor, no queda más que afrontar la pérdida sin buscar explicaciones, porque el amor no responde a la lógica sino a los irracionales avatares del corazón. Faltarán las palabras y las ideas, por lo que la angustia fácilmente se hace protagonista ante las dudas. Es justamente el hundirse en el vacío y el silencio que permitirá que se pueda exprimir hasta la última gota de dolor.
Sólo cuando se toca fondo se puede ansiar por la luz, dejarse caer mientras nos rodea el infinito océano de nuestras lágrimas permite que nuestra alma flote y no se ahogue. La rabia y el dolor se envolverán alrededor del sufrimiento hasta que no quede nada más que el vacío que nos obliga a volvernos a llenar.
Detener el proceso ocasiona la imposibilidad del adiós, entonces nos mantenemos en la depresión, en la rabia y en la esperanza, sin comprender que se tienen que encontrar y que su finalidad es desaparecer para que podamos renacer.
La angustia es esa mezcla inaudita de emociones dispares, puede ayudar el darle un sentido a través del arte (poesía, música, etc.), porque necesitamos nombrar al inaudito dolor, caso contrario dejamos de vivir y nos convertimos en unas personas irascibles. Los demás no tienen la culpa por lo que no tenemos derecho a embadurnarlos con nuestra miseria. Hay que cerrar los ojos primero para mirarnos por dentro, aceptar la soledad y volver a abrirlos para seguir viviendo.
El callar nos hace daño, nos produce ansiedad y nos lleva a romper el corazón de manera literal. Si quien nos consuela sabe escuchar, entonces lo que debemos hacer es hablar aunque las cosas que diga sean vergonzosas o irracionales. Necesitamos reorganizar nuestra historia, reconocer nuestros errores y admitir que el otro no nos ama o que no vale la pena amarlo. La vida continuará indefectiblemente a pesar de nuestro dolor, por lo que está bien haber bajado en la estación de la pérdida, pero es hora de subir de nuevo al tren.
Referencias
Sato H, Tateishi H, Uchida T. (1990) Takotsubo-type cardiomyopathy dueto multivessel spasm. En: Kodama K, Haze K, Hon M, editors. Clinical Aspect of Myocardial Injury: From Ischemia to Heart Failure. Tokyo:
Kagakuhyouronsya. p. 56-64.
Núñez, I., Méndez, M.L., García-Rubira, J. (2009) Cardiopatía de estrés o síndrome de Tako-Tsubo: conceptos actuales. En: Revista Argentina de Cardiología. Nº 77, p. 218-223.
Núñez, I., Méndez, M.L., García-Rubira, J. (ob. cit.) p. 219
Ob.cit. p. 220
Watanabe, H., Kodama, M, Okura, Y., Aizawa, Y., Tanabe N., Chinushi, M. y col. (2005) Impact of earthquakes on Takotsubo cardiomyopathy. JAMA 2005;294:305-7.
BBC News (2008) How emotional pain can really hurt. Disponible en: http://news.bbc.co.uk/2/hi/health/7512107.stm
Eisenberger, N.I., Lieberman, M.D. Williams, K.D. (2003) Does Rejection Hurt? An fMRI Study of Social Exclusion. En: Science: Vol. 302. No. 5643, p. 290 - 292
Lazarus, R., Folkman, S. (1986). Estrés y procesos cognitivos. Barcelona: Martínez-Roca.
Bahena, R., Flores, G., Arias, J. (2000) Dopamina: síntesis, liberación y receptores en el Sistema Nervioso Central. En: Revista Biomédica. Nº 11, p. 39-60.
Boss, P. (2001) La pérdida ambigua: cómo vivir con un duelo no terminado. Barcelona: Gedisa.

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