miércoles, 9 de marzo de 2016

Al irme de casa…lo perdí todo…



Al irme de casa…lo perdí todo…
Por: Dr. Bismarck Pinto Tapia, PhD

Bendito es el hombre
que oye muchas voces tiernas llamándolo padre.
Lydia M. Child


Hace algunos años, un paciente me dijo: “después de firmar el acuerdo transaccional de mi divorcio, salí del juzgado sin entender mi tristeza. Cuando me percaté…cada paso me alejaba kilómetros de mis hijos”.

Separarse de la esposa es al mismo tiempo alejarse de los hijos, no es posible el divorcio exclusivo del lazo romántico, el divorcio como el amor, no se contenta con poco, exige la ruptura con todo. El sufrimiento no se ciñe únicamente con la mujer que se deja, sino se expande a los hijos y al hombre que se va. Son sufrimientos profundos, sin nombres. Es un duelo sin muerte, algo se ha perdido pero no es posible identificarlo. Además, acontece mucho después de la ruptura, a veces años después.
Es cierto, el amor puede desvanecerse como un fueguito, tal como lo expresa Matilde Casazola. También puede ocurrir la imposibilidad de la convivencia. Las personas tenemos derecho a dejar de amar. Sin embargo el dolor puede consumir al espíritu más férreo; si no es el dolor, lo será el odio desmesurado de la persona desechada, o lo peor: la angustia de los hijos.

Durante el proceso de la ruptura, el entusiasmo por la decisión tomada y la novedad de una vida sin las presiones del mal matrimonio, pueden ocultar la visión del futuro. Las prisas, la falta de diálogo, la rabia inmersa en la relación conyugal, suelen ser factores inconvenientes para prever las consecuencias. La persona no piensa en el afrontamiento del cambio de las relaciones con la familia ni las complejidades del proceso de adaptación a un nuevo estilo de vida.

Si un día decidimos casarnos es porque ambos pensamos que era lo mejor para nuestra relación. Era la hora de convivir y poner a prueba la fortaleza de nuestros lazos. Seguramente pasamos cosas lindas y momentos difíciles, invertimos lo mejor que pudimos cada uno de nosotros. Al romper nuestro matrimonio se presenta una brisa de nostalgia por lo que fuimos, y una sensación trágica por lo que no pudimos ser. Tristeza y frustración son los sentimientos hacia el matrimonio fallido.

Es difícil discriminar el duelo por la muerte del matrimonio de la separación de quien un día amamos. Esa persona ahora puede ser objeto de odio y resentimiento. Odio porque no supo amarme y resentimiento porque no luchó por mí. A ello se suma la incertidumbre por no estar seguro de haber tomado la mejor decisión, ¿cómo saberlo? Quizás esté equivocado, quizás no…imposible tener certeza. 

Luchan como perras hambrientas la esperanza y la desesperanza, a veces gana una, a veces la otra. Rumiamos pensamientos y recuerdos para asentar la medida tomada, sobrevienen estados de paz, seguidos por otros de desesperación.

La gente se distribuye en tres bandos, los que apoya el divorcio, quienes lo invalidan y los indiferentes. Lo mejor es reconocer que nadie puede ponerse en nuestro lugar, la única persona capaz de hacerlo es ella, pero no está. A veces las peores personas para consolarnos son  nuestros padres, ellos han sido testigos parciales, no conocen todo, no comprenden nada. 

Es una soledad insoportable, quizás la peor de las soledades. Habrá quienes nos acusen de ser los responsables por la muerte de la familia, algunos amigos nos desilusionarán, otros, al contrario nos acompañarán en silencio, sin comprender, pero con la actitud que necesitamos: simplemente estar ahí.
Los fines de semana y los feriados se convierten en un tormento, extrañamos las risas de nuestros hijos, la alegría de los juegos y los encuentros en los almuerzos, en fin…extrañamos la rutina con nuestra familia, y también con ella. La cama yace fría, nuestra casa, ahora tuya…tan lejana.

Habrá quienes prefieran cerrar los ojos involucrándose con otra mujer o recuperando la adolescencia. Se trata de momentos de ocultamiento del dolor: farras, sexo, alcohol. Cuando pasa, de pronto se siente la inmersión en la oscuridad. 

Si el divorcio es difícil, tenemos que enfrentar las arremetidas de ella. Una vez escuché a una esposa despechada decir: “¡no descansaré hasta verlo en la calle!”.

La lucha encarnizada pasa por encima de los hijos, se los aplasta, ignora o utiliza. Sufren una experiencia de abandono e impotencia, muchas veces incomprensibles, repercutiendo en la formación de su identidad y en la definición de su futuro amoroso.

Los abogados, carecen del conocimiento de los procesos psicológicos involucrados en la experiencia del divorcio, pueden añadir mayores conflictos a la situación: ahondan el odio, promueven la venganza, desvían la atención hacia los problemas económicos. En el afán de ayudar, desbaratan las pocas posibilidades de reconciliación. Por otra parte, psicólogos sin formación en la comprensión de las relaciones conyugales, pueden alentar la esperanza, revivificar ingenuamente los sentimientos amorosos cuando el problema es la convivencia, estropear el proceso de duelo en los hijos. El cuadro se complica porque la visión está puesta en la decisión y no en los procesos emocionales ni en la reestructuración de la familia ante la ausencia del padre. Da la impresión que todo acabará cuando salga la sentencia del divorcio.

No es así, no se trata de un asunto legal, es un tema psicológico. Muy poco se habla sobre el divorcio emocional, todo se centra en la disolución legal del matrimonio. ¡Vaya estupidez! No es posible el divorcio cuando hay hijos de por medio. ¡Papá dejó de ser esposo, pero sigue siendo papá!
La esposa debe discriminar sus sentimientos de desolación, desencanto, furia y tristeza que dirige hacia su esposo de los personales, individuales, singulares de sus hijos hacia papá. Son dos personas diferentes, el esposo chambón y el padre, puede ser bueno o malo, eso lo definen los hijos.
A propósito, me viene a la mente un pequeño de ocho años, me dijo: “¡qué bueno que mis papás se divorciaron!, ¡ahora sí tengo un papá de verdad!”. Curiosamente, algunos padres al salir de casa se convierten en padres amorosos, siempre y cuando sea un cariño legítimo y no parte de la estrategia para vengarse de la esposa: “mira qué padre buenazo soy…”. En ese caso es fingir querer a los pequeños para indirectamente descalificar a la madre. ¡No! El amor a los hijos debe estar exento de los sentimientos hacia la mujer desechada.

Los sentimientos con los hijos no dependen únicamente de los sentimientos del padre, él los puede amar, pero los hijos tienen derecho a odiarlo. Debemos diferenciar los afectos legítimos de nuestros hijos de los afectos de nuestra esposa. No necesariamente ella los induce a odiarnos, ellos son autónomos no son prolongaciones de mamá, poseen sus teorías sobre la separación y reaccionan de acuerdo a ellas. Además fueron protagonistas durante la muerte de la familia. Papá debe comprender esos sentimientos sin achacarlos a la madre. Debe ocuparse de la relación con sus hijos para reconstruir los vínculos. Algunas veces, lo siento…no es posible, el corazón de algún hijo puede resistirse al amor del padre, y amarlo es aceptar esa resistencia…comprende…lo que hiciste también le lastimó.

Es tan estúpido, pero frecuente, el pensar y sentir por el otro. Asegurar sus sentimientos y pensamientos como si fuéramos adivinos. Decir que ella siente esto, piensa aquello, sin reparar que son hipótesis, posibles explicaciones. Por ejemplo: “ella me ama…por eso….”, un ratito, no lo puedes saber, es una especulación sobre la mente de alguien que no es quien pensabas que era, o sea…todo mal. Es gastar energía, es perder el tiempo, es latiguearse sin motivo. De lo único que puedes hacerte cargo es de ti mismo, de ella…que se haga cargo ella. Acéptalo: ¡ella no está porque la dejaste! Así como tú te encuentras en la soledad inconmensurable, ella está en la suya. Deja que ella lleve su duelo, asume el tuyo. Respeta su espacio, sus decisiones, su manera de amar a tus hijos. No es la misma forma, no lo es porque si así fuera seguirían juntos. ¡Sácate esa mujer de tu cabeza y de tu corazón! Déjala partir.

El sufrimiento tomará su tiempo, es un sentimiento noble, intenta por todos los medios de reparar la ausencia. Recomponer la nueva familia (tú y tus hijos) lleva tiempo, necesitas reconciliarte contigo mismo para sanar las heridas de tus retoños. Lo mismo ellos, no pueden abrir sus brazos así nomás, requieren liberarse de las penurias ocasionadas por el matrimonio. Por supuesto eres responsable de ellas, como lo es ella. Reconoce lo hecho, entiende la imposibilidad de no afectarlos.
La infidelidad no es el motivo por el cual termina un matrimonio, es consecuencia de una crisis personal insostenible. Para involucrarnos afectivamente con alguien, necesitamos terminar con la mujer oficial. Muchas veces el amor estaba muerto cuando apareció la otra persona, nunca la otra persona es la responsable de la ruptura del casamiento. La persona responsable es uno, permitiste el ingreso de ella en tu vida, seguramente sopesaste las consecuencias y por ende, las debes asumir. La más dolorosa es la decepción ante tus hijos, a veces la peor experiencia de sus vidas: ¡papá mi ídolo es un cochino! 

Podrás decir que no fue tu intención, quizás tengas razón, pero ellos interpretaron lo que hiciste como una traición hacia la familia, hacia su madre y hacia ellos. Por eso te odian, por eso no pueden abrir sus brazos. No pidas que acepten a tu nueva pareja, aunque la conozcan, el problema no es ella, es lo que tú hiciste. No estuvo bien, no hay justificativo, convivías con la madre de tus hijos, no solamente con la mujer que dejaste de querer.

Los adultos debemos ponernos los zapatitos de nuestros hijos, lo sé, aprietan, lastiman, porque es duro ser niño y no poder hacer nada por papá y mamá a quienes amamos. Ellos saben que es un problema de pareja, no pasa por ahí su dolor. Es un dolor causado por ti, eso les duele, la desilusión: papá se va… Algunos pequeñines racionalizan llegando a la conclusión: papá se fue por mí. Una pequeñita de cuatro años, me decía: “papá se fue porque no me quiere. No me quiere porque no tomo la sopa”. ¿Te das cuenta? Esa niña necesitaba de un padre que le aclare la situación: “hijita, me fui porque dejé de amar a tu mamá…pero al dejarla tenía que dejarte también a ti”. Esa es la verdad, punzante, inevitable, por supuesto sufrirá, más mientras más la amas…

Al irme lo perdí todo. Así es, por más decisión acertada, todos sufrirán, todos, incluyendo a las familias de origen, y aunque parezca pueril, también las mascotas.

La tarea es volver a estructurar la relación con los hijos, asumiendo la ruptura amorosa con la esposa. Se trata de considerar la construcción de una nueva familia: yo y mis hijos. Aceptar la existencia de otra familia: ella y sus hijos. Si bien, será imposible evitar el diálogo con ella como madre, eso no debe implicar la intromisión de uno y de otro en los lazos amorosos con los hijos. La comunicación versará sobre la información necesaria sobre el bienestar de ellos, pero no sobre las formas de querernos.

La situación es mucho más compleja cuando ella o él han establecido un nuevo lazo amoroso. Lo pertinente sería esperar a que el dolor y la crisis amainen antes de involucrarse en una nueva historia de amor. Las razones no solamente se circunscriben en el ámbito del proceso de duelo, sino en el proceso de la ruptura familiar. Por una parte, los hijos requieren asimilar las consecuencias del divorcio, por otro, adaptarse a las dos familias emergentes. La presencia de una persona desconocida, puede derivar en un torbellino emocional, asociado al miedo de perder para siempre al padre o a la madre. Más aún si la pareja recién llegada, en su afán de hacer las cosas bien, trata de inmiscuirse en la relación entre los hijos y sus padres. Acontece que ahora no son dos familias, sino tres, y en algunos casos cuatro.

La soledad lastima, más a los varones, no estamos entrenados para vivir solos, no hago referencia a la soledad física, sino a la psicológica. Es frecuente entre mis colegas de género, formar un enlace amoroso durante el proceso de ruptura, una especie de contención de las emociones devastadoras del duelo. Muerto el amor, puede mantenerse el matrimonio basado en el compromiso, durante ese tiempo de aflicción nuestro corazón queda vulnerable, por lo tanto, fácilmente podemos enamorarnos de cualquier persona que prodigue consuelo o diversión. Curiosamente, cuando la esposa descubre el affaire, propone el divorcio como su efecto; en realidad, el amor murió antes.

Las personas opinan porque tienen boca, nadie podrá juzgarte en la medida correcta, cada quien verá en ti una oportunidad para contrastar su propia vida. Peor aún, el peor juez de ti mismo eres tú. Tuviste que mentirte para sobrellevar las contradicciones de tu decisión, seguro se dieron circunstancias insondables sobre las cuales tejiste explicaciones lógicas pero no necesariamente reales. El resultado es una construcción personal sobre los hechos, distinta a la versión de tu esposa, quien por su parte hizo exactamente lo mismo: mentirse y llenar vacíos con explicaciones plausibles.
No deja de sorprenderme la tenacidad de las convicciones en los procesos de divorcio, él seguro de ser el bueno, ella segura de lo contrario, y viceversa. Los discursos convencen a los seres queridos, lo cual gesta batallas infernales entre familias y amigos,  mientras los hijos al medio escuchan impasibles las denigraciones hacia sus padres. En resumen, lo visible de hoy impide la comprensión de la historia conyugal, ambos y ninguno tiene la razón. Las disonancias cognitivas pululan en cada uno de los miembros de la pareja, las actitudes contradicen a sus creencias, por lo tanto racionalizan para justificarlas, perdiéndose en la búsqueda de concordancias lógicas, amarrando sus emociones a ellas, postergando la resolución del duelo.

No hay razones, pasó porque pasó. El amor se esfumó, eso es todo, la rabia y el dolor pretenden ocupar su lugar, lo pueden hacer con facilidad en el afán de buscar culpables, escondiendo el vacío cubierto de esperanza. Muchos pacientes hacen alusión a la semejanza de estar en un pozo y el temor de tocar fondo. Es que no hay fondo, es un abismo infinito, por eso al creer que todo pasó, surgen nuevas crisis, algunos prefieren cerrar el pozo, otros se aferran a las raíces colgantes, estancándose para siempre. 

La solución consiste en dejarse llevar por el vacío, traspasando la esperanza después de asumir al odio y al dolor, odio porque no me ayudaste, dolor porque te perdí. Así es, volver a los instantes de mi vida antes de conocerte, retomar las cosas pendientes, caminar solo. Hundirme en el vacío, aprender a vivir con él, aceptar que nadie puede llenarlo, es mi vacío, el que anuncia la urgencia de encontrarme a mí mismo para volver a buscarme. En el trayecto hacer todo lo posible para ser un ejemplo para mis hijos, para dejarles recuerdos de este padre, quien a pesar de todo, inclusive de sí mismo, nunca, nunca dejó de amarlos.

4 comentarios:

Lisett dijo...

Un aplauso y agradecimiento me a dado claves para abarcar correctamente el tema a futuro y e caído en cuenta de algunos puntos relacionados a mi vida familiar

Juan Rene Quintanilla dijo...

Muy buen analisis Bismark, mando enlace a toda mi familia, gracias por tus esfuerzos sobre el amor.

Anónimo dijo...

Estimado escritor, es muy interesante su nota, sin embargo, en mi caso, el divorcio ha sido una una experiencia grata, he cortado de raíz una relación tóxica con mi expareja, ahora nuestro es mejor porque llevamos muy bien nuestros roles de padres, mis hijos tienen tiempo de calidad.... etc, en lo personal he podido recomenzar varios proyectos gracias a mi nuevo status. Sin duda, hay algunas complicaciones de inicio...... pero el divorcio es como el matrimonio.... hay que ponerle ganas a ambos..... saludos

DIVORCIADO dijo...

Muy buen articulo, real, cierto y certero.