martes, 6 de junio de 2017

La función de la mascota en la familia



Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


Podemos juzgar el corazón de un hombre según trata a los animales.
                                                                                                                          Immanuel Kant

Andrés[1] de 32 años, asiste a mi consulta debido a un duelo complicado relacionado con la muerte de su perrita Lulú, una snauzer de tres años, murió atropellada por un automóvil mientras él se distrajo por un momento. La experiencia derivó en un trastorno de estrés agudo y una profunda tristeza.
Fabiola de 24 años, su familia vive en otra ciudad, se quedó en La Paz para estudiar. Tuvo una ruptura amorosa con mucho sufrimiento, enamoraba con su novio hacia seis años y de un momento a otro el muchacho decidió terminar la relación sin dar explicaciones racionales. A partir de ese momento, ella decidió evitar involucrarse amorosamente, centrando su vida en la crianza de su gata Ágata. Juega, duerme y almuerza con ella.
Patricio y Gisela son una pareja joven, conviven hace dos años, tienen dos perros criollos (chapis), los consideran sus hijos, los tratan como tales, me buscan debido a que están esperando un bebé y les preocupa sobremanera el destino de sus canes.
Orlando y Antonella me buscan para que los ayude en su proceso de divorcio, uno de los problemas más álgidos es el destino de Coco, un loro que han tratado como parte importante de la familia, Antonella ha propuesto quedarse con él, sugerencia rechazada tácitamente por su esposo, quien ha planteado el sacrificio del animalito.
Estos y otros casos son ejemplos de la importancia de las mascotas en la familia. Los terapeutas sistémicos hemos sido los primeros en reconocer la importancia de las mascotas en la vida familiar.
En una reciente encuesta elaborada con Percy Medrano que apliqué a 2522 personas, el 99% considera a la mascota como parte de la familia, 53% la percibe como un hijo, 30% como compañero, 11% amigo y el 6% la ve como un animal.
Los japoneses utilizan la palabra aigandôbutsu (animales para amar y jugar)[2], sintetizando de esa manera la principal función de la mascota: un receptáculo de amor. Esta noción explica la entrañable relación que algunas personas establecen con sus animales. Se trata de definirlo como un recipiente de afecto. De ahí que ante una pérdida las personas tiendan a afanarse más en el cuidado de sus mascotas
Facundo Cabral decía que el amor es como un fuego, si no lo entregamos termina por consumirnos. Es lo que ocurre con el amor a las mascotas. Un ejemplo es lo que ocurre con aquellas parejas cuando asumen a su animal como a un hijo, hasta que tienen un bebé humano. Lo usual es el desplazamiento del bichito para dar lugar al niño.
El eje central de la efectividad de la Terapia Asistida por Animales se encuentra en darle sentido a la persona a través del cuidado de un animal, éste se instituye en el canal de expresión amorosa[3]. Winnicott propuso la teoría del objeto transicional para referirse al objeto que permite la separación afectiva de la madre. Se trata de la presencia de un objeto para facilitar los procesos de pérdida[4].
Triebenbacher (1988) define a la mascota como un objeto transicional[5], demuestra que el afecto del niño hacia su animalito condiciona un desarrollo emocional más adaptativo que en aquellos sin mascotas. Su estudio comprendió a 94 niños y 80 niñas, identificó la consideración de la mascota como amigo y miembro de la familia, además de verificar una mayor capacidad de socialización y soporte emocional en comparación a los niños y niñas sin mascotas. La explicación dada se centra en la idea de la transferencia afectiva generada por la mascota, confirmando la teoría de Winnicott en relación a la importancia del sostén emocional otorgado por los objetos asociados a las figuras de protección.
Por su parte Beck y Madresh encontraron relación entre el amor a los animales y el apego[6], las personas tienden a considerar que sus mascotas les ofrecen felicidad y bienestar, además sienten cariño por ellas, cuando enferman o mueren les afecta como si se tratase de un lazo con una persona significativa. Estos aspectos coinciden con los resultados de nuestra encuesta, el 99% de los encuestados atribuye sentimientos a sus animales de compañía, el mismo porcentaje discurre que reciben afecto por parte de ellos, el 93% se preocupa cuando su mascota enferma y el 95% afirma que su muerte la vive como un proceso de duelo similar a la pérdida de  un ser querido.
La investigación sobre el apego y los animales de compañía se ha realizado utilizando principalmente la Pet Attachment Scale, desarrollada por Albert y Bulcroft[7]. Es una escala con el fin de evaluar la vinculación emocional con las mascotas, comprende doce ítems, por ejemplo: “me siento cercano a mi mascota como si fuese un amigo”, “mi mascota me hace sentir querido”.
Otra escala utilizada en el estudio de las relaciones entre el dueño y su mascota es la Anthropomorphism Scale Interview, creada por Albert y Bulcroft, resultante de la tendencia de atribuir características humanas a los animales. La tendencia se incrementa durante las rupturas amorosas y el divorcio; es más probable en solteros que en casados y mucho mayor la posibilidad durante la viudez. Ocurre con mayor frecuencia en personas que tienen más de dos hijos que en aquellas sin hijos.
El amor a las mascotas es relativo al momento del ciclo vital de la familia, será mayor cuando se asocia con pérdidas y menor con la llegada de un hijo. Las madres suelen manifestar culpa cuando nace su bebé al tener que postergar el cuidado del animalito. Durante los procesos de duelo el bichito se establece como un sustituto afectivo, coincidiendo con la idea de la palabra japonesa aigandôbutsu.
El ingreso de un animalito a la familia, modifica la estructura de la familia. Power investigó los procesos de adaptación a la familia por parte de los perros, planteando la existencia de familias más que humanas, siendo aquellas que se esfuerzan para ajustar sus expectativas a las características de su animal para lograr su inclusión al sistema familiar[8]. La presencia del perrito modifica la dinámica familiar debido a la interacción de cada miembro de la familia con el animal.
Para los niños la mascota es un compañero de juegos, mientras que para los adolescentes se asocia con un vínculo de amistad, protección y mediador en su vida social[9]. En las familias disfuncionales, la mascota juega un papel decisivo en la protección y en la resiliencia de los hijos[10].
Es interesante el resultado encontrado por Cain[11], quien verificó la participación de los animales en los juegos familiares. Dicha participación puede ser como pacificador cuando se presentan peleas, distractor al llamar la atención ante situaciones de crisis, apegarse al miembro de la familia más enojado o depresivo, actuar con ternura para disminuir la rabia o el estrés, aparición ante la manifestación de tensiones y finalmente, el animal hace cosas extrañas, ajenas a su forma de ser como llamadas de atención hacia problemas de la familia.
En el estudio que realicé el 95% de la muestra expresa que la muerte de su mascota la vive como una experiencia de duelo. Moreno ha estudiado el proceso de duelo ante la muerte de un animal de compañía[12]. La intensidad del duelo está en relación al significado del vínculo entre el humano y su animalito, a mayor implicación afectiva más doloroso será el proceso de duelo, por ello es posible afirmar la existencia de semejanza entre la muerte de una mascota y la de un humano querido. El tiempo de duelo oscila entre seis meses y un año con un promedio de diez meses. En algunos casos inclusive se puede producir una incapacidad emocional afectando la vida normal de la persona, en otros la sensación llega a ser de pérdida de sentido o de que algo dentro que había muerto.
Adams, Bonnet y Meek[13], detectaron que el 50% de las personas de su muestra, consideraban que la sociedad no valoraba el significado de su pérdida, señalando que la gente considera a la mascota como algo reemplazable sin considerar el vínculo creado. Para estudiar el impacto de la pérdida de una mascota se debe comprender el vínculo afectivo creado entre el humano y su animal de compañía. Indudablemente el apego produce la sensación de seguridad y bienestar en el humano debido a que la relación con el animal produce sentimientos de aceptación y amor incondicional[14].
La experiencia de duelo por la muerte de la mascota suele ser más intensa en los niños, sobre todo si estos pertenecen a una familia pequeña o en aquella donde los padres están ausentes la mayor parte del tiempo, por lo que suele establecerse un lazo muy significativo. Los pequeños consideran que su mascota está siempre disponible para ser escuchados y pueden sentirse acompañados, el animal no los juzga ni critica, los niños suelen calificarlo como su mejor amigo[15]. Fudin y Cohen encontraron que el impacto de la pérdida se relaciona con el nivel de apego del niño hacia el animalito, la capacidad cognitiva de comprender la muerte, las circunstancias de la muerte y el apoyo afectivo que reciba[16]. Cabe señalar que la pérdida afecta más a las niñas que a los niños[17]. Ha quedado demostrada la disminución del estrés en los niños gracias a la interacción con la mascota[18], su muerte conlleva a la reaparición del estrés.
La relación con un animal es muy beneficiosa para los ancianos, quienes han experimentado varias pérdidas, por lo que la mascota permite la canalización de los afectos además de otorgarle al anciano sentido a su existencia, ayuda a mitigar la soledad y el aislamiento social[19], un perro o un gato obliga a responsabilizarse por su bienestar, el anciano abandona su depresión porque siente que es necesitado[20] Por ello se establecen vínculos significativos los cuales determinan la intensidad del duelo cuando fallece el animalito. Siegel encontró que los ancianos dedicados a cuidar una mascota fueron menos veces al médico y experimentaban menos episodios de depresión en comparación con aquellos sin mascota[21].
La familia se ve afectada por la pérdida porque la mascota daba alegría y fomentaba el desarrollo de rutinas asociadas con su presencia[22], se produce un cambio en la organización familiar al alterarse los lazos en ausencia del animal.
Es interesante el hallazgo de Simmons y Lehmann, en un estudio con 1283 mujeres víctimas de violencia, el maltrato a los animales por parte del agresor se correlacionaba positivamente con la violencia ejercida por sus parejas; así mismo, la presencia de buenos tratos a los animales se asocia con el respeto y la ausencia de violencia en las familias, es posible afirmar que el la crueldad con los animales se relaciona positivamente con la violencia ejercida contra miembros de la familia[23]
El apoyo durante el proceso de duelo por la muerte de una mascota debería ser realizado por el veterinario, quien conoce la historia de la relación. Es más, cuando realiza la eutanasia debe comprender el dolor en la familia del animalito, asesorar a las personas involucradas, principalmente a los niños. Debe decidir si es pertinente o no la presencia de los miembros de la familia durante el procedimiento, si es mejor hacerlo en la casa de la familia o en el consultorio. En un estudio al respecto se detectó que el 14% de los clientes deciden cambiar de veterinario, el factor común fue que la actitud insensible define la ruptura con el profesional[24]. La presencia de sentimientos de culpa después de la eutanasia es frecuente cuando el profesional no ha sabido explicar con precisión los motivos racionales para su procedimiento.
Huelga decir que la crianza de animales de compañía otorga bienestar en la vida de las personas, además Mentzel y Rubun han demostrados los efectos positivos en la prevención y recuperación de la salud física y mental[25]. Las personas con mascotas son menos propensas a la depresión y a los estados de angustia, son más generosas y extravertidas que las personas que no tienen animales de compañía[26]. Las personas con mascotas cuidan más de su salud y se adhieren mejor a los tratamientos médicos. Es interesante personas con diabetes, cuando se producía hipoglucemia, sus perros aullaban y se ponían nerviosos[27].
La mascota es un miembro de la familia, como tal ocupa un lugar, cumple la función de ser receptáculo de amor, por ello ayuda en los procesos de transición durante el ciclo vital familiar, también se instala como un adecuado vehículo de reparación de pérdidas además de coadyuvar en los procesos de adaptación de la familia. El amor que nos prodigan es silencioso e incondicional, dispuestos a escuchar sin entendernos, no nos juzgan ni critican. Están ahí, amigos peludos, sean perros, gatos, tortugas, loros, hamsters, conejos, etc., no importa la especie ni la raza, son bellos, regalos de Dios para alegrar nuestras vidas y muchas veces, quizás demasiadas, suelen ser mejores personas que las personas.


[1] Los nombres de las personas y de las mascotas son ficticios.
[2] En: Díaz Videla, M. (2017). ¿Qué es una mascota? Objetos y miembros de la familia? Ajayu Órgano de Difusión Científica del Departamento de Psicología UCBSP, 15(1), 53-69.
[3] Por ejemplo: San Joaquín, M. Z. (2002). Terapia asistida por animales de conpañia. Bienestar para el ser humano. Temas de hoy, 143-149.
[4] Winnicott, D. W. (1969). The use of an object. The International Journal of Psycho-Analysis, 50, 711.
[5] Triebenbacher, S. L. (1998). Pets as transitional objects: Their role in children's emotional development. Psychological reports, 82(1), 191-200.
[6] Beck, L., & Madresh, E. A. (2008) Romantic Partners and Four-Legged Friends: An Extension of Attachment Theory to Relationships with Pets.
[7] Albert, A., & Bulcroft, K. (1988). Pets, families, and the life course. Journal of Marriage and the Family, 543-552.
[8] Power, E. (2008). Furry families: making a human–dog family through home. Social & Cultural Geography, 9(5), 535-555.
[9] Cusack, O. (2014). Pets and mental health. Routledge.
[10] Brooks, R. B. (1994). Children at risk: fostering resilience and hope. American Journal of Orthopsychiatry, 64(4), 545.
[11] Cain, A. O. (1985). Pets as family members. Marriage & Family Review, 8(3-4), 5-10.
[12] Moreno Alfaro, A. (2015). El proceso de duelo tras la pérdida de una mascota: descripción y variables recomendadas. Tesis de maestría: Universidad de Comillas.
[13] Adams, C. L., Bonnett, B. N., & Meek, A. H. (1999). Owner response to companion animal death: development of a theory and practical implications. The Canadian Veterinary Journal, 40(1), 33.
[14] Sharkin, B. S., & Knox, D. (2003). Pet loss: Issues and implications for the psychologist. Professional Psychology: Research and Practice, 34(4), 414.
[15] Lagoni, L., Butler, C., & Hetts, S. (1994). The human-animal bond and grief. WB Saunders Company.
[16] Fudin, C. E., & Cohen, S. P. (1988). Helping children and adolescents cope with the euthanasia of a pet. Euthanasia of the companion animal, 79-86.
[17] Brown, B. H., Richards, H. C., & Wilson, C. A. (1996). Pet bonding and pet bereavement among adolescents. Journal of Counseling & Development, 74(5), 505-509.
[18] Hansen, K. M., Messinger, C. J., Baun, M. M., & Megel, M. (1999). Companion animals alleviating distress in children. Anthrozoös, 12(3), 142-148.
[19] Fraser, C. (2014). Beneficio de la compañía de animales para los ancianos. Investigación y Educación en Enfermería, 9(2).
[20] López Sabuco, F. (2016). Influencia de las mascotas en la calidad de vida de los adultos mayores.

[21] Siegel, J. M. (1990). Stressful life events and use of physician services among the elderly: the moderating role of pet ownership. Journal of personality and social psychology, 58(6), 1081.
[22] Triebenbacher, S. L. (2000). The companion animal within the family system: The manner in which animals enhance life within the home.
[23] Simmons, C. A., & Lehmann, P. (2007). Exploring the link between pet abuse and controlling behaviors in violent relationships. Journal of Interpersonal Violence, 22(9), 1211-1222.
[24] Fernandez-Mehler, P., Gloor, P., Sager, E., Lewis, F. I., & Glaus, T. M. (2013). Veterinarians’ role for pet owners facing pet loss. Veterinary Record.
[25] Mentzel, R. E., & Rubún, E. (2004). Origen y evolución del vínculo humano-animal. Revista De Medicina Veterinaria-Buenos Aires-, 85, 139-145.
[26] McConnell, A. R., Brown, C. M., Shoda, T. M., Stayton, L. E., & Martin, C. E. (2011). Friends with benefits: on the positive consequences of pet ownership. Journal of personality and social psychology, 101(6), 1239.
[27] Wells, D. L., Lawson, S. W., & Siriwardena, A. N. (2008). Canine responses to hypoglycemia in patients with type 1 diabetes. The Journal of Alternative and Complementary Medicine, 14(10), 1235-1241.

lunes, 29 de mayo de 2017

Las entidades invisibles en la terapia relacional sistémica


Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


¿Hay algo que puedas conocer que no sea ilusión?
 Si una ilusión se disipara no debes mirar o te convertirías en estatua de sal.
Franz Kafka

Por sí misma la Psicología se funda como la ciencia de la subjetividad, de los procesos mentales invisibles. El conductismo positivista en su afán de objetividad, intentó establecer las bases de la ciencia psicológica en el estudio del comportamiento, la acción como evidencia. Los principios del comportamiento remarcan la importancia de la predicción del quehacer humano. Sin embargo, no se pudieron cerrar los ojos ante la inminente presencia del procesamiento cognitivo de la información. Chomsky desarrolla una sólida teoría lingüística para explicar la generatividad de las normas gramaticales, sólo comprensibles si se asume la presencia de una estructura profunda donde radica la organización lógica de las construcciones lingüísticas.
Con el advenimiento de la Neuropsicología, consecuencia del estudio del comportamiento de lesionados cerebrales, se pudo ingresar al mundo interior de las estructuras cerebrales involucradas en la construcción subjetiva de la realidad. Por un instante se retomó la hipótesis del fantasma de la máquina, remontándonos a las especulaciones de Descartes sobre la formación de la mente escindida del organismo, la res cogitans estaría gobernada por un misterioso ente mental.
Los novedosos estudios de Michael Gazzaniga, permitieron el surgimiento de una nueva hipótesis sobre el comando de la mente: el intérprete. Se abandona la misteriosa imagen del fantasma por otra más pragmática, la del mediador entre las sensaciones y su sentido. Fue Luria quien esbozó el principio de la regulación de las funciones psíquicas superiores al identificar las funciones de las denominadas terceras unidades funcionales, estructuras cerebrales eminentemente humanas, con las funciones de corregir y regular la actividad cerebral. Los mecanismos de inhibición y excitación dejan de ser automáticos para tornarse voluntarios.
La regulación y la integración de la información conllevan al sentido de la acción. Las intrincadas investigaciones de los cerebros dañados y sus correlatos en la ejecución de acciones alteradas, fueron la base para el surgimiento de la hipótesis del intérprete como el recurso neuropsicológico en la construcción de la realidad. Postura que favorece con creces el pensamiento filosófico del constructivismo. Desafiando tenazmente a la objetividad promovida por el positivismo.
El neo positivismo (Russell) y el constructivismo (Von Foster y Maturana), relativizan la realidad a la subjetividad construccional del cerebro y a los condicionantes culturales. No reniegan de la ciencia como lo hará el posmodernismo y sus descabelladas especulaciones sobre la construcción social de la realidad; al contrario, ofrecen una epistemología crítica sobre el conocimiento científico y suscitan una ciencia capaz de rendir cuentas de los fenómenos invisibles que atañen a la Psicología.
Durante estos últimos años se ha producido un gran entusiasmo en el estudio de la empatía a partir del descubrimiento de las neuronas espejo llevado a cabo por el equipo de Rizzolatti en la Universidad de Palermo. Si bien la explicación de la empatía propuesta por este investigador es demasiado simple y quizás esté más relacionada con la imitación, dio lugar a que otros científicos profundizasen en el tema, encontrando procesos neurofisiológicos mucho más complejos, como por ejemplo la participación del lóbulo de la ínsula.
Si entendemos a la empatía como el proceso psicológico a través del cual podemos comprender los sentimientos de los demás a partir del eco emocional que nos producen, la teoría de la mente lo es a nivel de pensar lo que la otra persona probablemente piensa. Ambos procesos son indispensables en el trabajo psicoterapéutico para la construcción de hipótesis sobre los sentimientos y pensamientos de los pacientes.
Esta es pues la primera entidad invisible presente en la psicoterapia en general y en la sistémica en particular, podemos llamarla mente, entendida como el cúmulo de los procesos cognitivos. Accedemos a ella a través del lenguaje tanto verbal como no verbal, procesamos dos niveles de interacción: siento lo que sientes y pienso lo que piensas. La superposición de niveles es compleja e infinita: siento lo que sientes que siento y pienso lo que piensas que pienso.
El recurso de acercamiento al sentimiento del otro es la empatía y al pensamiento la teoría de la mente. En la terapia sistémica se enfatiza la precisión de las preguntas para confirmar los estados mentales del paciente. Constantemente el terapeuta contrasta su sentir y pensar sobre lo que el paciente siente y piensa con sus propios sentimientos y pensamientos. Mucho de la terapia consiste en buscar las coincidencias del sistema emocional del terapeuta con el sistema emocional del paciente, al mismo tiempo de hacerlo con las estructuras lógicas de uno con el otro.
A diferencia del psicólogo forense preocupado en la confirmación verídica de los hechos relatados por el consultante para definir la veracidad de su testimonio, el terapeuta está preocupado con el aquí y ahora, independientemente a los hechos, interesa cómo la persona construye su realidad, cómo la interpreta y cómo le impacta.
El psicoterapeuta cognitivo comportamental está entrenado para modificar los pensamientos irracionales convencido de que son la fuente de la manifestación de comportamientos desadaptados, a diferencia del terapeuta conductual interesado en el cambio de conductas a partir de la modificación de los estímulos externos.
Nosotros estamos interesados en comprender la mente de la persona para modificar las relaciones interpersonales perturbadas, coincidiendo muchas veces con el enfoque cognitivo comportamental y con el conductual. La diferencia sustancial es nuestro interés en la relación interpersonal.
Vittorio Guidano desarrolló una terapia eslabón entre el modelo cognitivo comportamental y el modelo relacional sistémico: la terapia cognitiva pos racionalista. Postuló la indisolubilidad entre la razón y la emoción a la par que insistió en la importancia de los vínculos afectivos para la construcción del sí mismo (self).
Por su parte la terapia narrativa pone énfasis en el discurso como elemento central en la construcción de la realidad, abandonando tácitamente los intentos de comprender la mente, a la cual la considera un concepto moderno e innecesario, despoja al terapeuta de los recursos empáticos y racionales para sugerir  su inmersión intuitiva en la narración para crear nuevas narraciones.
Salvador Minuchin ha manifestado sus críticas hacia la pretensión de la terapia narrativa de considerarse sistémica porque se aleja claramente del trabajo en las interacciones. El problema es que la terapia narrativa al carecer de un modelo psicológico puede fácilmente proponer alternativas pseudocientíficas.
La segunda entidad invisible es la pareja, Caillé ha sugerido la existencia de la notrosidadcomo el paciente en la psicoterapia de pareja. El uso de una silla vacía permite a los cónyuges comprender que el interés de la psicoterapia se centra en trabajar con el paciente invisible: la relación.









1+1=3 es la propuesta de Caillé, para O´Neill, esa tercera entidad es un self independiente de los componentes de la relación y el objeto de la terapia.
La psicoterapia de la pareja evoluciona en tres etapas, la primera relacionada con la individualidad de los cónyuges, usualmente la hipótesis inicial manejada por la pareja: “el otro debe cambiar”. La segunda vinculada con la interacción: “lo que él hace afecta lo que yo hago y lo que yo hago lo afecta a él”. La tercera asociada con el self de la pareja, la construcción abstracta del amor.
La tercera entidad invisible es la familia. Una buena definición es: La familia es un núcleo de convivencia y solidaridad en la vida cotidiana; es un núcleo de complicidad, que permite afrontar adecuadamente los retos del mundo exterior; es, a la vez, una escuela de convivencia para los hijos y la transmisora de valores y aprendizajes fundamentales que se realizan mediante los cuidados pragmáticos en los primeros años de vida del ser humano, en el transcurso de su desarrollo biológico, afectivo y en el acomodo a la cultura o socialización (Minuchin, 1984; Linares 1996; Ceberio y Linares, 2000)[1].
Es un “núcleo de convivencia”, es decir, un espacio de interacción, como ocurre con la relación de pareja, se forja también un espacio significativo, un “espíritu de la familia”. El terapeuta familiar protege a los miembros de la absorción de dicho espíritu. La   familia es una construcción social, se ha instalado como una institución invisible, la frase: “el núcleo de la sociedad es la familia”, plantea la asunción de la existencia de abstracciones como si fuesen seres tangibles.
Es posible hacer referencia al self de la familia, reemplazando el concepto místico de espíritu. Un sí mismo que otorga identidad a las personas consideradas por sí mismas como pertenecientes a la familia. Ronald Laing, ha propuesto que familia es lo que la persona significa por tal, es el espacio significativo de las interrelaciones.
Tal ente invisible es indispensable en la construcción de la identidad personal, reafirma la pertenencia a un grupo referencial afectivamente significativo donde las personas podemos establecer nuestros referentes de semejanzas y diferencias, “soy como” y “no soy como”.
La familia no hace referencia a las interacciones sino a la constitución de una entidad institucionalizada por un lado, y construida en las relaciones afectivas por otro. Fuente de mitos y leyendas da el sentido de la existencia de sus componentes, la búsqueda de la legitimación y valoración de los talentos se inicia en ella. Es un self que se alimenta del cumplimiento de los legados establecidos por antepasados.
La Psicoterapia Relacional Sistémica (PRS) surge del modelo matemático propuesto por Ludwig von Bertalanffy para explicar la organización compleja de los sistemas, interesa el estudio de las relaciones entre los componentes de un sistema, cada elemento es interdependiente del resto de elementos. El todo existe por la interacción de sus componentes, no es la suma de ellos, es producto de las relaciones.
Un sistema existe en función a la meta que persigue, la interacción de sus unidades permite su consecución. El sistema se mantiene hasta que se alcanza su finalidad. De ahí que un sistema es funcional cuando consigue alcanzar su objetivo y disfuncional cuando no lo logra.
Las entidades invisibles son creaciones humanas emergentes de las interacciones sociales. La mente es producto de la socio historia, la pareja lo es de la vinculación amorosa y la familia de una imposición socio económica. Estos seres fantasmales regulan la interacción de las personas con otras personas y consigo mismas. La mente se sustenta en un sí mismo como lo hacen la pareja y la familia. La conciencia asume la existencia del yo en el caso de la mente, de la pareja en el caso del amor y de la familia en el caso de la convivencia.
Las personas no aman a la familia, aman a los que la componen, sin embargo la pertenencia crea la ilusión de la existencia real del constructo abstracto y por ende es posible decir que se ama o no a la familia, aunque resulta aberrante e incongruente.
Cuando se aplica el test proyectivo de Corman, ante la instructiva “dibuja una familia”, los niños dibujan personas. El concepto de familia ha evolucionado de la nuclear a la extensa, de la biparental a la monoparental, lo que tiene en común a pesar de los cambios es su significado: la atribución se refiere a quiénes son representativos para sus componentes. Se configura por las relaciones entre sus miembros, quién pertenece a la familia es la persona a quien se le otorga el afecto suficiente para considerarlo parte de ella.
En un estudio reciente, con una muestra de 2564 personas, el 98,8% considera a su mascota como parte de la familia. No podemos saber lo que piensan los animalijos al respecto, por lo que no es necesario un acuerdo explícito para definir quién pertenece y quien no al sistema familiar. Por lo tanto la designación de los miembros de la familia es una simple asignación: tú si o tú no.
Ser parte de una familia no es una elección, ¡es una imposición! Somos integrados a nuestra familia sin consulta previa. Crecemos en ella, aprendemos, adquirimos nuestra identidad y sin embargo nunca la definimos. No es el espacio físico donde vivimos, ni se establece necesariamente por la presencia de un grupo sanguíneo común, cándidamente asumimos su existencia, hace parte de nuestro lenguaje, la mencionamos como si se tratara de un personaje, y los demás hacen lo mismo, muchas veces he recibido la siguiente frase: “saludos a tu familia”.
Es un ente invisible poderoso, determina la identidad y el sentido de nuestra vida. Es posible deducir su inexistencia en los albores de la humanidad, por lo tanto no se trata de una condición natural, sino resultante del desarrollo de la civilización. En la cultura aymara en vez de ella existía el ayllu cuando llegaron los españoles, una manera de interacción fundamentada en lazos consanguíneos pero que no responde al concepto occidental de familia. En el caso de varias etnias amazónicas la idea de familia es extraña. Las formas de organización para dar sustento a los niños no necesariamente corresponden a la familia.
Parafraseando a Wittgenstein, si se nombra es que existe. Existe en el sentido de idea, independientemente a su relación con un objeto físico. Sin embargo es una idea de algo indefinido, asumido como presente en su ausencia, lo que existen son las personas protagonistas de los vínculos familiares, mientras que la familia en sí es invisible.
¿Qué significa entonces realizar una terapia de la familia? No es lo mismo decir “terapia familiar” que “terapia de la familia” si vamos a ser precisos. La terapia familiar debería hacer alusión al trabajo con los miembros de una familia, mientras que terapia de la familia debería restringirse al trabajo con la entidad invisible.
La terapia de la familia hace referencia a la reflexión con sus componentes acerca de la construcción que hicieron de esa entidad, ¿cómo influye en sus vidas y cómo ellos la alimentan? El trabajo se realiza siguiendo la misma lógica de la terapia de la pareja, donde con los cónyuges se reflexiona sobre la construcción que ellos hicieron sobre su entidad invisible.
En ambos casos el terapeuta se constituye en un mediador entre los responsables por la entidad y la propia entidad. Los constituyentes del sistema conyugal y del familiar deben percatarse de su responsabilidad en el manejo de la entidad invisible. La paciente es la pareja o la familia.


[1] Minuchin, S. (1984) Familias y terapia familiar. Barcelona: Paidós
Ceberio, M., Linares,J. (2000) Locura, marginación y libertad. Un análisis crítico del enfermo mental y el manicomio, su segregación social y posibilidad de cambio. Bs. Aires; Edicioones Culturales Universitarias argentinas.
Linares, J. (1996) Identidad y narrativa. Barcelona: Paidós