martes, 18 de julio de 2017

Apuntes sobre la disfuncionalidad



Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


Se deben ejecutar con humildad todas las tareas y,
 por amor de Dios, ¡no perderse a sí mismo!
Pues cuando más fácilmente se pierde uno a sí mismo
es cuando quiere darse a los demás.
Ludwig Wittgenstein

S
e reconoce a los psicólogos por el gesto que hacemos para expresar una palabra entre comillas: “anormal”, “trastorno” y ahora “disfunción”. En un afán ambivalente de resaltar y al mismo tiempo disculparnos por el uso atrevido de tales vocablos. Las palabras de nuestra ciencia se hacen populares con facilidad, y en muchos casos, la mayoría lamentablemente, sin el significado atribuido en el contexto científico. Los relatores deportivos abusan de nuestra terminología, entre otras cosas suelen decir: “a ese jugador le falta personalidad”, “este es un momento psicológico en el partido”, “es un claro problema de autoestima”. Ocurre lo propio en la Escuela, donde se da por sentado que el lenguajear psicológico determina las soluciones académicas en lugar de reflexionar sobre la eficiencia del proceso enseñanza-aprendizaje, está en boga la idea de la “baja autoestima”, la tendencia a tildar de poseedores del trastorno de atención con hiperactividad (TDAH) a los niños que no se adaptan al sistema educativo.

En la educación escolar se ha establecido una relación tácita entre el aprendizaje y la “disfuncionalidad” familiar, asumiendo ese término desde perspectivas éticas y creencias arraigadas sobre lo que es una “buena familia”, usualmente suponen a la disfuncionalidad como a la familia nuclear normal, por lo tanto es disfuncional una familia divorciada, los padres deben estar juntos con los hijos. En fin, el caos de las explicaciones del comportamiento  desajustado de niños y adolescentes recae en una Psicología Popular, muchas veces reforzadas por charlatanes y por falsos científicos.

Comencemos por dilucidar el sentido de la palabra “funcional” para luego definir con precisión el concepto de disfuncionalidad desde el enfoque sistémico que le dio origen.

Según la Real Academia Española (RAE), funcional hace alusión a: “Perteneciente o relativo a la función o a las funciones. Competencia, procedimiento funcional. Dependencia, enlace funcional[1]”.  Esta atribución nos obliga a entender el concepto de función. Es  pertinente su comprensión en las matemáticas, la RAE lo define como: “Relación entre dos conjuntos que asigna a cada elemento del primero un elemento del segundo o ninguno”. Eso quiere decir que la función tiene que ver con la relación entre los elementos de un sistema: por ejemplo: A cumple una función con B, y B lo hace con C.

Para ser más preciso: una función (f) es un vínculo entre un conjunto X (llamado dominio) y otro conjunto de elementos Y (llamado codominio) de forma que a cada elemento x del dominio le corresponde un único elemento f(x) del codominio (llamado ámbito).

La función se refiere a la secuencia de acciones interactivas entre los elementos de un sistema para cumplir una tarea. Se trata de órdenes que regulan el accionar dirigido a una meta. Partiendo de estas consideraciones, el concepto “funcional” debe referirse al cumplimiento de las órdenes para la regulación efectiva de un sistema.

Veamos un ejemplo sencillo, un equipo de fútbol durante un partido se compone de once elementos, los jugadores. Cada uno de ellos debe cumplir una función determinada durante la interacción. El arquero tiene la función de evitar los goles protegiendo como sea posible el arco mientras que el marcador de punta obedece a otra función, dependiendo de la estrategia del entrenador puede ser netamente defensivo o defender y atacar. La meta del equipo es la de marcar goles en el arco contrario. La eficiencia de la función de cada elemento está determinada por el cumplimiento de las órdenes que definen la estructura del equipo y la estrategia de juego.

Algo parecido ocurre con la familia, cada miembro que la compone cumple una función. Las funciones se atribuyen a los roles, en cada uno de los subsistemas familiares, en el subsistema conyugal la función de esposo es distinta a la función del subsistema parental. Minuchin describió con detalle las características funcionales de los subsistemas conyugales, parentales, filiales y fraternales.  La demarcación jerárquica es fundamental, conlleva a la estipulación clara de los límites entre subsistemas, estas fronteras son imprescindibles para la generación efectiva del accionar funcional de los elementos de un sistema.

Podemos cogitar sobre la existencia de funciones de los elementos, funciones del grupo de elementos, funciones entre elementos de un sistema y otro, y funciones entre grupos. Uno de los primeros modelos psicológicos donde se aplicó el razonamiento funcional fue el de Anokhin (1935) quien planteó el funcionamiento cerebral como un sistema de unidades funcionales. Luria (1973) definió al sistema funcional, como un conjunto de elementos pertenecientes a distintos niveles cerebrales, con complejidad estructural y movilidad. Estas unidades funcionales se componen de elementos interactuantes entre sí y al mismo tiempo con los componentes de las otras unidades. Con este enfoque nació la Neuropsicología, dando lugar a la comprensión del funcionamiento cerebral lesionado y del intacto.

En cuanto a la lesión cerebral, se la estipula como un daño en una región neurológica que deriva en una disfunción. Esto es, deja de funcionar con eficiencia, ya sea por limitación de la función o por desestructuración. En los albores de la neuropsicología, Luria promovió el desarrollo de un modelo cognitivo sistémico, con el que se pudo vislumbrar la complejidad del procesamiento de la información.

Es interesante identificar el momento histórico de la aparición de la teoría neuropsicológica de la escuela soviética. Coincide con la visita de Norbert Wiener a Moscú donde se organizó un encuentro con filósofos soviéticos en 1960. Posteriormente Frolov divulgó los conceptos cibernéticos incluidos en el enfoque dialéctico materialista. Con ello las ideas de la Ciencia del Control fueron asimiladas por la ciencia soviética. Anokhin se esforzó en superponer el razonamiento dialéctico al cibernético, construyendo de esa manera un modelo sustancialmente sistémico aunque formalmente dialéctico. La lectura de la epistemología subyacente a sus artículos “La teoría del sistema funcional como la base para la construcción de una cibernética fisiológica”[2] y “Sistemogénesis como un regulador general del desarrollo cerebral”[3] denotan los principios definitorios de la funcionalidad:

a)      Un sistema funcional se fundamenta en reglas que organizan una estructura.
b)      La funcionalidad se relaciona indisolublemente con el efecto final de adaptación.
c)      Requiere de mecanismos de recepción para evaluar el proceso de adaptación.
d)     El efecto adaptativo del sistema se comprueba en los resultados de su accionar.
e)      El proceso central de un sistema funcional es la regulación de su acción.

Añade un principio asociado con el desarrollo neurológico. Sin embargo los cinco anteriores se aplican a la comprensión de la funcionalidad de los grupos sociales (familia, pareja, instituciones) y del desarrollo de la persona. Es factible identificar como meta de la actividad funcional la adaptación, entendida como la capacidad de adecuarse a las exigencias de los entornos externos e internos del sistema. En los trastornos de personalidad esto es clave a la hora de establecer su diagnóstico: quien adolece de un trastorno de personalidad no es capaz de adaptarse al entorno, en el caso del narcisista, por ejemplo, su exigencia irracional consiste en la urgencia de que el entorno se adapte a su persona.

Una familia es funcional cuando promueve la capacidad de adaptación de sus miembros, verificable en la posibilidad de sobrevivir sin la necesidad de seguir dependiendo de su familia. Ese proceso se denomina desvinculación. Lo mismo ocurre en la pareja funcional, cada componente es capaz de adaptarse a su entorno sin necesidad de poner en riesgo el vínculo. La persona sale y vuelve al seno de su lazo amoroso para reanudar una y otra vez las despedidas y los reencuentros.

Cuando no se alcanzan las metas, el sistema regula de manera positiva o negativa su accionar, se modifican las interacciones o se modifican las acciones para darle efectividad al sentido de la estructura. El sistema es capaz de reorganizarse. En el caso se la salida o ingreso de elementos todo sistema enfrenta el incremento de entropía, cuando existe funcionalidad el sistema se regula con sus propios recursos o con la inclusión de recursos externos. Es lo que ocurre en los procesos de duelo funcionales. La familia se desorganiza ante la muerte de uno de sus miembros, procura una nueva organización hasta que se estabilizan los elementos, para posteriormente definir una nueva estructura que le permita continuar en el afán de alcance de sus fines.

En los sistemas humanos, es importante la diferenciación, la identidad y la desvinculación.

La diferenciación hace referencia a la necesidad de legitimación de las funciones que cumplimos en un sistema. En el ámbito laboral, empleados y empleadores necesitan el reconocimiento de su efectividad en el trabajo, esto se logra diferenciando las funciones de unos y otros, determinando las diferencias funcionales para el desarrollo efectivo de la empresa.

El proceso de diferenciación permite el desarrollo de la identidad, el reconocerse como persona independiente de los demás, capaz de determinar las características que nos hacen únicos y la conciencia del sí mismo.

La desvinculación permite el rompimiento con el sistema para poder incluirnos en uno nuevo sin necesidad de sentir que sin nosotros el anterior se desmoronará. El sistema funcional ofrece la posibilidad de comprender que el sistema ha sido un medio para patrocinar nuestra libertad.

Por lo tanto, utilizar el término disfuncionalidad hace alusión al fracaso de un sistema en el alcance de sus fines, como en la inadecuada eficiencia de sus componentes en el aporte al conjunto de elementos con los otros elementos. De esto nace la paradoja del portador del síntoma. La familia lo presenta como aquél miembro del sistema que ha fracasado, cuando en realidad cumple la más importante de las funciones: estabilizar el sistema familiar. El abandono del síntoma involucra el descalabro del sistema. Entonces, el paciente sintomático cumple la función de mantener equilibrado al sistema familiar.

En la pareja el síntoma es la relación perturbada, creándose la ilusión que su sanación derivará en la felicidad amorosa. Cuando lo que ocurre es que la perturbación conyugal mantiene a las personas unidas en la tarea de mantener el vínculo. El despojo de la ilusión obliga a que los cónyuges contemplen su soledad y asuman al amor como una construcción conjunta efímera. La pareja es una ilusión. Según Perls el nosotros no existe, está formado por un yo y por un tú, el amor es una construcción de ambos donde radica la legitimación, el apego y el erotismo. La pareja funcional promueve la emancipación del lazo simbiótico, esto es del creer que el otro es parte de uno, de tal manera que amarse es poseerse y necesitarse. Cuando el otro no responde a las expectativas se precipita la violencia, el afán de cambiarlo para mantener la sensación de unicidad. Tiene que ver con el mito de la media naranja.

La paradoja es: a más amor más independencia. El amor obliga al despojo de expectativas, la funcionalidad consiste en el logro de la singularidad a pesar de la inclusión romántica. El lazo amoroso permite la libertad del individuo, el atreverse a ejercer las potencialidades personales. La disfuncionalidad es el impedimento de la individuación, ese proceso descrito místicamente por Jung, la búsqueda incesante del sí mismo a sabiendas de no lograrlo nunca.

Una familia disfuncional puede estar compuesta por padre, madre e hijos, y una funcional por la madre y sus hijos. La funcionalidad no depende de la estructura familiar, depende de su organización, en síntesis de las órdenes regulativas de la interacción de sus elementos con el sentido de lograr su individuación.

Es importante considerar el contexto socio histórico en el cual se desenvuelve la persona, la pareja y la familia. Lo que es funcional en una cultura y en un momento no necesariamente lo es en otra cultura y en otra época. Eso determina la disyuntiva relacional entre los adultos y los jóvenes, la evolución de unos es necesariamente diferente para los otros. Lo funcional para mi generación es disfuncional para la de mis hijos.

En síntesis, el concepto “funcionalidad” es matemático, hace alusión a la efectividad de un sistema y sus elementos. Por ello es imprescindible establecer la meta del sistema en cuestión para verificar su efectividad. La disfuncionalidad es la incapacidad de lograr las metas. El logro no depende de la cantidad de elementos del sistema ni de la proliferación de subsistemas. La organización del sistema debe facilitar el logro de las metas, por ello no se trata de estructuras funcionales, sino de organizaciones. Una misma estructura puede establecerse como una organización disfuncional o funcional dependiendo de la interacción entre sus componentes.

Transferidas esas consideraciones al sistema familiar, una familia puede ser o no ser funcional a partir de la organización de su estructura. Por lo tanto una familia monoparental puede ser tan funcional o disfuncional como una familia biparental. No se trata de la composición estructural, sino de la actividad interpersonal entre los adultos y sus hijos.

El problema no impide el funcionamiento adecuado de un sistema familiar, a pesar del problema la familia se organiza para permitir el logro, a saber: la autonomía de sus elementos. La familia es una estructura dependiente de su función de emancipación de sus elementos, se organiza para facilitar el crecimiento personal de sus componentes, protegiéndolos, cuidándolos y entrenándolos para su accionar social. Es un sistema organizado en diversas estructuras dependientes de las construcciones sociales inmersas en criterios morales, independiente a ello la familia está más allá del bien y del mal porque se sustenta en el amor,  esto es en la aceptación y reconocimiento del otro como un ser con derecho a la libertad.

En las familias funcionales o amorosas como las llamo, sus componentes se aman independientemente de las exigencias del entorno y de las condiciones históricas que definieron su estructura. En las disfuncionales o amargadas, estos procesos de legitimidad del otro están sometidos a las exigencias del entorno, por lo tanto no es posible el amor, se lo confunde con la conformidad de las expectativas, pretendiéndose que el otro se ajuste a las demandas de realización a partir de las normativas sociales, por lo tanto se constriñe la posibilidad de libertad a la obligatoriedad de ser aquello definido por los mitos, es factible afirmar su organización desde la violencia, donde el otro debe someterse a las exigencias.

La psicoterapia familiar trata de liberar al portador del síntoma de su sacrificio, puesto que es a partir de la renuncia a sí mismo el logro de la estabilidad del sistema. Sistema disfuncional porque no se sustenta en el amor sino en el poder, el gobierno lo es todo, se expresa a través de leyendas de fracasados en las historias familiares parental y maternal. Se aspira a ideales inalcanzables manifestados en los legados de abuelos y abuelas quienes establecieron las bases incuestionables de los mitos familiares: ser a partir del alcance del mito.



[1] Diccionario On-line de la Real Academia Española: http://dle.rae.es/?id=IbRm8lG
[2] Anokhin, P. K. (1970). Theory of functional systems(Functional systems in biology, discussing interscientific demarcation, research strategy, physiological experiment, operational architectonics, etc). Uspekhi fiziologicheskikh nauk, 1, 19-54.
[3] Anokhin, P. K. (1964). Systemogenesis as a general regulator of brain development. Progress in brain research, 9, 54-86.

lunes, 26 de junio de 2017

El lenguaje en la Psicoterapia Sistémica



Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


Lo único que destruimos son castillos de naipes y
limpiamos el terreno lingüístico sobre el que estaban.
Ludwig Wittgenstein

El
 contexto terapéutico es un escenario relacional donde se establecen vinculaciones alrededor del sufrimiento. Los pacientes al atravesar el umbral del consultorio dejan tras de sí sus roles convencionales y se presentan como personas rescatadas del mundo. Los terapeutas al trascender han sido entrenados para escuchar historias relativas a la cultura y los entornos sociales singulares, les interesa lo esencial, aquello que determina la búsqueda del sí mismo a pesar de las imposiciones.

La actitud irreverente facilita el alcance de las cuestiones existenciales apartando las sinuosas condiciones ajenas a la legitimidad de la existencia vital de los pacientes. Así el discurso se instaura como un puente entre aquello de lo cual no se puede hablar: ética y estética con las emociones impertérritas presentes a pesar de su futilidad en el mundo arbitrario de la cultura.

El discurso del paciente se ha organizado en los mundos donde se desenvuelve, aquellos ajenos e incomprensibles y los otros, propios y apasionantes. Acostumbrado a extender los espacios semánticos con los temas donde los demás se sienten cómodos. Hablar con niños es el mejor ejemplo. Ellos esperan las preguntas adultas de siempre: edad, curso y colegio, etc. En el contexto terapéutico esos espacios son intrascendentes, el terapeuta hará otras preguntas, a veces antecedidas de una tácita descalificación del espacio semántico ingenuo: “no me interesan esas cosas, háblame de ti…”.

En terapia de pareja suelo sorprender a los pacientes con una pregunta de entrada: “¿Quién eres?”…para preguntar luego “¿Quién crees que es tu esposa (o)?”. Estas preguntas inciden en el propósito del encuentro terapéutico: la reflexión sobre el sí mismo y la búsqueda del sufrimiento.

Estos postulados reflejan con claridad el cimiento de la actitud terapéutica sistémica: la deconstrucción del sentido de vida en relación con los otros significativos. Tanto el apego como la legitimación se yerguen desde el vínculo amoroso de los demás, la seguridad emocional y la libertad sólo son posibles si hemos sido protegidos y reconocidos. El producto es la autonomía consecuente con la desvinculación afectiva. Los encuentros y despedidas indispensables para la apropiación de nuestra vida.

No interesan las palabras sino su elección. En el procesamiento del lenguaje participa todo el cerebro, decir algo es decidir por la mejor opción. Por eso hablar es el producto de un cálculo de probabilidades lógico, donde la actuación será consecuencia de la idea que tenemos de la posibilidad de interpretación del otro, la estructura profunda es donde radican las leyes básicas y universales del lenguaje según la teoría generativa de Chomsky. La transformación de la estructura profunda en superficial entraña una dinámica intermedia consistente en la teoría de la mente y la empatía.

Si hablamos español e inglés, cuando estamos con un estadounidense que no sabe nuestro idioma, lo acertado es hablar en su idioma. Será desatinado no utilizar la lengua del otro, si nuestra intención es ser comprendidos.

Dependiendo del contexto elegiremos las palabras, además de con quien estamos hablando. En casa hablaremos de una manera distinta a como lo hacemos en el trabajo, no es lo mismo hablar con un hermano que hacerlo con el jefe. Elegimos las palabras en función a la posibilidad de ser comprendidos.

Una de las habilidades de los terapeutas sistémicos es nuestra capacidad para adecuar nuestro lenguaje a los distintos mundos de los pacientes. Partimos del principio ericksoniano: “hablar el lenguaje del paciente”. Nos movemos en su discurso y en sus gestos, nos introducimos sutilmente en su mundo interno de donde fluyen las ideas y las palabras. Constantemente y con perseverancia consultamos si nuestro acercamiento es el pertinente o si nos alejamos de su percepción del mundo, mis preguntas reguladoras preferidas después de una apreciación son: ¿es así?, ¿es como usted lo ve? También suelo usar: ¿puede ser?

En muchas ocasiones, sobre todo con los adolescentes, me tomo el tiempo suficiente para comprender su mundo a través de las narraciones. He visto a jovencitos desesperarse al tratar de que mi cabeza comprenda, no es fácil cuando estamos en mundos muy diferentes. Pienso que el sólo hecho de interesarme por comprender hace con que los pacientes confíen en mis buenas intenciones.

Sin embargo, no es solamente el terapeuta que debe navegar en los océanos turbulentos de las situaciones semióticas de los pacientes, sino que ellos también lo deben hacer. El lenguajear de Maturana, es el juego divertido del uso de las palabras, vienen y van, van y vienen. En el afán de construir un espacio semántico común para partir juntos hacia las metas planteadas por la interacción terapéutica. Lo hacen los pacientes, lo hacen los terapeutas.

El primer afán es comprender el mundo del paciente, para ello verificamos la precisión de nuestras apreciaciones, cuando hay coincidencia definimos juntos el conflicto y las expectativas del trabajo terapéutico. Luego empezaremos a intervenir. Las intervenciones acertadas son aquellas coincidentes con la semántica de los pacientes, sin embargo están aquellas pertenecientes al mundo del terapeuta, por eso también debemos comprobar si estamos siendo comprendidos.

En la terapia individual no tenemos a un tercero para corregir las apreciaciones de uno y de otro. En la terapia de familia cada miembro que la compone puede clarificar los significados de las palabras, hasta conseguir un acuerdo común. El reencuadre y la redefinición, son el uso de nuevas palabras para designar las cosas nombradas antes de otra manera, facilitando el manejo más certero de las soluciones.

En la terapia de pareja, las cosas son más complicadas. Cada consorte propone su visión del mundo como la acertada, ninguno está interesado en ver los problemas de otra manera, es un diálogo de sordos y ciegos. El terapeuta incauto se triangula en el conflicto al intentar dar sentido a lo sin sentido. Cualquier redefinición con uno es descalificada inmediatamente por el otro. Es común el hablar, pensar y sentir por el otro cuando se han simbiotizado. De ahí el peligro de escuchar a uno sin haber escuchado al otro, el terapeuta puede asumir la realidad de la relación desde la mirada parcializada de uno solo de los cónyuges.

La primera tarea en la terapia de pareja es separar a los organismos unidos. La emancipación es dolorosa por lo tanto prefieren continuar los juegos telepáticos. No es suficiente explicarles los juegos de su lenguajear, sino activar las necesidades personales insatisfechas, para promover la escucha del consorte quien al ser ajeno a ese nuevo contexto puede escuchar sin interrumpir, sin defenderse y sin atacar, escindiéndose de la vinculación. La consigna es “háblame de ti, no me hables por el otro”. Asunto doloroso porque se ha buscado al otro para evitar la contemplación del vacío personal. Pienso que la pareja colusionada habla con el otro como si éste fuera un espejo, se produce en encuentro de dos espejos, las imágenes son infinitas.

En los albores de una terapia conyugal, los consortes no se escuchan ni a sí mismos ni al otro. Proyectan sus expectativas sin ser capaces de reconocer la individualidad del otro. Buscan en el terapeuta la confirmación de su realidad, en ese afán es fácil entrelazarse en la iniquidad del lenguaje conyugal favoreciendo además el establecimiento de alianzas.

En el lenguajear de la familia, la irreverencia de los niños y la anarquía de los jóvenes suelen quebrar las intenciones de la evitación del sí mismo en los padres. La definición del problema emerge como el recurso neguentrópico. Detiene la crisis evolutiva favoreciendo el estancamiento y con él la incapacidad del sistema de afrontar los cambios. El lenguaje se reduce a la definición y explicación del problema, la familia lo hace desde el sentido común, los terapeutas desde la ciencia. Algunas veces el problema es un verdadero problema, en otros casos no lo es, en los peores no era un problema y se convirtió en problema.

La palabra “problema” derivada del griego: del prefijo πρό (prá, "delante") y βλῆμα (blẽma, "lance"), sobre el modelo de προβάλλω (probállō), de βάλλω (bállo, "arrojar"), fue usada por los romanos con el significado de “tema de debate” y “enigma”. En ese sentido su aparición debería poner en riesgo al sistema, pues lo desequilibra. Sin embargo en los sistemas familiares los estabiliza, porque su presencia obliga a una pausa en la evolución del ciclo vital.

Las familias funcionales son capaces de regularse nuevamente y proseguir con la evolución del sistema. No así las familias disfuncionales, incapaces de promover el cambio se estancan en el juego de anular la responsabilidad del portador del problema, por lo que jamás la situación se resuelve. El gobierno lo tiene el lenguaje, se habla pero no se hace nada para intervenir en las soluciones. Es como si el problema se instituyese como un miembro más de la familia, tiene una historia y su incidencia en las relaciones.

Hablar sobre el problema puede resultar interesante o tedioso, buscar su origen un afán inservible para su solución. El lenguajear conductual al operacionalizar la situación problemática reduciéndola a estímulos discriminativos, respuestas y consecuencias, permite estrechar las posibilidades semánticas a definiciones taxativas de los problemas. Watzlawick y su equipo del MRI, consideraban al conductismo la única psicología dirigida al cambio. Esto es así porque su lenguaje se fundamenta en la descripción rigurosa de la conducta y la búsqueda sencilla de sus contingencias.

La familia evita el cambio, plantea el problema pero a la vez pide el mantenimiento del equilibrio. Elkaim sintetiza las exigencias de la familia en una frase: “cámbiennos sin cambiarnos”. Paradoja con la que se inicia el proceso terapéutico. Si los terapeutas nos centramos en la demanda tarde o temprano seremos integrados por el sistema familiar, convirtiéndonos en un homeostato, caminando en un callejón sin salida la terapia puede prolongarse hasta el infinito.

El nombrar crea la ilusión de la objetividad, la posibilidad de concretar la realidad. El nombre obliga a su explicación y con ella se producen redundancias insalvables, una proposición genera nuevas, éstas pueden ser rebatidas o no. La falacia es pensar en el problema como si se tratase de una palabra, cuando es un proceso relacional conductual.

El pensar no responde necesariamente a la lógica del lenguaje verbal, la lógica lingüística es lineal en una sucesión de sintagmas verbales y nominales. La lógica ordena la realidad, desde sus parámetros silogísticos, parte siempre de una premisa la cual deberá ser confirmada o refutada. La confirmación debería basarse en la experiencia, por eso las premisas idóneas son hechos y no palabras. La discusión para la confirmación de una idea sometida a la expresión verbal requiere necesariamente de juegos lingüísticos para definir la veracidad de la semántica. Sin embargo las palabras así expresadas son polisemánticas, el significado dependerá del punto de vista.

El ejemplo más nefasto para la psicología fue la imposición de la palabra “inconsciente”, cualquier cosa puede explicarse desde esa premisa. Parafraseando a Wittgenstein, es posible afirmar que no porque una explicación tenga lógica es una explicación verdadera. Eso pasa con el Psicoanálisis y con otras psicologías, incluyendo a la visión sistémica cuando se olvida de su condición básica: es una manera de comprender la realidad, la realidad no es sistémica. El enfoque sistémico ordena la realidad de una manera distinta a la lógica causal, introduce elementos de análisis ajenos a la tradición epistemológica positiva. El más importante: las relaciones intrínsecas y extrínsecas. Es en ese maremágnum donde se instala el problema, en las vinculaciones con las personas del entorno. No sólo ocurre en la familia, sino en cualquier sistema conformado por seres humanos.

Resulta útil la concepción de Wittgenstein sobre los juegos del lenguaje, nos dejamos de preocupar por el significado y nos adentramos al uso del lenguaje, entonces se verifica la multiplicidad de su empleo. Estos juegos dialógicos construyen la realidad entre las personas, son acuerdos implícitos en función a la idea de una semántica unívoca, cuando ninguna palabra lo es, pues su significado dependerá del sentido de su destino. El aporte del MRI fue considerar el factor poder como el eje de quien define el sentido de la comunicación, entonces se comprenderá la definición por el dominio y la sumisión.

En la terapia familiar quienes definen el problema usualmente son los padres y quien se resiste a asumirlo es el portador. Puede pasar incluso que en otro entorno social quien padece por el problema no lo haga. Por ejemplo, padres que rechazan los intereses musicales de un hijo arguyendo premisas del mito profesional pueden descalificar el éxito artístico del hijo.

Los logros terapéuticos del enfoque narrativo se deben a la deconstrucción de las historias, sin embargo carecen de la fundamentación necesaria para la reestructuración del sistema y los parámetros éticos envueltos en el quehacer interactivo de los participantes del juego familiar. La postura posmoderna adolece de la rigurosidad exigida por el quehacer científico, colindando por lo tanto con postulados lacanianos y foucaultianos. Derivando en consideraciones relativistas ajenas a la concreción de teorías falseables.

La psicoterapia sistémica se caracteriza porque debe trascender al lenguajear, avizorando el sufrimiento legítimo de quienes han sido negados a existir independientemente del mito y de los contextos semánticos donde se obliga a ser aquello que asigna el nombre. No es fácil abandonar la lógica implícita en las frases y la tendencia a asumir el significado sin cuestionarlo. No solamente es un riesgo ignorar la polisemia, sino aunque la tomemos en cuenta establecer sentidos dados por nosotros mismos ajenos al contexto semántico del paciente.

En el diálogo terapéutico el paciente trae consigo su bagaje lógico-lingüístico para relatar su historia. Los terapeutas tenemos fuentes distintas pero coincidimos en varios estamentos del lenguajear del paciente, al mismo tiempo disentimos por nuestra propia historia, a ella se suman los juegos del lenguaje de nuestra teoría psicológica. La puesta en común define una realidad relativa al encuentro.

La atención estará dirigida al trasfondo de la semántica. Ésta es resultante de la integración de la información a partir de las experiencias previas y de los filtros cognitivos relacionados con los estilos de selección y análisis. La palabra remite a referentes cognitivos implantados como esquemas y a la organización de los algoritmos para definir el sentido. Es importante añadir que durante el diálogo además del lenguaje verbal participa el no verbal, los estímulos visuales, auditivos y somestésicos derivan también en la integración significativa a nivel de modelos semánticos predeterminados por la experiencia y ceñidos en construcciones esquemáticas destinadas a darle significado a los estímulos.

Es importante reconocer la flexibilidad de los esquemas cognitivos, se deben ajustar al entorno para determinar la adaptación de la persona. Sin embargo, existen los esquemas rígidos gestados por la consolidación de los mitos. Es por eso que la terapia cognitiva se centró en la modificación de tales esquemas configurados como creencias y mantenidos por pensamientos irracionales. Cuando la evidencia contradice la creencia desarrollamos la disonancia cognitiva. Cuando los hechos promueven la obligatoriedad de un cambio gestamos la ceguera voluntaria. Y cuando los hechos no pueden ser reconocidos como tales porque estamos zambullidos desde siempre en ellos, no podemos registrarlos. Cuando son novedosos podemos registrarlos como si fueran otros más conocidos.

La función del terapeuta cognitivo es la de realizar cambios en el procesamiento desadaptativo de la realidad. Los terapeutas sistémicos hacemos lo mismo agregando la modificación de los vínculos para patrocinar el cambio en el sistema relacional, no solamente en la organización de las estructuras mentales.

El ingreso al mundo representacional de los pacientes se lo hace a través de las palabras y los gestos, el acercamiento es posible a través de la empatía y la teoría de la mente. El terapeuta está entrenado para regular los procesos del diálogo a partir de la confirmación del sentido y la de-construcción de los significados. A partir de lo puesto en común se reformula la idea inicial y se la vincula con las relaciones. Veamos un ejemplo simple, se trata de una persona con trastorno de la respuesta de erección, en una sesión individual ocurrió el siguiente incidente:

Paciente: soy una persona muy tímida (afirmación significativa tácita)
Terapeuta: ¿qué quiere decir con eso? (búsqueda del sentido de la palabra)
Paciente: Pues…cómo decirle…(cuestionamiento de la semántica)…., me cuesta hablar con las personas desconocidas (especificación del significado)
Terapeuta: Usted quiere decir que sí puede conversar con personas conocidas (estableciendo el distingo)
Paciente: Aunque no soy muy expresivo…(redefinición)
Terapeuta: ¿Dónde aprendió que debe decirlo todo?
Paciente: Mi madre insiste en que soy introvertido…y que es difícil sacarme las palabras (ampliación del concepto hacia las vinculaciones)
Terapeuta: ¿Le pasa lo mismo con su esposa? (Indagando otros vínculos en relación al concepto)
Paciente: Ella me reclama todo el tiempo que nunca le digo lo que siento (confirmación del espacio semántico en la vinculación conyugal)
Terapeuta: Eso quiere decir que su madre le enseñó que se debe expresar todo lo que le pasa por dentro, y luego lo aplica también a los problemas en su relación de pareja, ¿es así? (Regulación del significado)
Paciente: No entiendo…es que…
Terapeuta: Veamos…si de pronto usted pudiese decir lo que pasa por dentro a su esposa…¿su relación mejoraría? (Cuestionamiento del esquema)
Paciente: Me imagino que sí (Trascendencia del contexto semántico aprendido)
Terapeuta: ¿Al decirle a su esposa lo que piensa y siente ella usted tendrá una erección? (Cuestionando la lógica)
Paciente: Tal vez, no sé…¿pero qué debería decirle? (Busca una nueva asignación del problema)
Terapeuta: Dígamelo usted (Confrontación con la redefinición del problema)
Paciente: La verdad…es que ha dejado de gustarme, engordó mucho…(Cambio de contexto)
Terapeuta: Es muy duro que usted le diga que no se excita porque la ve fea…(Ampliación semántica)
Paciente: Es muy duro….(Confirmación semántica)
Terapeuta: Por eso es mejor pensar que usted es tímido…(Retorno al concepto)
Paciente: Tiene razón…así no creo un conflicto (Redefinición de la lógica)
Terapeuta: Entonces usted no es tímido…es una persona considerada…(Cambio de semántica)
Paciente: Visto así…es razonable (Confirmación del nuevo sentido)
Terapeuta: Veamos…si usted es considerado…también lo es su pene…(de-construcción del síntoma). Yo pensé que su pene también era tímido, pero por lo visto es tan considerado como usted…ambos no son capaces de ser hipócritas…usted calla lo que piensa y él actúa…(alteración del sistema lógico)
Paciente: ¿Entonces mi impotencia es porque ella ha dejado de gustarme? (Reflexión sobre el nuevo sistema semántico y lógico).
Terapeuta: eso explica la aparición de su amante, con quien usted tiene relaciones sexuales magníficas (Confirmación de la premisa)
Paciente: Pero no está bien (Reflexión sobre el nuevo contexto semántico)
Terapeuta: Usted lo ha dicho, no está bien, termina engañándose…(Nueva propuesta lógica)
Paciente: Sí es así, porque me niego a aceptar que he dejado de amar a mi esposa…(Disonancia cognitiva)
Terapeuta: Si lo asume, tendrá que afrontarlo y dejar de jugar a la timidez (Descalificación del esquema).

Pávlov señaló que el lenguaje es un segundo sistema de señales, es la representación de la representación. Con él creamos un mundo de ideas entreveradas y muchas de ellas ajenas a la realidad real. No se trata de pensar que toda realidad es construida, existe un mundo real al cual nos es difícil tener acceso pleno. La palabra ha creado la ilusión de la reducción de la incertidumbre en el proceso de conocer, podemos confundir la palabra con el objeto y para colmo de males darle un sentido a partir de la lógica, de tal modo que pensamos que las cosas son así porque las pensamos de esa manera. Valga como ejemplo el tedioso afán en la Edad Media de invalidar la teoría heliocéntrica de Copérnico, al grado de condenar a Galileo por reivindicarla.

Si tenemos problemas a la hora de concordar sobre la realidad real, es más complejo ponernos de acuerdo sobre el mundo de las ideas. Lo asombroso es que a pesar de tantos atolladeros semánticos, podamos comprendernos. La terapia de pareja es el mejor reducto para zambullirnos en el confuso mundo de las palabras, son los desencuentros frenéticos entre esquemas, conceptos y significados traídos por cada uno de los cónyuges.