martes, 22 de agosto de 2017

Efectividad de la psicoterapia sistémica en el tratamiento de trastornos mentales



Efectividad de la psicoterapia sistémica en el tratamiento de trastornos mentales

Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.


Toda convicción es una cárcel.
Nietzsche




Cuando
 buscamos ayuda, esperamos recibir soluciones efectivas. Dar lo que sabemos hace bien es un principio ético fundamental, se relaciona con el primum non nocere: sobre todo no dañar. Por ejemplo, si se sabe que la Talidomida es un medicamento peligroso para una mujer en estado de gestación, los médicos dejarán de recetarla. Si se descubre una medicina mejor que aquella usada anteriormente, se desestimará el uso de la antigua para utilizar la nueva.

La ciencia es la encargada de verificar la validez y eficacia del conocimiento, propone un método fundamentado en la duda. Popper denominó a una de las características elementales del método científico: falsabilidad. Una teoría debe ser falsable, esto es, factible de ser contrastada con la experiencia. De la misma manera, las técnicas terapéuticas deben ser falsables[1].

Para evaluar la efectividad de un tratamiento se consideran los siguientes aspectos[2]:

a) especificidad: determinando cuáles son las conductas que mejoran
b) intensidad: grado de mejoría de las conductas
c) plazo: tiempo que requieren los síntomas para disminuir
c1) duración a corto plazo: si hay mejora mientras la persona está en tratamiento
c2) duración a largo plazo: si se mantiene la mejoría después de terminado el tratamiento
d) costes: si se presentan efectos secundarios, si ocurren abandonos de la terapia, rechazos
e) interacciones: se evalúa la interacción con otros tratamientos
f) balance: cómo es el resultado en comparación con otros tratamientos

El grado de efectividad de un sistema terapéutico depende de la calidad de los datos empíricos que posee. Las anécdotas, los estudios de casos y las apreciaciones de los psicoterapeutas no ofrecen datos confiables para considerarlos dentro de la evaluación de la eficacia. En ese sentido, sólo son confiables los datos provenientes de los siguientes lineamientos[3]:

a) han sido investigados con diseños experimentales rigurosos
b) se alcanzaron resultados significativos en comparación al grupo sin tratamiento, al placebo o a intervenciones alternativas. También se consideran los resultados coincidentes con un tratamiento previamente establecido como eficaz
c) los resultados tienen que haber sido constatados mínimamente por dos grupos de investigación independientes
d) el tratamiento debe estar descrito con prolijidad y se debe haber realizado un muestreo que permita la validez de los datos

Otra característica que se toma en cuenta para definir la efectividad de los tratamientos psicoterapéuticos es su utilidad clínica, la cual se compone de tres propiedades:

a) las técnicas deben ser reproducibles
b) los pacientes no deben sufrir daños colaterales
c) debe existir equilibrio entre los costes y los beneficios

Como es posible apreciar, se trata de procedimientos rigurosos, los cuales intentan establecer con la mayor precisión posible la pertinencia de la aplicación de las técnicas terapéuticas. Vale la pena recalcar que no todas las corrientes psicoterapéuticas admiten la evaluación de su quehacer, huelga decir que el psicoanálisis es el más reticente a la validación aludiendo que al interesarse por la subjetividad no es pertinente la efectividad[4]. Al contrario de esas posturas las escuelas sistémicas se han sometido a la validación de su efectividad.

Bados y García, elaboran una exhaustivo meta análisis sobre los estudios de eficacia y utilidad clínica, considerando tres indicadores: la mejor terapia alternativa, mejor que terapia no específica y mejor que no recibir terapia. Los resultados más interesantes son[5]:







1) Tratamientos con apoyo empírico para diferentes trastornos en adultos

Problema
Tratamientos eficaces y específicos
Tratamientos eficaces o posiblemente eficaces
Trastorno de pánico con agorafobia
Terapia cognitiva comportamental (TCC)
Exposición en vivo
Exposición más entrenamiento en comunicación de pareja.
TCC con ayuda de la pareja
Fobia y ansiedad social

- Exposición
- TCC - Terapia cognitiva
-Entrenamiento en habilidades sociales (posiblemente)
-Desensibilización sistemática (ansiedad social y miedo hablar en público)
Trastorno por estrés post-traumático
Exposición
TCC
Terapia cognitiva
Eye Movement Desensitization and Reprocessing
Inoculación de estrés (posiblemente)
Trastorno Obsesivo Compulsivo
Exposición más prevención de respuesta (EPR)
Terapia cognitiva
TCC
EPR asistida por familia y relajación
Estrés
Inoculación de estrés

Depresión mayor
Terapia cognitiva
Terapia interpersonal 
Curso de afrontamiento de la depresión (TCC)
Programación de actividades Terapia de autocontrol
Terapia solución problemas 
Terapia meta cognitiva
Terapia dinámica breve (posiblemente)
Terapia sistémica[6] (posiblemente)
Trastorno bipolar
Psicoeducación
Terapia familiar y marital
TCC

Conflicto marital
Terapia marital conductual
TCC 
Terapia cognitiva
Terapia pareja centrada en emociones
Terapia marital orientada al insight 
Terapia sistémica
Anorexia
Terapia cognitiva más rehabilitación nutricional
Terapia familiar (posiblemente)
TCC (posiblemente)
Bulimia
TCC
Terapia interpersonal (posiblemente)
Obesidad

TCC con hipnosis
Trastorno de personalidad limítrofe

Terapia psicodinámica breve
Terapia conductual dialéctica
Esquizofrenia
Terapia psicológica integrada (tipo TCC)
Terapia familiar conductual Terapia familiar de apoyo a largo plazo
Programas conductuales de aprendizaje social y economía de fichas
Entrenamiento en Habilidades Sociales
 TCC
Entrenamiento para vivir en la comunidad
Terapia familiar sistémica  Terapia grupal de apoyo (pe)

2) Tratamientos con apoyo empírico para diferentes trastornos en niños (N) y adolescentes (A)
Problema
Tratamientos eficaces y específicos
Tratamientos eficaces o posiblemente eficaces
Trastornos de ansiedad

TCC
TCC con participación de la familia
Fobias
Modelado participante Práctica reforzada  Desensibilización en vivo
Desensibilización imaginal
Modelado en vivo o filmado
TCC
Escenificaciones emotivas (posiblemente)
Depresión

CC (N) 
Curso de afrontamiento depresión más entrenamiento en habilidades (A)
Terapia interpersonal (A)
Trastorno negativista desafiante
Entrenamiento de Padres basado en vivir con hijos
Entrenamiento de Padres mediante modelado en vídeo
Terapia de afrontamiento de la ira 
Entrenamiento en asertividad –
TCC, terapia racional-emotiva –
Programa prevención de delincuencia –
Terapia familiar funcional  Terapia sistémica 
Terapia de interacción padres-hijos
 Entrenamiento en Resolución de Problemas
Tiempo fuera
Enuresis
Alarma ante la orina  Entrenamiento en cama seca
Entrenamiento conductual de amplio espectro en el hogar
Encopresis

Modificación de conducta más tratamiento médico

Esta visión de la efectividad de distintas psicoterapia permite asimilar los alcances y límites de las intervenciones sistémicas comparadas con otras terapias. A continuación revisaré algunos estudios de evaluación exclusiva de la eficacia de las terapias con enfoque sistémico.

Un meta análisis relativamente reciente[7], comparó el impacto de la Terapia Familiar Sistémica (TFS) en los siguientes trastornos: ansiedad, estado de ánimo, alimentación, uso de sustancias y esquizofrenia. Considerando que los reportes de eficacia indican un 70% de la TFS  en publicaciones desde el 2000, sobre todo cuando se compara con grupos que no recibieron ningún tratamiento, disminuye su efectividad cuando se compara con otros tratamientos, se recurrió a especificar los trastornos en vez de evaluarla de manera global. Se encontró que la TFS es eficaz sobre todo con los trastornos de alimentación, trastornos del ánimo, trastorno obsesivo compulsivo y esquizofrenia, encontrándose evidencia relativa con los trastornos somatomorfos. La validación de la TFS en relación a la depresión, muestra que no es un recurso lo suficientemente eficaz. No existe suficiente evidencia sobre su efectividad en el tratamiento de los trastornos de ansiedad y las adicciones. Otro hallazgo importante fue el referido a la efectividad de la TFS y la edad de los pacientes: los jóvenes se benefician más que los adultos. También se evidenció que la TS es efectiva cuando se trabaja con familias disfuncionales. Otra conclusión es que la mayoría de los pacientes no rechaza ser tratado con las técnicas de la TS, manifestando satisfacción.

La investigación sobre la efectividad de la terapia concierne a la verificación de los resultados en la resolución de los problemas de las personas que acuden a los servicios psicoterapéuticos. La psicoterapia debe  ceñirse al principio ético de beneficencia, esto es, sobre todo no dañar. De tal manera que la experiencia terapéutica de los pacientes les beneficie de alguna manera con el menor costo posible y con la suficiente brevedad. Los estudios más rigurosos han recurrido a  estudios comparativos con un grupo que no recibió psicoterapia como el realizado por la US Health Maintenance Organization (HMO[8]).

La HMO validó la eficiencia de cuatro psicoterapias: (1) Terapia de pareja; (2) Terapia familiar con paciente identificado; (3) Terapia familiar sin paciente identificado; (4) Terapia individual y se añade (5) comparación con grupo de asistentes al HMO que no recibieron ningún tipo de terapia.

Se llevaron a cabo tres estudios, el primero consistió en una selección aleatoria de grupos de personas que requirieron apoyo psicológico complementario para sus problemas de salud, fueron 564 personas,  recibieron distintos tipos de psicoterapia siendo comparados por seis meses antes de la terapia, seis meses después de la terapia y un año después de haber sido sometidos a terapia. Los resultados mostraron un  decremento significativo de los problemas psicológicos un año después de haber recibido psicoterapia. En el caso de la terapia de pareja, el 21% manifestó mejoras, la terapia familiar sin paciente identificado expresó el 30% de mejora. Las terapias menos eficaces fueron la terapia familiar centrada en un paciente 9,5%) y la terapia individual (10%).

El segundo estudio hizo referencia al seguimiento de 65 pacientes después de seis meses de haber recibido terapia. Se trataba de pacientes con problemas en diferenciar sus problemas de salud de las somatizaciones. Las psicoterapias individuales fueron efectivas en el 48% de los casos y las familiares el 57%, el 52% se beneficiaron con la terapia de pareja.

El tercer estudio hizo referencia a las características de los profesionales que obtuvieron mayor efectividad. Se encontró que aquellos con entrenamiento en psicoterapia obtuvieron mejores resultados que aquellos que no realizaron cursos de especialización.

En otra investigación realizada en Kansas[9], se verificaron los costos de familias con un adolescente diagnosticado con trastorno de conducta. Se estimó el impacto de los gastos realizados en 3753 familias. Los resultados mostraron que 3086 familias recurrieron a terapia individual, con un costo promedio de 16200 U$. 503 recibieron terapia familiar en un consultorio, con un costo promedio de 11116 U$. Finalmente, 164 fueron sometidos a terapia familiar en sus hogares, con un costo promedio de 1622 U$.

La efectividad de la Terapia Centrada en el Problema (TCP) ha sido evaluada el 2000 y el 2009 a partir de veinte meta análisis en terapias de pareja y familia considerando los conflictos resultantes del ciclo vital de la familia[10]. Se visaron los siguientes problemas: relaciones de pareja estresantes, problemas psicosexuales, violencia doméstica, trastornos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo, abuso de alcohol, esquizofrenia y adaptación a enfermedades crónicas.

Los resultados mostraron lo siguiente:

a) Relaciones de pareja estresantes: 80% de mejoras en las parejas tratadas con TCP. En los casos de Terapia de Pareja Centrada en las Emociones (TPCE) el mejor predictor fue la fuerza de la alianza con el terapeuta y la creencia de la mujer en que su pareja aún se preocupa por ella. La Terapia de Pareja Comportamental (TPC) se manifiesta efectiva en parejas jóvenes. Por su parte la terapia de pareja orientada al Insight, demostró que solamente el 3% se divorciaron después de la experiencia, mientras que el 38% de las sometidas a TPC terminaron en divorcio.

b) Problemas psicosexuales: En los casos de deseo sexual disminuido, la terapia más efectiva es la Terapia Cognitiva Comportamental (TCC) con un alcance de efectividad oscilante entre el 50 al 70%. En el trastorno orgásmico femenino, las técnicas más efectivas son la masturbación directa combinada con ejercicios de focalización sensitiva. Los trastornos asociados al dolor en mujeres como el vaginismo y la dispareunia han sido tratados efectivamente con técnicas conductuales y cognitivas principalmente el uso de la Desensibilización Sistemática. En casos de disfunción eréctil se ha comprobado mayor efectividad cuando se combina el Sildenafil con TCC, lo propio acontece con la eyaculación precoz, la terapia farmacológica combinada con ejercicios conductuales deriva en mejores resultados que los alcanzados con intervenciones que sólo introducen una de las terapias.

c) Violencia doméstica: La terapia de pareja ha demostrado ser eficiente en su erradicación. Sin embargo, cabe señalar que su eficiencia se supedita a que la pareja haya decidido continuar junta y que la persona violenta acepte un compromiso de no agresión. Los recursos terapéuticos más útiles incluyen: el agresor asume la responsabilidad por la violencia, técnicas de Terapia Centrada en las Soluciones, cambios de creencias, modificación de las distorsiones cognitivas que justifican la violencia, entrenamiento en el manejo de la ira, entrenamiento en comunicación y habilidades para resolver problemas y prevención de recaídas.

d) Desórdenes de ansiedad: la Terapia Familiar Sistémica ha demostrado ser efectiva en dos trastornos de ansiedad: el trastorno de angustia con agorafobia y el trastorno obsesivo compulsivo.

e) Trastornos del estado de ánimo: el objetivo de la Terapia Familiar es la reducción del estrés en la familia con algún miembro deprimido. La TCP no es lo suficientemente efectiva aplicada a la depresión en comparación con la TCC combinada con antidepresivos, se ha obtenido un 65% de eficacia ante el 25% conseguido por el tratamiento farmacológico sin apoyo psicológico. La Terapia Sistémica de Pareja posee altos índices de efectividad en el tratamiento de la depresión de uno de los cónyuges, encontrándose que resulta más efectiva que el tratamiento con medicamentos[11]. La Terapia Familiar fundamentada en el modelo de McMaster resulta efectiva en el tratamiento de la depresión cuando se combina con antidepresivos y TCC. También ha demostrado efectividad la Terapia de Pareja Centrada en las Emociones (TPCE). En cuanto al trastorno bipolar, el primer recurso efectivo es el farmacológico, el objetivo de la Terapia Familiar Sistémica es evitar la recaída del paciente y la mejora de su calidad de vida además de coadyuvar a la adherencia al tratamiento. Ha demostrado ser efectiva en el manejo del estrés familiar y en los procesos de adaptación de la familia a los problemas del paciente bipolar.

f) Abuso del alcohol: una de las medidas más efectivas en el tratamiento es el trabajo comunitario combinado con Terapia Familiar[12], comparado con otras formas de abordaje, resulta 60% más efectivo. Indudablemente el apoyo familiar y de la pareja permite una recuperación más probable, en cuanto a las técnicas terapéuticas conyugales, la Terapia de Pareja Comportamental ha demostrado ser una de las más indicadas[13].  Una nueva tendencia en el enfoque sistémico desarrollada en el Reino Unido ha sido la Terapia del Comportamiento y Red Social (Social Behaviour and Network Therapy, SBNT)[14] permite el apoyo de las redes sociales y el aprendizaje de técnicas de afrontamiento en personas con problemas con el consumo del alcohol.

g) Esquizofrenia: considerando que es consecuencia de alteraciones bioquímicas y neurológicas con origen genético, la psicoterapia no hace mella en la reducción de los síntomas asociados a la psicosis, sin embargo ayuda en el apoyo familiar y en favorecer una buena calidad de vida a los pacientes. La Terapia Familiar Sistémica ha sido pionera en el desarrollo de programas educativos para la familia[15]. Actualmente varios estudios sobre la efectividad de estos programas han demostrado un alto grado de credibilidad[16].

h) Enfermedades crónicas: la investigación sobre la efectividad de la Terapia Sistémica en la adhesión al tratamiento, manejo del dolor y adaptación a la enfermedad, se ha realizado principalmente en casos de demencia, enfermedades cardíacas, cáncer, dolor crónico, artritis y lesiones cerebrales. La validación de la efectividad ha demostrado que la Terapia de Pareja es mejor que la Terapia Familiar[17].

Uno de los estudios más recientes ha sido el meta análisis realizado por Pinquart, Oslejsek, y Teubert el 2016. Tomaron en cuenta los siguientes problemas: trastorno de ansiedad, trastorno del estado del ánimo, trastorno alimenticio, abuso de sustancias, esquizofrenia, trastorno obsesivo compulsivo y trastorno somatomorfo. La investigación se realizó sobre diseños con grupo control, además se interesaron por estudios que consideraron la aplicación de Terapia Sistémica pura en vez de aquellas donde se la combina con otras técnicas incluyendo la farmacológica. Se revisaron publicaciones de 1977 al 2013, un total de 71 artículos[18]. Los resultados mostraron un crecimiento de la efectividad con el transcurrir de los años, alcanzando de manera general un 70%.

Los estudios de meta análisis sobre la efectividad de la Terapia Familiar (TF) y la Terapia de Pareja (TP) se han realizado desde 1987[19] debido a la proliferación de terapeutas sistémicos. En aquella época se encontraron 178 estudios, los resultados señalaban la eficacia y eficiencia de la terapia familiar siempre y cuando se la empleaba complementando otras terapias, era menos exitosa que la terapia individual, aumentaba su efectividad si se trataba a todos los componentes de la familia y resultaba idónea en situaciones de crisis.

Uno de los problemas en los estudios de efectividad consiste en los criterios clínicos de la resolución del trastorno. Sexton y Turner estudiaron la efectividad de la TF en una población de jóvenes infractores de la ley, establecieron como criterio de éxito la adherencia al tratamiento, riesgo de incidencia e identificación de los factores de protección[20]. Estos criterios asumen que la terapia será eficiente siempre y cuando el paciente identificado después del tratamiento se ajuste a ellos. Otra manera de validad la TF ha sido compararla con el tratamiento individual, por ejemplo, un equipo de investigadores revisó la efectividad en un grupo de pacientes adictos a sustancias ilícitas, los resultados mostraron que ambas formas de abordaje otorgaban similares resultados[21].

La tendencia actual, impone utilizar varios criterios y no solamente aquellos establecidos por los manuales estadísticos[22]. En ese sentido, en un trabajo más reciente (Darwiche, y Roten), no solamente se evalúo la efectividad sino la calidad del tratamiento, por lo que se consideraron tres niveles de análisis[23]:

I: Informes de tratamientos basados en la evidencia: hace referencia únicamente a aquellos informes con evidencia empírica, este nivel no especifica el modelo terapéutico utilizado y se centra en una sola medida en lugar de múltiples conduciendo a varios sesgos de análisis.
II: Informes basados en la evidencia de tratamientos con antecedentes de resultados que prometen efectividad: los límites de este tipo de informes consisten en la poca cantidad de estudios y problemas metodológicos, usualmente referidos a evaluaciones rigurosas de un solo estudio o varios estudios con pobre rigurosidad.
III: Tratamientos basados en la evidencia: hacen referencia a tratamientos bien desarrollados, son sustentados con investigaciones de alta calidad, mostrando que los resultados obtenidos por el modelo terapéutico puede ser replicado en distintos entornos. Entre las ventajas de este tipo de pesquisas está la presencia de un protocolo de intervención, la posibilidad de medida de la integridad del tratamiento, detalles sobre los problemas de los pacientes y el contexto de prestación de servicios, además de la validez de los resultados clínicos. Este nivel posee tres categorías de análisis:
a) la fuerza de la evidencia: informes que obtuvieron resultados satisfactorios del grupo que recibió TF en comparación a la ausencia de tratamiento y a otro que recibió un tratamiento alternativo.
b) procedimientos de cambio: tratamientos que muestran una vinculación entre la teoría del cambio del modelo y los resultados obtenidos.
c) eficacia contextual: tratamientos que poseen el potencial de ser generalizables debido a que ofrecen resultados positivos en diferentes grupos con diferentes problemas clínicos en varios contextos de prestación de servicios.

La guía de validación de la efectividad de Sexton y Turner ha demostrado ser un excelente recurso de criterios para considerar la evaluación de las terapias, puesto que no solamente se centra en los aspectos señalados por los manuales estadísticos.

El tratamiento psicológico de los problemas infantiles y de los adolescentes, entraña niveles de dificultad distintos a los referidos al manejo de adultos. De ahí la emergencia de identificar los modelos terapéuticos más eficientes. La TF suele ser indicada a menudo como un recurso de intervención en este tipo de casos. Sydow y sus colaboradores[24] llevaron a cabo un meta análisis sobre informes acerca de la validación de la TF sistémica aplicada a niños y adolescentes con problemas.  Se consideraron sólo los reportes que utilizaron una distribución aleatoria de los grupos en tratamiento comparados con grupos control, evaluando tratamientos sistémicos de diversas formas: familia, individual, grupal y terapia de grupo multifamiliar con pacientes niños y adolescentes, comprendidos entre 0 a 17 años, diagnosticados con algún trastorno mental según criterios del DSM o el CIE y conceptos clínicos válidos hasta finales del 2011. Se consideraron 47 artículos provenientes de Estados Unidos, Europa y China. Los trastornos identificados fueron: trastornos por déficit atencional, trastornos de conducta y trastornos por uso de substancias. Los resultados se estimaron estables durante el seguimiento de 14 años.

Los resultados han mostrado un alto nivel de efectividad de la Terapia Sistémica en el tratamiento de los trastornos infantiles y juveniles atendidos, independientemente a la forma utilizada. No se encontraron contraindicaciones o efectos adversos cuando se aplicó la TF. La adhesión al tratamiento y la evitación de recaídas es superior a otro tipo de aproximaciones terapéuticas. Se ha observado un alto grado de efectividad en el tratamiento de la delincuencia juvenil, 42 de 47 estudios coincidieron en la efectividad de la TF em comparación a grupos de control tratados con intervenciones psicosociales, terapia individual, terapia de grupo e intervenciones psicoeducativas. La Terapia Sistémica resulta eficiente en múltiples contextos y diversos trastornos: síntomas primarios y secundarios, conflictos familiares, problemas con el sistema judicial y rendimiento escolar. Se encontró que los efectos de la Terapia Sistémica no solamente se mantienen después de 6 a 12 meses de realizado el tratamiento, sino que existen informes que señalan la mantención del cambio hasta después de 23 años. Es una terapia que resulta más efectiva con pacientes de Estados Unidos que con los europeos. Las recaídas y la desobediencia al tratamiento son más frecuentes en pacientes pertenecientes a grupos minoritarios. La Terapia Sistémica resulta efectiva tanto en varones como en mujeres. Finalmente al ser una terapia breve resulta en menores costos para los pacientes.

La TFS
 ha sido ampliamente utilizada para resolver problemas infantiles. Uno de los meta análisis más citados es el realizado por Carr el 2009[25]. Hace referencia a la validación de la efectividad de la TF aplicada a los siguientes ámbitos de los trastornos infantiles: trastornos del sueño, trastornos de la conducta alimentaria,  y problemas del apego. A ellos se suman los problemas de abuso y negligencia: abuso psicológico y negligencia y abuso sexual. Finalmente se consideraron los problemas de conducta y los trastornos de la atención. Se añadieron los problemas de adolescentes: adicciones a sustancias y trastornos de alimentación.

Los resultados más interesantes son los siguientes:

a) En relación  a los trastornos del sueño: las terapias más efectivas son las fundamentadas en el modelo cognitivo comportamental. La TFS combinada con terapia farmacológica tiene éxito a largo plazo.

b) En cuanto a los trastornos de la conducta alimentaria: incluyen el rechazo de alimentos, las dificultades de autoalimentación, los problemas de deglución y los vómitos frecuentes, la efectividad recae en programas comportamentales.

c) Trastornos del apego: la TFS es efectiva en modificar el apego inseguro, centrándose en las conductas de protección de las madres.

d) En los problemas asociados al abuso y negligencia la TFS es significativamente efectiva.

e) Cuando se presenta abuso sexual, la terapia cognitiva comportamental es eficaz en la reducción de los síntomas de estrés pos traumático.

f) Los problemas de conducta y déficits de atención son resueltos con programas comportamentales dirigidos a los padres.

g) En las adicciones a sustancias, la TFS ha demostrado ser más eficiente que otras formas de intervención.

h) En los trastornos de ansiedad se consideran los siguientes problemas: ansiedad por separación, fobias, trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo compulsivo y trastorno por estrés pos traumático. La TFS resulta ser menos efectiva que el tratamiento individual asentado en el modelo cognitivo comportamental.

i) Cuando se suscita deserción escolar, la TFS ha demostrado ser más efectiva que otras terapias, sobre todo si se combina con entrenamiento en relajación, afrontamiento y desarrollo de habilidades sociales.

j) La TFS ha demostrado ser efectiva en el tratamiento con niños con trastorno obsesivo compulsivo, principalmente la terapia familiar con técnicas de exposición y aquella que recurre a técnicas de prevención de los síntomas.

k) El manejo de la depresión mayor no es un área de efectividad de la TFS, lo es la TCC. Sin embargo la terapia de grupo y el apoyo a la familia resultan ser recursos efectivos cuando se utiliza el enfoque sistémico.

l) La TFS ha demostrado su efectividad en el tratamiento del duelo.

ll) La terapia farmacológica es la más efectiva en el tratamiento del trastorno maníaco depresivo, la TFS ha demostrado ser efectiva en la psicoeducación de la familia.

m) Seis estudios de meta análisis demuestran la efectividad de la TFS en el manejo del intento suicida en adolescentes.
n) La TFS ha demostrado efectividad en el tratamiento de los trastornos de alimentación. Más aún cuando combinada con terapia de grupo y TCC

ñ) Las técnicas de entrenamiento en el reconocimiento de la alarma para la micción y la defecación asociadas a la TCC han resultado efectivas para el tratamiento de la enuresis y la encopresis.

o) El tratamiento del asma infantil resulta más efectivo si se acompaña de TFS

p) El manejo del tratamiento de la diabetes se fortalece generando mejor adhesión al tratamiento y disciplina en los hábitos cuando se trabaja con TFS.

Para concluir, vale la pena hacer referencia a la efectividad de la Terapia Narrativa (TN), lamentablemente existe escases de informes al respecto, quizás porque priman los reportes cualitativos, muchos de ellos asentados en la investigación etnográfica[26] y en reportes de estudios de casos en los cuales prima el testimonio de los pacientes[27]. Acontece también que la TN pertenece a la epistemología constructivista y por ende rechaza cualquier atisbo de positivismo por lo tanto rechaza las evaluaciones de efectividad basadas en criterios cuantitativos[28].

Las personas que buscan ayuda psicoterapéutica confían en el trabajo de los terapeutas. Sin embargo, en Bolivia no existen estudios sobre la efectividad de los tratamientos psicológicos. Aún la psicoterapia en nuestro país adolece de evidencias que permitan ofrecer sistemas terapéuticos confiables. La revisión de las investigaciones acerca de la efectividad de la TFS en otras latitudes muestra la importancia de revisar los modelos que la sustentan para ofrecer servicios idóneos. Debemos impulsar el desarrollo de investigaciones sobre nuestro quehacer terapéutico en este contexto, definir con precisión las técnicas y protocolos utilizados por los terapeutas de cualquier línea epistemológica para construir modelos terapéuticos que puedan responder a las necesidades de nuestros pacientes.





[1] Para los conceptos de este ensayo, recurriré principalmente al trabajo de Ballesteros (2015)[1] quien analiza la efectividad de los tratamientos psicológicos en su tesis doctoral.
[2] Marks, I.M. y O´Sullivan, G. (1992). Psicofármacos y tratamientos psicológicos en la agorafobia/pánico
y en el trastorno obsesivo-compulsivo. En: Echeburúa, E. (Ed.), Avances en el tratamientos
psicológico de los trastornos de ansiedad (pp. 97-114). Madrid: Pirámide.
[3] Barlow, D.H. (1996). Health care police, psychotherapy research, and the future of psychotherapy. American Psychologist, 51, 1050-1058.
[4] Se puede revisar: Lunsky, L. L. (1966). Science and Psychoanalysis. Archives of Internal Medicine, 117(5), 733-733; Erwin, E. (2015). Psychoanalysis and philosophy of science: basic evidence. In Philosophy, Science, and Psychoanalysis. A critical meeting (pp. 37-58); Fusella, P. (2014). Hermeneutics versus science in psychoanalysis: A resolution to the controversy over the scientific status of psychoanalysis. The Psychoanalytic Review, 101(6), 871-894; García, J. E. (2003). La psicología científica y los cuestionamientos al psicoanálisis. Neo-Skepsis, Nº, 6.
[5] A partir de los datos de: Bados López, A., García Grau, E., & Fusté Escolano, A. (2002). Eficacia y utilidad clínica de la terapia psicológica. International Journal of Clinical and Health Psychology, 2(3). Páginas: 39-40
[6] Los resultados que atañen a la terapia sistémica están escritos con letras cursivas.
[7] Pinquart, M., Oslejsek, B., & Teubert, D. (2016). Efficacy of systemic therapy on adults with mental disorders: A meta-analysis. Psychotherapy Research, 26(2), 241-257.
[8] Russell Crane, D. (2008). The cost‐effectiveness of family therapy: a summary and progress report. Journal of Family Therapy, 30(4), 399-410.
[9] Crane, D. R., Hillin, H. H. and Jakubowski, S. (2005) Costs of treating conduct disordered Medicaid youth with and without family therapy. The American Journal of Family Therapy, 33: 403–413.
[10] Carr, A. (2009). The effectiveness of family therapy and systemic interventions for adult‐focused problems. Journal of family therapy, 31(1), 46-74.
[11] Leff, J., Vearnals, S., & Brewin, C. R. (2002). The London Depression Intervention Trial: Randomised Controlled Trial of Antidepressants v. Couple Therapy in the Treatment and Maintenance of People With Depression Living With a Partner: Clinical Outcome and Costs. Year Book of Psychiatry and Applied Mental Health, 2002(1), 115-116.
[12] Roozen, H. G., Boulogne, J. J., van Tulder, M. W., van den Brink, W., De Jong, C. A., & Kerkhof, A. J. (2004). A systematic review of the effectiveness of the community reinforcement approach in alcohol, cocaine and opioid addiction. Drug and alcohol dependence, 74(1), 1-13.
[13] O'Farrell, T. J., & Fals‐Stewart, W. (2003). Alcohol abuse. Journal of Marital and family Therapy, 29(1), 121-146.
[14] UKATT Research Team. (2001). United Kingdom Alcohol Treatment Trial (UKATT): hypotheses, design and methods. Alcohol and alcoholism (Oxford, Oxfordshire), 36(1), 11.
[15] Hogarty, G. E., Anderson, C. M., Reiss, D. J., Kornblith, S. J., Greenwald, D. P., Javna, C. D., & Madonia, M. J. (1986). Family psychoeducation, social skills training, and maintenance chemotherapy in the aftercare treatment of schizophrenia: I. One-year effects of a controlled study on relapse and expressed emotion. Archives of general psychiatry, 43(7), 633-642.
[16] Por ejemplo: Pfammatter, M., Junghan, U. M., & Brenner, H. D. (2006). Efficacy of psychological therapy in schizophrenia: conclusions from meta-analyses. Schizophrenia bulletin, 32(suppl_1), S64-S80; Pharoah, F., Mari, J. J., Rathbone, J., & Wong, W. (2010). Family intervention for schizophrenia. The Cochrane Library; McFarlane, W. R., Dixon, L., Lukens, E., & Lucksted, A. (2003). Family psychoeducation and schizophrenia: a review of the literature. Journal of marital and family therapy, 29(2), 223-245.
[17] Campbell, T. L., & Patterson, J. M. (1995). The effectiveness of family interventions in the treatment of physical illness. Journal of Marital and Family Therapy, 21(4), 545-583; Campbell, T. L. (2003). The effectiveness of family interventions for physical disorders. Journal of Marital and family Therapy, 29(2), 263-281.
[18] Pinquart, M., Oslejsek, B., & Teubert, D. (2016). Efficacy of systemic therapy on adults with mental disorders: A meta-analysis. Psychotherapy Research, 26(2), 241-257.
[19] Hazelrigg, M. D., Cooper, H. M., & Borduin, C. M. (1987). Evaluating the effectiveness of family therapies: An integrative review and analysis.
[20] Sexton, T., & Turner, C. W. (2010). The effectiveness of functional family therapy for youth with behavioral problems in a community practice setting. Journal of Family Psychology, 24(3), 339.
[21]Szapocznik, J., Kurtines, W. M., Foote, F. H., Perez-Vidal, A., & Hervis, O. (1983). Conjoint versus one-person family therapy: Some evidence for the effectiveness of conducting family therapy through one person. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 51(6), 889.
[22] Vale la pena revisar la crítica de la TF con el DSM V: Lebow, J. L. (2013). DSM‐V and Family Therapy. Family process, 52(2), 155-160.
[23] Darwiche, J., & Roten, Y. (2015). Couple and family treatments: Study quality and level of evidence. Family Process, 54(1), 138-159.
[24] Sydow, K., Retzlaff, R., Beher, S., Haun, M. W., & Schweitzer, J. (2013). The efficacy of systemic therapy for childhood and adolescent externalizing disorders: A systematic review of 47 RCT. Family Process, 52(4), 576-618.
[25] Carr, A. (2009). The effectiveness of family therapy and systemic interventions for child‐focused problems. Journal of family therapy, 31(1), 3-45.
[26] Etchison, M., & Kleist, D. M. (2000). Review of narrative therapy: Research and utility. The Family Journal, 8(1), 61-66.
[27] O'connor, T. S. J., Meakes, E., Pickering, M. R., & Schuman, M. (1997). On the right track: Client experience of narrative therapy. Contemporary Family Therapy, 19(4), 479-495.
[28] Por ejemplo: COULEHAN, R., FRIEDLANDER, M. L., & HEATHERINGTON, L. (1998). Transforming narratives: A change event in constructivist family therapy. Family Process, 37(1), 17-33.

jueves, 27 de julio de 2017

El diagnóstico diferencial en psicoterapia sistémica



El diagnóstico diferencial en Psicoterapia Sistémica

Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.



La duda no es una condición placentera
pero la certeza es absurda.
Voltaire


Cuando
 Freud recibió un joven de catorce años con tics, dolores de cabeza, mareos y vómitos diagnosticó histeria. Lamentable para el muchacho pues moriría al poco tiempo. Freud no consideró la posibilidad de daño neurológico, se trataba probablemente de un caso de lesión del cerebelo[1].

Es frecuente que los psicoterapeutas se preocupen en la intervención y en la comprensión de los casos desde un modelo teórico, dejando de lado o dedicándole poco tiempo al discernimiento del diagnóstico. A esto se suma en algunos casos de formación académica insuficiente la carencia de conocimientos en psicopatología y neuropsicología.

En nuestro medio son más alarmantes las deficiencias en los criterios diagnósticos infantiles. Fácilmente se cometen errores que van en desmedro de la vida de las familias consultantes. Un hecho preocupante es la proliferación de niños con Trastorno de Atención e Hiperactividad, no se trata de un incremento de esta patología, sino de la tendencia de diagnosticarla, sin considerar otros factores asociados a la manifestación de la sintomatología del supuesto TDAH.

Es curioso que el modelo sistémico se haya instalado inicialmente en la neuropsicología antes que en la psicología clínica y que los clínicos se olviden del cerebro a la hora de trabajar con sus pacientes. En la época freudiana ceñida por tabúes sexuales y creencias esotéricas, era plausible la sorpresa ante fenómenos comportamentales extraordinarios y la carencia de conocimientos científicos derivaba en explicaciones ridículas aunque lógicas. La famosa Ana O. probablemente era víctima de un cuadro neuropatológico y fue el baluarte del naciente psicoanálisis, pocos fueron los que señalaron que nunca se curó.

Si una psicoterapia no es eficiente, algo se está haciendo mal. No caigamos en las justificaciones freudianas según las cuales la responsabilidad es del paciente sosteniéndose en la absurda concepción de la resistencia. No señores, si la terapia no genera cambio quien está haciendo algo mal es el terapeuta. El primer procedimiento que se debe revisar es el diagnóstico. Lamentablemente venido a menos por las corrientes psicológicas posmodernas y su crítica al positivismo, sin recordar la célebre frase: “después de bañar al bebé, recuerda de no arrojarlo junto con el agua sucia”.

Antes de dar algunos ejemplos de mi práctica clínica, quiero explicar en qué consiste el proceder del diagnóstico diferencial. Primero, ¿qué es un diagnóstico? Proviene del griego διάγνωση (diagnosis), significa “a través del conocimiento”, el latín renacentista lo entendió como la capacidad de discernimiento del cual se deriva el juicio sobre un problema. En medicina el diagnóstico permite la explicación de la manifestación de una enfermedad. En  psicología  clínica se utiliza la palabra psicodiagnóstico como referencia a la evaluación con el fin de identificar los factores  psicológicos asociados al padecimiento emocional-afectivo de los pacientes.

El psicodiagnóstico ha estado vinculado a la psicometría, es decir, se considera plausible establecer la presencia de anomalías psicológicas utilizando recursos estadísticos, tal es el caso del extendido uso del Inventario Multifásico de Personalidad de Minessota (MMPI) el test de depresión de Hamilton, el test de depresión de Beck, etcétera. Sin embargo, también se recurre a técnicas fundamentadas en la teoría psicoanalítica con el uso de las denominadas pruebas proyectivas, como el Test de Apercepción Temática (TAT) o el Rorschach.

La situación se complica cuando se utiliza el término para referirse al diagnóstico en ámbitos ajenos al clínico, como en la educación o el trabajo. En España se acuña la siguiente definición: “El psicodiagnóstico o evaluación psicológica es el proceso de recogida de información a través de una serie de instrumentos (entrevistas, autoinformes, observación, registros, test o técnicas proyectivas) con la finalidad de alcanzar un objetivo (selección, orientación, cambiar comportamientos)”[2].

Lamentablemente se llevaron a cabo infinidad de críticas a la validez de los procedimientos de evaluación, principalmente a los relacionados con las pruebas proyectivas[3]. Las corrientes psicoanalíticas resolvieron su problema descalificando los criterios clínicos del DSM y del CIE10, planteando sus propios referentes psicopatológicos, niegan por ejemplo los trastornos de personalidad y consideran psicosis a manifestaciones que no corresponden a los criterios universales para su determinación[4].

El ámbito donde más conflicto se ha producido es en la Psicología Jurídica, puesto que el peritaje psicológico fundamentado en pruebas fácilmente es descalificado por los abogados y jueces. Eso ha derivado en mejorar la experticia en las entrevistas. Indudablemente la situación se vuelve más álgida en el caso de evaluar niños víctimas de maltrato. En nuestro medio uno de los problemas es la formación de los psicólogos que trabajan en el ámbito leal, no todos ellos tienen la especialidad; por ello, utilizan recursos clínicos en los procedimientos forenses. Cuando los fines de la evaluación son distintos.[5]

La finalidad de un psicodiagnóstico clínico es determinar con la mayor precisión posible la presencia de indicadores psicopatológicos y los factores coadyuvantes para establecer el procedimiento psicoterapéutico indicado. Mientras que en el ámbito legal el objetivo es el análisis de las consecuencias jurídicas de los trastornos psicológicos.

En el trabajo psicoterapéutico, éste debe estar determinado por el diagnóstico previo. Debemos estar seguros que nuestras intervenciones resolverán o aliviarán el malestar de los consultantes. Una intervención psicoanalítica de ninguna manera iba a resolver el daño neurológico del adolescente que atendió Freud.

Ahora bien, el diagnóstico diferencial hace alusión justamente a identificar cuáles son las causas pertinentes para la manifestación de determinada sintomatología. Se pretende excluir las causas asociadas a expresiones semejantes a las presentadas por el paciente.

Veamos un ejemplo común en la atención de trastornos del lenguaje en niños. Tenemos cuatro niños de siete años. Les pedimos que digan la palabra cocodrilo, los tres la pronuncian de la misma manera: /cocoyilo/, pasa lo mismo con otras palabras que requieren la pronunciación de la “r” intermedia. El primer niño, además de no lograr la pronunciación correcta, es incapaz de coordinar movimientos lo que conlleva a la hipótesis diagnóstica de una disartria. El segundo niño, no es capaz de reconocer objetos con el tacto (aesterognosia) ni a colocar la lengua en posiciones que se le piden, lo cual ocurre por un trastorno cinestésico. El tercer niño no presenta alteraciones en la motricidad pero sí una malformación en la lengua, por lo tanto adolece de una disglosia. El último padece la dificultad de pronunciación asociada a un retraso en su desarrollo general.

En otro caso, se trata de tres muchachas adolescentes que manifiestan síntomas asociados a la anorexia nerviosa. Sin embargo la primera no cumple el criterio de rechazar el alimento, estudios posteriores identifican una lesión hipotalámica. La segunda solamente se empecina en considerarse obesa, luego se reconoce un tumor en el lóbulo parietal derecho asociado a un trastorno dismórfico corporal. La tercera sí cumple los criterios de la anorexia nerviosa.

Generalmente las personas que buscan ayuda psicológica lo hacen convencidos de que su problema tiene raíces afectivas o porque son derivados por familiares o profesionales que consideran como causa del malestar factores psicológicos. Partamos de un principio: los especialistas en psicología somos los psicólogos. Lastimosamente el saber psicológico se ha popularizado, mucha gente piensa desde el sentido común como si éste fuera conformado por la ciencia del comportamiento. La mayoría de los profesionales del ámbito de la salud y de la educación posee muy básicos conocimientos de psicología, y éstos además colindan con las psicologías del siglo IXI.

El psicoterapeuta debe recibir con mucha cautela el autodiagnóstico psicológicos de sus pacientes y los emitidos por profesionales ajenos a nuestra ciencia. Es interesante la proliferación de ciertas psicopatologías durante épocas. Hace veinte años estaba de moda el trastorno limítrofe de la personalidad, éste dio paso al trastorno bipolar. En relación a los niños huelga decir la inusitada frecuencia del TDAH y del acoso escolar (bullying). En el ámbito de la terapia de pareja el autodiagnóstico favorito era el de “problemas de comunicación”, ahora es “relación tóxica” y en terapia familiar “familia disfuncional”.

También es usual la manifestación de autodiagnósticos como si éstos fueran explicaciones del problema. Es fatal la inserción de falacias psicológicas como el concepto de “autoestima”, tan frecuente en los informes pedagógicos y en las explicaciones que las personas dan a su problema, lo explica todo al no explicar nada[6]. Otro concepto más sofisticado pero igual de inútil es el de “inteligencia emocional”, una especie de oxímoron que conjuga la idea de las inteligencias múltiples con el control de los impulsos, sustentado en hipótesis improbables[7].

Indudablemente la psicología popular le hace mucho daño a la psicología científica. Aún se percibe al psicoterapeuta como un psicoanalista o como un consejero. Entonces la primera acción de los terapeutas es clarificarles a los pacientes nuestra función, la segunda, desconfiar del autodiagnóstico o el diagnóstico del derivante.

En el primer ámbito recuerdo una pareja, vivieron dos eventos de violencia por parte del esposo. Ambos estaban convencidos de que se trataba de un problema en la inteligencia emocional. Los dos altercados se relacionaban con el consumo de dosis pequeñas de alcohol. Decidí por una evaluación neuropsicológica del esposo. En dicha evaluación encontré problemas en las funciones ejecutivas, motivo por el cual solicité una evaluación neurológica. El diagnóstico del neurólogo fue que existía una irritación cerebral concomitante con embriaguez patológica.

Otro caso patético fue el de una familia que llega con una hija de quince años, derivada con  un informe psicológico de la escuela donde se indicaba la presencia de alcoholismo, la suspendieron una semana añadiendo la obligatoriedad de terapia familiar. Así la joven es derivada con diagnóstico y con intervención. Huelga decir que no se encontraron problemas de adicción al alcohol, sino una muchacha normal con una familia funcional.

En el segundo ámbito, recibí una señora con temblores generalizados derivada por un médico con el diagnóstico de trastorno de conversión. Tomé la decisión de realizar una evaluación neuropsicológica, el resultado manifestó la presencia de indicadores de daño en el cerebelo. El neurólogo confirmó mi diagnóstico al encontrar un tumor en el cerebelo. Lamentablemente a los pocos meses la señora murió.

Un pediatra me remitió un niño de seis años indicando que tenía depresión, recomendando psicoterapia y medicación. Se trataba de un pequeño con fobia generalizada, no existían indicadores de depresión infantil, felizmente el psiquiatra retiró los medicamentos recetados por el pediatra y coincidió con que era suficiente el tratamiento conductual.

Existen cuadros psicopatológicos que se parecen a trastornos neurológicos, o que presentan algún síntoma neurológico que podemos considerarlo como un síndrome psicopatológico. Recuerdo a un niño de seis años con tics en el rostro. Los padres angustiados por el problema recurrieron a mi persona para resolverlo. El diagnóstico que le dieron es que estaba muy afectado por el nacimiento del hermanito. Sin embargo, al conversar con la profesora, ésta señaló que el pequeño tenía problemas en el manejo adecuado del lápiz. La evaluación neuropsicológica estableció varios problemas en la motricidad gruesa, fina y en la regulación del acto motor. La evaluación del neuropediatra sugirió la posibilidad de la presencia de Corea de Sydenham, la misma que fue confirmada por el genetista.

En otra ocasión me fue derivada una jovencita de 17 años con tics en el lado izquierdo del rostro, a lo que se sumaban problemas en la dicción de algunos sonidos lingüísticos y altos niveles de ansiedad. Tanto la madre como el médico consideraban que era efecto de los serios conflictos relacionales con el padre quien dejó la casa cuando ella tenía doce años, coincidente con la aparición de los síntomas. Tomé el caso como un problema de ansiedad, sin embargo los tics se presentaban independientes a las circunstancias del entorno terapéutico, o sea, sobrevenían en momentos de tranquilidad y se incrementaban en momentos de tensión. Percibí además temblores repentinos en el brazo izquierdo, y las dificultades de pronunciación también eran permanentes. Ante esas manifestaciones pedí a los padres una evaluación neurológica. El informe fue cisticercosis cerebral.

Los procedimientos lógicos que se deben seguir se inician con el planteamiento de una hipótesis, presume la causa o causas del trastorno. Desde el modelo sistémico, procuramos entender al problema como parte de un sistema complejo, en el cual participan distintos factores interactivos entre ellos, el problema se relaciona con todos los elementes componentes del sistema. Este tipo de análisis resulta más eficiente a la hora de plantear la hipótesis.

Veamos un ejemplo: se trata de un niño de cinco años derivado por una psicóloga escolar quien ha planteado el diagnóstico de autismo. Recibimos a los padres compungidos por el supuesto autismo y demandan terapia familiar sugerida por la mencionada profesional.

Lo primero fue conferir la presencia de los indicadores del autismo sugeridos por el DSM IV-TR. Cumple únicamente el criterio A, relacionado con problemas en la comunicación. Sin embargo no se ajusta a los referidos al desarrollo cognitivo y motor. Es evidente la buena relación con la madre y la mala con el padre. En presencia del papá el pequeño se inhibe. Luego identificamos maltrato por parte del progenitor. El día de la evaluación con la psicóloga la madre no estuvo presente, por lo tanto es probable la aparente inhibición del niño a la presencia de su padre. Durante la sesión con el niño y sus padres, se vio la incapacidad del pequeño a reaccionar a estímulos sonoros. Esto derivó en una nueva hipótesis: hipoacusia. Se remitió el caso a una fonoaudióloga quien confirmó el diagnóstico.
Unos padres recurren a terapia familiar debido a dificultades en el proceso de divorcio, presumiblemente afecta a los dos hijos, uno de diez años y el otro de siete. En la sesión con los niños, el menor manifiesta problemas en la dicción de algunos sonidos del habla. Situación que preocupa a los padres. El niño ha bajado su rendimiento escolar, presentando algunos problemas de aprendizaje. La evaluación neuropsicológica reafirma la idea de la existencia de madurez visomotriz. Se concluye la probabilidad de un trastorno del lenguaje asociado a dificultades en la organización fonoarticulatoria. Sin embargo, la evaluación psicológica denuncia indicadores de depresión infantil. El estudio neuropediátrico indica la ausencia de algún trastorno neurológico. Por lo tanto desecho la hipótesis del trastorno lingüístico y la presencia de trastornos del aprendizaje. Dando prioridad a la hipótesis de la depresión. Después de varias sesiones, mejora ostentosamente el área afectiva del niño, en la medida que los padres logran limar sus asperezas y que el padre se involucra más con su hijito. Sin embargo, continúan los problemas de dicción. El pequeño es derivado a una fonoaudióloga, quien rápidamente encuentra una deformación en el aparato fonoarticulatorio del niño vinculada a una disglosia.

Uno de los casos más interesantes al respecto de la importancia del diagnóstico diferencial fue el de un muchacho de 19 años con intento suicida. El estado depresivo se relacionaba con la presión de los padres para su formación como ingeniero, cuando él tenía intereses artísticos. Durante la primera  sesión familiar conjunta, a la cual asistieron sus padres y su hermano mayor, se encontraron conflictos relacionales complejos, la madre pertenece a una religión distinta a la del padre, el hermano mayor favorece las creencias de la madre y el menor las del padre, todo ello asociado a la depresión del padre consecuencia de su jubilación. El entusiasmo de los terapeutas nos llevó a configurar una hipótesis estructural de la familia. Durante la tercera sesión el muchacho tuvo una especie de ataque de pánico, por lo que decidimos tener sesiones individuales para dilucidar el diagnóstico. La primera hipótesis fue trastorno de angustia con ataques de pánico, indicando terapia cognitiva comportamental. En una de las sesiones terapéuticas el paciente informó acerca de alucinaciones auditivas. Se empezó a trabajar conjuntamente a un psiquiatra. Se descartó inmediatamente esquizofrenia porque no presentaba todos los indicadores. Era evidente la depresión, relacionada con un duelo no resuelto y con la frustración académica. Durante el proceso el joven tuvo una crisis epiléptica convulsiva. Lo que nos condujo a considerar la posibilidad de un daño cerebral. Los estudios neurológicos fueron exhaustivos, los padres lograron una evaluación en un hospital de Barcelona. El resultado descartaba daño cerebral. Concluimos en un trastorno conversivo. Hasta que volvió a ocurrir un ataque convulsivo. La atención de emergencia la realizó un neurólogo que propuso una angiografía. En ella se pudo apreciar una malformación en la arteria temporal media del hemisferio derecho. Esto explicaba las alucinaciones, las convulsiones y el estado depresivo. Teníamos un joven con una depresión reactiva asociada a un estado depresivo orgánico ocasionado por la malformación arterial, el neurólogo recetó anticoagulantes y durante un corto tiempo tuvo que tomar antiepilépticos. Actualmente está casado, a cargo de un restaurante y muy satisfecho con su vida.

Además del diagnóstico diferencial con trastornos orgánicos, se presentan casos donde se hace pertinente el discernimiento con trastornos dentro del ámbito psicológico. Uno de los más complejos es el que hace referencia a los referidos con el estado de ánimo. Es imprescindible definir si se trata de una depresión, tristeza o distimia. La depresión mayor, también denominada depresión endógena es una alteración bioquímica puede aparecer intempestivamente o ser progresiva, pueden producirse etapas de remisión o mantenerse. La tristeza asociada a la pérdida, suele denominarse depresión reactiva, ocurre como reacción a una experiencia de pérdida, por lo tanto se vincula con los procesos de duelo normales y patológicos. La distimia tiene que ver con los estados melancólicos, considerada como un trastorno de personalidad, es una forma de ser pesimista y depresiva. El accionar terapéutico será diferente en cada uno de los casos. Es importante señalar que se pueden superponer, por ejemplo una reacción depresiva puede activar una depresión endógena.

La psicoterapia sistémica es eficiente en la resolución de la depresión reactiva, sin embargo los estudios sobre eficacia terapéutica muestran que la terapia cognitiva comportamental (TCC) es el recurso terapéutico más indicado para esta problemática[8]. Existe evidencia de efectividad con la terapia de pareja sistémica. La depresión no responde positivamente a la psicoterapia[9], lo hace con mayor probabilidad de éxito con los psicofármacos, la combinación de psicoterapia y psicofármacos es la mejor opción, una vez más es la TCC la más eficaz. La psicoterapia de la distimia no ha sido validada, debido a los insuficientes reportes al respecto[10].

Los casos presentados hacen referencia al diagnóstico diferencial con áreas externas a la psicología. Existen también aquellos aludidos con cuadros psicopatológicos, esto es cuando se hace necesario el discernimiento entre sintomatologías vinculadas al comportamiento. Un error común es confundir un trastorno de personalidad histérico con la personalidad limítrofe. Esto ocurre sobre todo en el subtipo histérico de personas límite.

Veamos un ejemplo: una señora de 43 años intentó suicidarse prendiéndose fuego, como consecuencia tenía el 70% de su cuerpo con quemaduras severas. Estuvo dos años interna en un hospital para reponerse del daño en su piel. Asiste a la consulta con su esposo. Durante la primera sesión manifestó claramente indicadores relacionados con el trastorno de personalidad histérico: incongruencia entre la emoción y la expresión verbal, dramatización y dificultades en su construcción de la feminidad. Uno de mis colegas propuso la presencia de una personalidad histérica. Sin embargo, la paciente expresaba indicadores limítrofes: pavor al abandono, polarización de sus emociones, impulsividad, entre otros. Se sugirió una evaluación. El resultado coincidió con la personalidad limítrofe – subtipo histriónico.

Otro caso fue el de una mujer de 54 años, busca ayuda debido a la presencia de insomnio. La impresión inicial fue de un estado de ansiedad asociado a una ruptura amorosa. La historia era de infidelidad con un jovenzuelo. Éste resultó un estafador, cada vez que ella intentaba terminar la relación, él la amenazaba con avisarle al marido, luego empezó a exigirle dinero. Un psicoterapeuta anterior se centró en disminuir la ansiedad, pensando que al disminuir la ansiedad desaparecería el insomnio. Durante el trabajo conmigo, identificamos otros problemas: terror nocturno, recuerdos recurrentes de escenas asociadas con el miedo a la estafa, evitación de lugares donde se reunía con su amante, surgimiento de reacciones impulsivas, y otros. Todo ello coincide con el trastorno por estrés postraumático. La terapia fue efectiva una vez clarificada la patología.

En niños el diagnóstico diferencial es más difícil, debido por un lado a la complejidad del cerebro infantil y por otra a la evaluación psicológica. Recuerdo un niño diagnosticado con enuresis, cuando lo que pasaba era que a propósito orinaba en la cama para castigar a sus padres. Quizás lo más común sea diagnosticar problemas de comportamiento a niños con depresión. No debemos olvidar que la depresión infantil se manifiesta con inquietud, hiperactividad, impulsividad, oposicionismo, estado de ánimo irritable combinados con tristeza, falta de interés, disminución del rendimiento académico. Es frecuente diagnosticarlos con trastorno de atención e hiperactividad, creando más problemas en el niño y en la familia.

Finalmente, otro aspecto que se debe considerar es la comorbilidad, entendida como la presencia simultánea de dos o más trastornos. En nuestra práctica clínica no es la excepción, es lo más común. Una persona busca ayuda porque tiene un sufrimiento, el cual responde al evento precipitante, a estructura de personalidad, función del problema en los sistemas de interacción de la persona. En casos más complejos, cierta sintomatología puede yuxtaponerse a otro trastorno.

Recuerdo a un paciente con 22 años, era atendido por un psiquiatra, quien me pidió coadyuve su tratamiento farmacológico con psicoterapia. Se trataba de una persona con esquizofrenia paranoide, quien a su vez adolecía de un trastorno obsesivo compulsivo, siendo esta yuxtaposición un fenómeno que ha ocasionado debates acerca de si es comorbilidad o un solo trastorno[11]. Otro fue el caso de una señora con 57 años adolecía una depresión mayor crónica y un trastorno de personalidad evitativo, lo cual conllevaba dificultades para facilitarle su adaptación social.

La teoría de los trastornos de la personalidad con enfoque sistémico, permite al terapeuta discernir con mayor eficacia la comorbilidad de los trastornos psicológicos, porque obliga a un análisis relacional entre la persona y sí mismo, además de identificar las vinculaciones interpersonales[12]. No necesariamente un síndrome psicológico es independiente de un trastorno de personalidad. Por ello, muchas veces la remisión de  un cuadro aparentemente  patognómico precipita la aparición de desajustes emocionales severos, esto suele pasar a menudo cuando se trabaja la anorexia sin considerar el trastorno de personalidad subyacente[13]. Los trabajos de la Escuela de Milán mostraron la importancia de considerar los subtipos de la anorexia y la comorbilidad asociada a las estructuras de personalidad[14].

La indicación terapéutica dependerá del diagnóstico, y su eficiencia se comprobará a partir de la remisión de los problemas del paciente, la familia o la pareja. Si el proceso terapéutico no está logrando resolver el sufrimiento, se debe retornar al inicio para revisar las hipótesis diagnósticas y dilucidar el diagnóstico diferencial. Debemos reconocer que no todos los problemas que llegan a nuestra consulta responderán a nuestras habilidades terapéuticas, muchos de ellos poseen etiologías ajenas a nuestro saber. Por eso, el diagnóstico es parte importante de la actitud ética, porque no es correcto ofrecer alternativas inútiles.




[1] Caso analizado por Onfray M. En el libro: Freud: el crepúsuclo de un ídolo (2011)
[2] Ver: http://psicologiamx.blogspot.com/2012/04/concepto-de-psicodiagnostico.html
[3] Para profundizar sobre el tema: Sneiderman, S. (2011). Consideraciones acerca de la confiabilidad y validez en las técnicas proyectivas. Subjetividad y procesos cognitivos, 15(2), 93-110.
[4] Por ejemplo: Lacan, J., & Miller, J. A. (2013). The psychoses: the seminar of Jacques Lacan. Routledge.
[5] Echeburúa, E., Muñoz, J. M., & Loinaz, I. (2011). La evaluación psicológica forense frente a la evaluación clínica: propuestas y retos de futuro. International Journal of Clinical and Health Psychology, 11(1).
[6] Pinto, B. (2016) Cuidado con la autoestima. Septiembre, Researchgate: https://www.researchgate.net/publication/308040725_Cuidado_con_la_autoestima
[7] Manrique Solana, R. (2015). La cuestión de la inteligencia emocional. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 35(128), 801-814.
[8] Cristea, I. A., Kok, R. N., & Cuijpers, P. (2015). Efficacy of cognitive bias modification interventions in anxiety and depression: meta-analysis. The British Journal of Psychiatry, 206(1), 7-16.
[9] Cooper, A. A., & Conklin, L. R. (2015). Dropout from individual psychotherapy for major depression: A meta-analysis of randomized clinical trials. Clinical psychology review, 40, 57-65.
[10] Para una discusión sobre las limitantes en los estudios de validación de psicoterapias revisar: Ballesteros, F., Fernández, P., & Labrador, F. J. (2013). Factores que influyen en la duración de los tratamientos psicológicos empíricamente apoyados. anales de psicología, 29(1), 94-102. Bados López, A., & García Grau, E. (2008). Eficacia y utilidad clínica de la intervención en psicología clínica.;
[11] Por ejemplo: Frías-Ibáñez, Á., Palma-Sevillano, C., & Farriols-Hernando, N. (2014). Comorbilidad entre trastorno obsesivocompulsivo y esquizofrenia: prevalencia, teorías explicativas y estatus nosológico. Actas Esp Psiquiatr, 42(1), 28-38.
[12] Pinto, B. (2005/2009/2014). Porque no sé amarte de otra manera. Estructura Individual, conyugal y familiar de los trastornos de personalidad. La paz. Universidad Católica Boliviana San Pablo.
[13] Para analizar: Herzog, D. B., Keller, M. B., Lavori, P. W., Kenny, G. M., & Sacks, N. R. (1992). The prevalence of personality disorders in 210 women with eating disorders. The Journal of clinical psychiatry; Gabriel, C., & Waller, G. (2014). Personality disorder cognitions in the eating disorders. The Journal of nervous and mental disease, 202(2), 172-176.Friborg, O., Martinussen, M., Kaiser, S., Øvergård, K. T., Martinsen, E. W., Schmierer, P., & Rosenvinge, J. H. (2014). Personality disorders in eating disorder not otherwise specified and binge eating disorder: a meta-analysis of comorbidity studies. The Journal of nervous and mental disease, 202(2), 119-125.
[14] Selvini, M. (Ed.). (1990). Crónica de una investigación: la evolución de la terapia familiar en la obra de Mara Selvini Palazzoli y Matteo Selvini, comp.;[traducción de Beatriz Anastasi de Leonné]. Paidós.