Características personales
indispensables para ser Psicoterapeuta Sistémico
Por: Bismarck Pinto Tapia, Ph.D.
Primero usted debe resolver sus
propios sufrimientos. Si su cerebro no está en la condición normal, usted no
podrá ayudar a los demás. Lo único que hará será volverlos más complicados de
lo que son.
Taisen Deshimaru
L
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a psicoterapia es un proceso relacional dirigido a aliviar
el sufrimiento de quien hace la consulta. Independientemente a la escuela que
el terapeuta pertenezca su labor será la de aliviar el dolor emocional. Si bien
se puede pregonar terapias centradas en la solución de problemas, éstos lo son
porque las personas los sufren. Es común que la gente nos pregunte si nuestro
trabajo afecta nuestra vida personal, ¡claro que lo hace! Varios investigadores
han mostrado que la vida de los terapeutas es muy difícil, genera altos grados
de estrés, estamos entre los que más tendencia tenemos de suicidarnos,
desarrollar adicciones y divorciarnos[1].
Estos hallazgos derivan en la necesidad de sistemas de
protección para el quehacer de los terapeutas, no solamente por la salud mental
de ellos, sino principalmente por la efectividad del servicio que prestamos.
Siguiendo con este razonamiento, es factible deducir que no cualquier persona
podrá ser psicoterapeuta, y no se trata solamente del conocimiento de técnicas
terapéuticas efectivas, sino de la formación personal[2].
En las escuelas sistémicas se han presentado dos posturas,
la primera, considera que no es necesario el desarrollo de programas de autoexploración
sino un entrenamiento eficaz en técnicas terapéuticas. La segunda al contrario
promueve la obligatoriedad del autoconocimiento en la formación[3].
El debate se polariza entre Haley y Minuchin, el primero defiende la formación
dirigida a la consolidación de técnicas efectivas y el segundo una formación
que vise las condiciones personales de los terapeutas. Propongo tres
condiciones personales indispensables para ejercer como terapeuta sistémico: el
reconocimiento del sufrimiento, la trascendencia y la felicidad.
1) Reconocimiento del sufrimiento
Mi formación se realizó bajo los cánones de la Accademia di Psicoterapia della Famiglia[4],
bajo la tutela de Maurizio Andolfi. Adelaide Berardi fue la profesora con
quien comenzó mi proceso de exploración personal. Al trabajar con ella quedaron expuestos mis límites relacionales
en la psicoterapia, fue difícil reconocerlos porque ameritó el afrontamiento de
mis experiencias dolorosas donde se instalaron mis carencias afectivas, las
cuales se activaban ante ciertas problemáticas de mis pacientes.
Es muy difícil investigar la relación entre los conflictos
emocionales no resueltos de los terapeutas con la efectividad de la
psicoterapia. Mony Elkaïm acuñó el
término “resonancia”[5]
para referirse al impacto que sufre el terapeuta cuando en terapia se produce
un evento que moviliza sus propias experiencias dolorosas. Según esta teoría,
cuando se suscitan elementos comunes en la interacción de sistemas humanos, se
produce una resonancia, tal como ocurre con la vibración de los objetos.
El terapeuta sistémico debe ser capaz de recibir el
sufrimiento de sus pacientes, para ello es imprescindible que reconozca sus
propios sufrimientos para ser capaz de diferenciarlos de aquellos que está
escuchando. La incapacidad de reconocer el propio dolor puede generar
reacciones negativas hacia el padecimiento del paciente, evitarlo o
confrontarlo cuestionando su valía. Si se toma conciencia de la resonancia es
posible discernir sobre lo propio y lo ajeno.
La consideración de la realidad del otro se la realiza a
partir de los referentes semánticos del terapeuta. Lo que es sufrimiento para
el otro no necesariamente lo será para nosotros, pues la comprensión requiere
de la búsqueda de referencias. La mente del terapeuta va y viene de la mente
del paciente. Se trata de un proceso relacional cognitivo altamente complejo,
requiere de concentración y de la emergencia de ideas y emociones que deben ser
contrastadas permanentemente como hipótesis a ser confirmadas o refutadas por
nuestros consultantes. La situación se complejiza más cuando se trata de
terapia de familia o de pareja, se deben establecer vínculos diferenciales con
cada uno de los miembros del sistema presente en el consultorio.
Es imposible dejar de lado nuestros referentes emocionales,
sin ellos será infructuosa la posibilidad de compenetración. Tanto la teoría de
la mente como la empatía son los procesos relacionales indispensables para
interiorizarnos en el mundo del otro. El obstáculo más infranqueable es la
resonancia.
A ella se suma la necesidad del ensamblaje, término de Elkaïm
para referirse a las diferencias entre el paciente y el terapeuta, lo que
obliga a la búsqueda de ajustes para poder establecer puentes comunicativos
efectivos. No siempre el sufrimiento ajeno puede ser asimilado porque los
referentes no alcanzan, ya sea porque es desmedido o porque es insignificante
desde las experiencias del terapeuta.
En la interacción terapéutica, el terapeuta requiere el
encuentro que legitima la posición del otro. El sufrimiento es el núcleo de la
posibilidad de envolvimiento imperioso para el trabajo conjunto entre el
sistema de los terapeutas (puede comprender al terapeuta, coterapeuta y al equipo supervisor) y al
sistema de los pacientes (individuo, pareja, familia o grupo).
Sintetizando, es posible parafrasear a Wittgenstein: si no
conozco mi dolor no puedo conocer el dolor del otro. Mi maestra Berardi me dejó este regalo: “Bismarck,
debes vaciar el dolor de tu corazón para recibir el sufrimiento del otro”. Ese
vaciado desgarra la piel del alma porque duele demasiado reconocer nuestro
sufrimiento, la consecuencia es la desesperación acompañada de la angustia,
porque pasó y ahora nada puedo hacer, porque pasó y lo resignifique para
negarlo, sabiendo que no es posible abandonar una experiencia pendiente. La
psicoterapia me ha obligado a reconocerme indefenso, desprovisto de consuelo,
urgido de amor, cuando niño no fui responsable de mis heridas. Ha sido el dolor
de mis pacientes el que ha llamado a la puerta de mi indefensión, me ha
obligado a abrirla porque sobre todo he sentido la emergencia de servir al otro
para paliar su propio sufrimiento. Esa interacción me ha librado de mis
pesares, me ha convertido en alguien más propicio para acoger la desolación de
mis pacientes. Y por supuesto, para enseñar a mis estudiantes en formación a no
temer a la congoja, al contario se la debe escuchar para dejarla partir aunque
el destino sea y será una profunda soledad.
2) Trascendencia
Para discernir sobre esta segunda condición, es necesario
reflexionar sobre el origen de la idea de la trascendencia. El referente
filosófico se encuentra en la filosofía de Sören
Kierkegaad. Para este filósofo danés, la persona se encuentra por encima de
lo universal[6].
Separa al individuo del grupo, de tal forma que rinda cuentas de su
responsabilidad y mismidad. La razón no alcanza para comprender la vida
singular, toma como ejemplo el sacrificio de Isaac como mandato divino. Se
trata de una situación absurda, primero Dios accede a darle un hijo y luego le
conmina a matarlo, Isaac actúa irracionalmente basado en su fe. La fe se
expresa, no se la justifica con la razón.
Kierkegaard hace
alusión a la desesperación como consecuente de la insatisfacción en lo que
denomina estadio estético, cuando el
placer genera la necesidad de nuevas experiencias y en quienes evitan el placer
al no vivenciarlo también desesperan. El problema reside en que la persona se
encuentra limitada por lo temporal.
En el estadio ético,
la persona desespera ante la necesidad de someterse a las normas sociales o
guiarse por la voluntad de Dios. La normatividad tiene que ver con la necesidad
de pertenecer a un grupo, lo cual genera la contradicción entre el ser uno
mismo o ajustarse a los demás, la angustia se manifiesta debido al dilema entre
el grupo y la autonomía. La ética se debe desprender de lo establecido para dar
lugar a una ética personal, producto de la reflexión.
Para alcanzar el último estadio, el religioso, la persona
debe desesperar ante la mundanidad del estado estético y del ético. No se trata
de una decisión racional, sino de un acto apasionado asociado al estado de la
angustia inmersa en la desesperación. La fe es el consuelo ante la toma de
conciencia de nuestra mortalidad.
Kierkegaard pone
énfasis en señalar que la angustia es el producto del vértigo de la libertad.
Al asumir la pasión sobre la razón, enfrentamos el vacío del absurdo, lo que
nos lleva inevitablemente a la angustia ante la incertidumbre gestada por el
cuestionamiento a los parámetros racionales. La angustia es el temor ante la
mortalidad, Kierkegaard le llama la enfermedad mortal.
Será Albert Camus
quien ostente la filosofía del absurdo, planteada como la infructuosa búsqueda
del sentido para vivir, dando como resultado el único fin de la existencia: ¡el
suicidio! La existencia es absurda en un mundo indiferente a nuestra vida,
donde nada tiene sentido. A diferencia de Kierkegaard, Camus asegura la inexistencia de Dios,
por lo que no tenemos un referente para vivir. La tarea de los seres humanos es
configurarse a sí mismo en una realidad absurda, construimos nuestra moral y le
damos sentido a nuestro paso por el mundo, a sabiendas de lo imposible de
lograrlo. La libertad es una condena, no podemos dejar de elegir a cada
instante, hagamos lo que hagamos el fin siempre será una pachotada. Nos pasa lo
mismo que al mítico Sísifo, la roca al regar a la cima, volverá rodando al pie
de ella[7].
Pensamiento coincidente con la idea de Heidegger,
según la cual hemos sido arrojados a un mundo pre establecido.
Estas circunstancias se patentizan en el trabajo con los
pacientes, la desesperación está ligada al mundo absurdo, los mitos sociales
gobiernan el sentido de vida de las personas, por ejemplo no se valida al hijo
que no es profesional, se valoran los ingresos económicos en vez de los logros
personales. Los pacientes devienen de esas categorías sociales que invalidan su
existencia.
Los terapeutas han desesperado ante la estupidez de los
cánones sociales de éxito. Es más, muchos han decidido estudiar psicología como
refugio de su angustia. Viktor Frankl,
recupera la filosofía existencialista de Kierkegaard, para construir su modelo
terapéutico, la logo terapia, es decir, la terapia centrada en la búsqueda del
sentido[8].
Para Frankl las personas buscamos darle sentido al sin sentido de la
existencia, otorgando significancia a nuestro vivir, ese proceso es denominado voluntad de sentido.
El origen de la búsqueda de sentido está en la toma de
conciencia del vacío resultante del absurdo de la realidad, cuando las
tradiciones no condicen con la necesidad de existencia, Ortega y Gasset denomina espíritu
del tiempo a las condicionantes sociales que enmarcan el destino de las
personas. Por ejemplo la identidad femenina se ha circunscrito en los marcos
referenciales del machismo, definiendo a la mujer como a la esposa y madre
abnegada, bastaba nacer mujer para tener establecido el destino. Los
movimientos feministas se manifiestan en protesta contra ese modelo. Sin
embargo, Frankl no promueve revoluciones sociales, al final de cuentas, gane
quien gane el resultado será el mismo, marcos referenciales para nuevos mitos.
Retomando la recuperación del individuo propuesto por el
pensamiento de Kierkegaard, la postura teórica de Frankl, plantea la
recuperación de la persona a pesar del entorno determinante. De ahí el concepto
de trascendencia. Como el producto del cuestionamiento del absurdo de los mitos
sociales y el resurgimiento del sí mismo a pesar de ellos. Trascender es el
cuestionamiento irreverente de las pautas dispuestas por las convenciones
sociales.
En el amor es inevitable la trascendencia, la urgencia
amorosa de la aceptación del otro como un ser independiente a las expectativas
de uno, obliga a la cotidianeidad de la rebelión, por ello Alberoni propone que el amor es una comunidad revolucionaria de dos[9].
Si retomamos la idea de Elkaïm, según
la cual la psicoterapia es una relación amorosa, podemos cogitar que por ello
es indefectiblemente un proceso revolucionario, pues obliga a que los pacientes
cuestionen el sentido de sus vidas en un mundo absurdo.
El psicoterapeuta está obligado a la trascendencia, deberá
reconocer los distintos referentes cotidianos plagados de mitos sociales, para
ser irreverente[10].
La irreverencia es el cuestionamiento de lo establecido socialmente, aquello
que nos enajena de nosotros mismos, nos perdemos en la exigencias del
cumplimiento de las metas definidas por el entorno. La manifestación de los
síntomas es un grito de la angustia ante la imposibilidad de existir.
A la trascendencia de lo establecido se sigue la necesidad
de la autotrascendencia. Para Viktor
Frankl se trata de una condición humana que nos permite superar los límites
del tiempo y del espacio, el sentido del sí mismo se encuentra fuera de uno, la
búsqueda de la significancia del existir. Autotrascender es abandonarse a sí
para ir en pos del sentido. Es el considerar al ego como una instancia de
interacción, no es la esencia del existir. Es la máscara de presentación al
mundo y a uno mismo, detrás de ella está el vacío que requiere ser llenado para
ser.
Entiendo a la autotrascendencia como el proceso
indispensable para la interacción legítima con el otro. “Existir es estar por
encima de sí mismo siempre”[11].
Si la psicoterapia obliga al encuentro legítimo y amoroso entre el terapeuta y
sus pacientes, es ineludible la autotrascendencia del terapeuta. No se dará el
encuentro si no se ha producido la desnudez del alma, no es posible el
encuentro en presencia del ego, éste debe retirarse para dar lugar al puente
relacional ofrecido por la autenticidad del terapeuta.
Gianfranco Cecchin,
Gerry Lane y Wendel Ray[12]
proponen que los terapeutas sistémicos deben ser espontáneos, para lograrlo
requieren abandonar los dogmas de su modelo terapéutico, para ello deben actuar
con irreverencia para sobrevivir a la psicoterapia. Entienden a la irreverencia
como la ausencia de veneración de la teoría. Su propuesta se fundamenta en el
nihilismo de la filosofía de Nietzsche[13].
Tiene que ver con la negación de lo establecido, más allá del bien y del mal.
La espontaneidad permite el ensamblaje del terapeuta con el
sistema de los pacientes, es el ingreso con la posibilidad de salida. La
implicación con el sistema consultante sólo es pertinente si tenemos la
posibilidad de evitar ingresar al juego patológico, ingresamos sin pertenecer
al sistema, removemos creando entropía y luego retornamos a nuestro sistema
original. En la jerga de la terapia familiar, cuando el terapeuta se inserta
como un participante de los juegos, decimos que el “sistema se lo tragó”, frase
que expresa la imposibilidad del terapeuta para discernir su independencia de
la relación interna de la familia.
El primer recurso es el manejo de las resonancias y el
ensamblaje, el segundo, la trascendencia y la autotrascendencia. Veamos el
tercer requisito indispensable para ejercer como terapeuta sistémico.
3) Felicidad
Lo expresó Mario
Moreno “Cantinflas”: La primera
obligación de todo ser humano es ser feliz.... la segunda, es hacer feliz a los
demás. No podemos enseñar la senda de la felicidad a las personas
amargadas, si nosotros no la hemos atravesado. Los pacientes deben albergar
esperanzas con el sólo hecho de conocernos. Por eso, es obligatoria la
felicidad en nuestro oficio.
La Psicología Positiva, entendida como la investigación
científica de las experiencias positivas relacionadas con la mejora de la
calidad de vida fue desarrollada a partir de los escritos de Martin Seligman[14].
Desde ese enfoque la felicidad puede definirse como el bienestar subjetivo,
implica sentimientos de satisfacción[15].
Tanto el bienestar como la felicidad son conceptos intercambiables, lo uno va
con lo otro. El estado de ánimo, los rasgos de la personalidad, la relación con
los demás y el sentido de la vida generan los niveles de felicidad o de
infelicidad.
Es posible identificar dos caracterizaciones de la
felicidad, la primera, considera que se trata de un estado, una forma de ser y
de vivir. La segunda, un sentimiento pasajero[16].
El estilo de vida de los terapeutas sistémicos corresponde a la primera
acepción. La felicidad debe ser un rasgo de la vida del terapeuta.
La felicidad se relaciona con la autorrealización[17],
entendida como la mayor realización posible de las potencialidades personales,
todo lo que una persona puede llegar a ser. Abraham
Maslow la relaciona con la madurez[18].
Así alguien autorrealizado tiene una percepción racional de su entorno, es
creativo y autónomo.
Los terapeutas sistémicos debemos cultivar diversos espacios
en nuestro estilo de vida, no contentarnos con el trabajo terapéutico, éste
debe alimentarse de la realización en las otras facetas de nuestra vida. Lo
óptimo es que el quehacer terapéutico no esté ligado a la ganancia de dinero,
sino que pueda otorgarnos la sensación de realización el hecho de servir a los
demás. La manutención de nuestro estatus debería corresponder a otra área
laboral. Independientemente a ello, es indispensable que el terapeuta se sienta
realizado con la labor que desempeña.
La felicidad debe vincularse con la actitud ética. No es
posible una persona feliz dañando, su característica central es actuar para el
bienestar del otro. Carl Rogers
planteó que un rasgo fundamental de las personas es la congruencia[19],
esto es hacer lo que se dice que se hace. Un terapeuta sistémico debe ser
congruente, su vida está en constante evaluación, su capacidad de
autoactualizarse como persona es concomitante a su autorrealización. Se trata
de procesos dinámicos, dirigidos a la integridad personal, a la urgencia de ser
consecuentes con nosotros mismos, en un afán cotidiano de estar abiertos a la
experiencia, a jamás dejar de aprender y sobre todo a cumplir el mandato máximo
de la ética: sobre todo no dañar.
No debemos temer a mostrarnos como somos ante nuestros
pacientes, si bien hemos sido formados como científicos, la relación
terapéutica no se basa únicamente en la razón, sino en un encuentro integral,
de nuestra historia, nuestro saber y nuestras actitudes éticas. Como Abraham
debemos trascender a nosotros y al entorno, actuar con pasión en una entrega
incondicional al servicio del sufrimiento.
La relación con los pacientes no nos deja indemnes, al
contrario nos debe afectar, Carl Whitaker señalaba que el proceso terapéutico
también debe hacer crecer al terapeuta no solamente a los pacientes[20].
Es bueno darles la siguiente noticia a nuestros consultantes: ¡somos humanos!
Como tales, estamos en el mismo afán de darle sentido a nuestra vida, la
experiencia relacional terapéutica al ser un evento extraordinario, ofrece la
posibilidad de generar vínculos auténticos derribando las convenciones sociales
y definiendo un espacio de reflexión sobre los procesos de evolución que
seguimos las personas. Indudablemente se trata de una oportunidad para
encontrarnos a nosotros mismos en el afán de comprender el sufrimiento.
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[13] Ferraris,
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[18] Maslow,
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C. A., & Malone, T. P. (2014). Roots of psychotherapy. Routledge.
[20] Whitaker, C. A., & Keith, D. V.
(1981). Symbolic-experiential family therapy. Handbook of family therapy, 1,
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