miércoles, 9 de octubre de 2013

PARA QUE EL AMOR SOBREVIVA EN EL MATRIMONIO






Lo he dicho y escrito, el matrimonio es uno de los más mortales enemigos del amor. Sucede que el matrimonio es una institución social, el amor en cambio es una realidad construida por dos personas. El amor esencialmente es transgresor, los amantes reconocen que están inmersos en una sociedad definida por convenios arbitrarios, descubren que para ser felices es suficiente estar juntos independientemente a las condiciones históricas y económicas de su entorno. Por eso es que se hace comprensible que podamos amar a cualquiera, pero no deberíamos casarnos con cualquiera.
El amor exige la entrega total al ser amado, el matrimonio exige sobrevivir al ser amado. Es que nos casamos con un extraño, alguien que pertenece a otra familia, en algunas circunstancias a otra cultura, es de otro sexo, tiene otra historia, lo descubriremos en la convivencia. Lamentablemente esa convivencia está definida por el juego social: trabajar para tener dinero con el cual pagar el alquiler, comprar muebles, ropa, comida, transporte, etcétera. Y para esas exigencias el amor es insuficiente pero fundamental.
Insuficiente porque el alquiler se paga con dinero no con los besos que nos damos. Fundamental porque urge adaptarnos al otro y si no lo amamos: colapsamos. Es triste afirmar que puede haber un buen matrimonio sin amor, pero es cierto, porque para ser esposos se necesita saber negociar para construir una familia y criar a los hijos.
La primera en abandonar la casa es la pasión, porque los esposos trabajan y se cansan y se estresan…¿quién puede mantener una actividad sexual desenfrenada después de un tiempo completo en el trabajo y tiempo parcial en la casa? Eso explica el uso del sildenafilo (Viagra) por usuarios ejecutivos jóvenes y los “dolores de cabeza” en las esposas de los sildenafilófilos.
Según Helen Fisher[1] la pasión no aguanta más de cuatro años de matrimonio, y el amor en muchos casos ni se presenta, en otros patalea un tiempo hasta morir. Es que el amor es como una plantita delicada que requiere ser cuidada todos los días, un pulgón puede ser el anuncio de un desastre. Los requerimientos del matrimonio hacen que los amantes se olviden del amor. Este es un escenario preocupante, pues ha derivado en que la nueva generación de amantes evite contraer nupcias, porque intuyen que al casarse serán devorados por las obligaciones. ¿Qué hacer para que el amor venza al matrimonio?
Existen amores que han sobrevivido a la crueldad del casamiento, ¿qué han hecho esos amantes para que el amor no se muera? Pues bien, estas son las claves:
Primera: asumir que tu pareja es lo más importante de tu vida. Es una decisión que requiere trascender a los mandatos biológicos de la procreación indiscriminada, nuestro organismo está hecho para la infidelidad sexual, le interesa tener hijitos en cualquiera, donde sea y como sea. Felizmente somos humanos y no gorilas, el amor se impone al impulso sociosexual. Decides tratar a tu pareja como una reina o como un rey, es la persona que elegiste no es casualidad, por lo tanto debes hacer todo lo posible por apoyarla, aceptarla como es sin intentar cambiarla y conquistarla todos los días por el resto de tu vida, no hay tiempo para otra persona, ella te espera con los brazos abiertos, invertiste toda una vida en ese amor, abrázala porque puede dejar de amarte cualquier rato y tiene derecho. Todos los días piensa en ella, todos los días dale algo más de ti, deja que cuide tu amor, le pertenece, se lo entregaste no tienes derecho a andar por ahí repartiéndolo en quienes no son parte de esta maravillosa historia.
Segunda: construye fronteras. Toda buena relación produce envidia, mientras mejor te sientas con tu pareja alguien estará poniéndole alfileres a un muñeco de trapo que los representa. Pon fronteras, tu familia de origen es una accidente, tu matrimonio una decisión. Tus padres ya son lo suficientemente grandecitos para hacerse cargo de ellos mismos y no eres papá ni mamá de tus hermanos. Asume tu desvinculación con alegría, los padres que aman dejan partir, lo cual no significa que no dejes de estar  pendiente de ellos, los seguirás queriendo pero no dejarás que se conviertan en más importantes que tu relación amorosa. Haz lo mismo con los amigos, ellos y ellas no pueden ser más importantes que tu pareja. A los hijos hay que darles su lugar, al inicio exigirán mucho de los dos, ambos deben encontrar formas para darse “escapaditas” y cuando menos lo esperes ya no te necesitarán.
Tercera: pelea de manera racional. Como vivirás por el resto de los días con un extraño necesitas asumir que deberás defender tus derechos, negocia cuando sea posible y pelea por aquello que no merece la pena perder, pero hazlo sin ofender, sin agredir, sin manipular. La ley del amor es la reciprocidad, si en una ocasión ganas tú, en la otra ganará ella. Es muy importante no pelear cuando estamos enojados, la furia enceguece los ojos delicados del amor y enaltece al orgullo. Recuerda que no importa si tienes o no razón, si te pillas en una discusión de ese estilo no es parte del amor, es parte de la lucha de poder, cierra la boca, retírate del lugar, reflexiona, y conversa cuando la ira se haya pasado.
Cuarta: planes para todos los días. El amor es un entusiasta de los sueños, los empuja, los realiza. Por eso que la palabra que más se debe escuchar en el matrimonio es “nosotros”. Hacer planes para todos los días, propósitos a corto plazo y otros a largo plazo, sueños compartidos, no hay cosa más deliciosa en este mundo cuando los realizas. Y lo que hace eso es que dan ganas de volver a soñar, luego se toman de la mano mientras contemplan la meta que alcanzaron, son los orgasmos existenciales compartidos.
Quinta: dar rienda suelta a la ternura. Hoy sabemos que el amor activa nuestro estilo de apego, es decir nuestra manera de buscar protección. Por eso en la relación amorosa además de la presencia de la locura de la pasión está la serenidad del sentirse bien con el otro. Di cuánto lo amas, acaricia su alma con la dulzura de tus ojos, consuélalo aunque no comprendas el porqué de su tristeza, alégrate por sus alegrías aunque no sepas muy bien de qué se trata, acompáñalo sin saber a dónde te lleva, entrégate porque confías en que sabrá cuidar de ti. Anímate a mostrar tus debilidades, a buscar su consuelo, porque amar no solamente es dar sino también saber recibir.
Sexta: mirar juntos hacia Dios. Sea cual sea tu credo, Dios es amor, orar juntos es maravilloso, es conocer por un instante el rostro sagrado del creador. Déjense abrazar por Él, en ese silencio místico de las miradas furtivas, al llegar del trabajo, antes de dormir, al despertar, al tomarnos de la mano cuando tenemos que enfrentar una desgracia o una alegría, en todos esos silencios está la calidez de Dios. La gente feliz es gente de fe, a los amantes les urge anunciar su amor, que es lo mismo que decir: ¡Dios existe está entre nosotros dos!


[1] Fisher, H. (1994) Anatomía del amor: Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Barcelona: Anagrama.

1 comentario:

Andrea Crespo dijo...

El quinto punto, respecto a "dar rienda suelta a la ternunra¨, no es tan fácil. Particularmente, me cuesta bastante el tema de ser cariñosa. Sinceramente, me molesta en cierto grado, no me agrada lo salamero, tampoco estar con mimos, arrumacos, besitos todo el tiempo. Me estresa y asfixia. Supongo que el problema lo tengo yo, porque siempre me han dicho que no es normal.